Santiago - Durante tiempo, la teoría de la conspiración sobre la muerte del derrocado presidente chileno Salvador Allende compitió con la del estadounidense John F. Kennedy. Finalmente, la creencia de que Allende había sido asesinado por los militares que el 11 de setiembre de 1973 asaltaron el Palacio de La Moneda quedó descartada en 1990 cuando, tras la exhumación de sus restos, supuestamente quedó certificado que el líder socialista se había suicidado. Además, los testimonios de los colaboradores de Allende siempre abonaron la tesis del suicidio, a pesar de que el Partido Comunista de Chile se ocupó de amplificar y propagar que se había tratado de un asesinato.
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Sin embargo, 32 años después, surge una nueva teoría sobre aquel mitificado acontecimiento. Según un periodista francés, Alain Ammar, un agente cubano asesinó a Allende por orden de Fidel Castro e hizo que pareciera un suicidio. Ammar hace esa afirmación en su libro «Cuba Nostra. Les secrets d'Etat de Fidel Castro». El periodista se basa en el testimonio de dos ex agentes cubanos, actualmente disidentes exiliados en Francia.
Las historias que se relatan en el libro son tan turbias como la trayectoria de todos los implicados. Uno de los dos confidentes se oculta bajo el seudónimo de Juan Vives, el otro es Daniel Alarcón, alias Benigno, uno de los últimos supervivientes de la guerrilla del Che Guevara. No obstante, para Ammar parece demostrado que los dos cubanos estaban en Chile en 1973. Tanto Vives como Alarcón coinciden en relatar que el agregado militar de La Habana en Santiago el día del golpe, Patricio de la Guardia, se jactaba en privado de haber matado a Allende. Según los cubanos, De la Guardia recibió órdenes expresas de Castro, que no quería que el presidente se rindiera o negociara con el general Pinochet su marcha al exilio ni alcanzara algún pacto con los militares. Según esa hipótesis, con la muerte de Allende se garantizaba un estallido revolucionario.
La versión oficialmente aceptada de la muerte indica que, tras ordenar a sus últimos incondicionales que se rindieran, Allende se disparó con el fusil AK-47 que Castro le había regalado. Según el libro, sin embargo, De la Guardia le obligó a sentarse en un sillón cuando pretendía rendirse y le disparó, colocando luego el arma sobre su cuerpo para simular un suicidio.
Paradójicamente, Ammar no ha podido obtener la versión directa del supuesto asesino, ya que éste se encuentra en Cuba en régimen de arresto domiciliario. Con rango de general, De la Guardia llegó a ser jefe de Operaciones Especiales del país caribeño, pero en 1989 fue condenado a 30 años de cárcel por narcotráfico en el mismo proceso que supuso el fusilamiento de su hermano Tony de la Guardia y del general Arnaldo Ochoa.
Para acabar de redondear la teoría conspirativa, Vives sostiene que Pinochet visitó Cuba poco antes del golpe y que Castro le entregó dinero creyendo que el militar apoyaría una revolución popular llegado el momento.
La versión cubana ha sido desacreditada en Chile por quienes estuvieron en Palacio de La Moneda aquel día.
El misterio sobre la muerte de Allende vuelve a derramar ríos de tinta en la prensa chilena, pero, increíblemente, nadie se ha parado a recordar el último discurso del presidente mártir, transmitido por radio antes de morir. En él, el líder socialista anuncia claramente cuál ha de ser su futuro inmediato: «Yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo». Y luego, Allende concluye: «Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano».
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