Un símbolo del ala más fanática
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A mediados de ese año, Mikel Garikoitz Aspiazu se trasladó a Francia y rápidamente entró en el círculo de confianza del entonces máximo dirigente de ETA, Mikel Antza, y de su compañera Soledad Iparraguirre «Anboto».
«Anboto» se encargó personalmente del adiestramiento del etarra que, a su vez, asumió tareas de formación de comandos en el uso de armas y explosivos.
Las fuerzas de seguridad creen que «Txeroki», que a partir de 2004 se hizo cargo de la coordinación de los comandos de la banda, representa el sector más duro de la organización, y, a la vez, el más juvenil y el menos preparado.
Los expertos le apuntan directamente como responsable del golpe de timón que supuso el atentado del aeropuerto de Madrid y que dio por tierra con el denominado proceso de paz.
Aspiazu Rubina es el mayor exponente de la nueva cara de ETA tras el último alto el fuego.
Se trata de terroristas venidos de la violencia callejera, sin demasiada experiencia, pero más violentos y contrarios a las negociaciones. Además, esos terroristas estarían organizados en una estructura obsesionada por la seguridad y, por tanto, serían menos conocedores cada uno de la actividad de los otros.
«Txeroki», además de haberlos dirigido, parece haber sido su único contacto, evitando así fugas y filtraciones, según las hipótesis policiales, que apuntan que el jefe del aparato militar de ETA ha participado directamente en reuniones, traslados y cursos, una labor que en principio parecería más indicada a cuadros intermedios.
Al parecer, ese contacto de Aspiazu con los miembros de los comandos a los que enviaba a atentar a España se puso de manifiesto en diciembre de 2007, en el asesinato en Capbreton (Francia) de dos guardias civiles españoles, ya que, según el testimonio de dos etarras detenidos, «Txeroki» les confesó que fue él directamente quien apretó el gatillo.




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