2 de junio 2004 - 00:00

Tres años de errores de prensa estadounidense

Las organizaciones noticiosas, incluido «The New York Times», están participando actualmente en autocríticas a causa de los días previos a la guerra en Irak. Están preguntando, como deberían, por qué alegatos escasamente documentados de una sombría amenaza recibieron una cobertura de tanta prominencia, carente de críticas, al tiempo que pruebas de lo contrario fueron ignoradas o se les restó importancia.

Sin embargo, no sólo es Irak; y no solamente es «The New York Times». Muchos periodistas, al parecer, están albergando arrepentimientos con respecto al contexto en el cual fue incrustada la cobertura de Irak: un clima en el cual la prensa no estaba dispuesta a presentar crónicas sobre información negativa acerca de George

W. Bush. A lo largo de más de dos años, después de los atentados del 11 de setiembre, Bush era una persona honesta y directa, todo claridad moral y decencia.

Sin embargo, ahora los espectadores oyen versiones sobre un presidente que no quiere hacer un recuento honesto con respecto a por qué nos llevó a la guerra en Irak, o respecto de cómo va esa guerra, y sobre un mandatario que no puede admitir y aprender de sus errores, el cual no se considera a sí mismo, ni a nadie más, responsable. ¿Qué ocurrió?

La respuesta, por supuesto, es que la persona directa y honesta nunca existió. Era un personaje ficticio que la prensa, por varias razones, presentó como una realidad.


Los problemas de Bush con la verdad se han manifestado desde hace largo tiempo para cualquiera que esté dispuesto a revisar su aritmética presupuestaria. Su incapacidad para admitir errores también fue puesta de relieve desde hace mucho tiempo.

Entonces, ¿por qué la prensa le acredita a Bush virtudes que los periodistas sabían que no poseía? Una de las respuestas es el patriotismo fuera de lugar. Tras los ataques terroristas del 11 de setiembre, buena parte de la prensa, al parecer, llegó a una decisión colectiva de que era necesario, en el interés de la unidad nacional, suprimir críticas hacia el comandante en jefe.

Otra de las respuestas podría ser que es la
tiranía de la imparcialidad. No hace mucho, algunos comentaristas que actualmente son cáusticos detractores de Bush daban la impresión de estar desesperados por diferenciarse de las «personas irracionales que odian a Bush», los cuales no lo odiaban ni eran irracionales, y cuyas críticas dan la impresión de ser muy moderadas en vista de las revelaciones de fechas recientes. Además, algunos periodistas sencillamente no lograban convencerse para creer que el presidente estaba siendo deshonesto en lo concerniente a temas de tanta gravedad.

Finalmente, no pasemos por alto el papel de la intimidación. Después de los atentados del 11 de setiembre, si usted pensaba o decía algo negativo acerca del presidente, había que estar preparado para una avalancha de correo de mensajes rebosantes de odio.
Había que esperar que expertos y publicaciones de la derecha política hicieran todo lo que estuviera en su poder para arruinar la propia reputación, y era necesario preocuparse con respecto a que le negaran a uno el acceso al tipo de información privilegiada que constituye la base de muchas carreras periodísticas.

El gobierno del presidente Bush, a sabiendas de todo lo anterior, utilizó la prensa a su antojo.
¿Pero acaso ha llegado esa era a su final?

Han estado ocurriendo cosas asombrosas en fechas recientes. Los sospechosos comunes han tratado de silenciar los informes sobre abusos carcelarios, acusando a los detractores de socavar a las tropas, pero los informes siguen llegando. El procurador general ya emitió incluso otra alerta de terrorismo, pero la prensa hizo surgir cuestionamientos con respecto a las razones. (En una conferencia matutina de la Casa Blanca, Terry Moran, de Noticias ABC, de hecho expresó lo que muchos pensaban durante las alertas mismas, que son programadas de manera conveniente: «Existe una perturbadora posibilidad de que ustedes estén manipulando la opinión pública de Estados Unidos para así lograr la transmisión de un mensaje».)

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