28 de noviembre 2002 - 00:00

Una guerra que ya se desarrolla en las sombras

Un día de mediados de setiembre sonó el teléfono en la oficina de Washington de un ex funcionario del gobierno de Estados Unidos estrechamente vinculado a la comunidad iraquí en el exilio. Quien llamaba era un viejo amigo iraquí que reside actualmente en Europa, al que el ex funcionario conoció en la década de los '90, cuando estaba destinado en Oriente Medio. Tras un intercambio inicial de cortesías, el amigo iraquí fue al grano: en los dos últimos meses, cuatro altos cargos de la seguridad iraquí se habían puesto en contacto con él para pedirle ayuda y establecer líneas de comunicación con EE.UU. con el fin de poder estar del lado ganador si llega a estallar la guerra. El ex funcionario llamó a dos antiguos colegas que hoy en día trabajan para la Casa Blanca y la CIA, y los puso en contacto con el intermediario iraquí.

A juzgar por lo que cuentan los funcionarios gubernamentales en Washington y Londres, este tipo de conversaciones es de lo más corriente. La razón es que, en gran y en pequeña escala, EE.UU. y sus aliados están trabajando afanosamente como termitas para socavar los frágiles cimientos del régimen de Saddam. La anécdota pasó desapercibida al coincidir con el inicio de las labores de los inspectores de armas de las Naciones Unidas, pero demuestra que, independientemente de los plazos que imponga la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU para el desarme iraquí, e independientemente de lo que Saddam haga o deje de hacer al declarar sus armas de destrucción masiva, las personas más importantes y mejor informadas se comportan como si la guerra para derrocar al régimen de Bagdad hubiese comenzado ya.

Las recientes experiencias bélicas estadounidenses en los Balcanes y en Afganistán han convencido al Pentágono de las ventajas de las operaciones psicológicas y de las iniciativas políticas para debilitar al enemigo. Estos días, a los militares estadounidenses les gusta repetir que su objetivo es «ablandar el campo de batalla». Y, efectivamente, Irak está siendo ablandado de muchos modos. En cumplimiento de una directiva presidencial dictada el 3 de octubre, EE.UU. ha dado inicio a un programa para entrenar hasta a 5.000 exiliados iraquíes que podrían ser utilizados en misiones de ayuda a los soldados estadounidenses que, hipotéticamente, por ahora, vayan a ir a Irak. Dentro de Irak también hay movimiento. Un funcionario de la inteligencia estadounidense ha revelado a «TIME» que se han establecido contactos con grupos con potencial para realizar acciones de sabotaje antes de que comiencen los ataques a gran escala. Según confirma esta misma fuente, EE.UU. está en contacto con «personas que pueden luchar como lo hicieron los grupos de la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, destruyendo la infraestructura de comunicaciones y de comando».

• Doble ventaja

En opinión del gobierno estadounidense, esta «guerra previa» presenta una doble ventaja: por una parte, prepara el terreno en caso de que sea preciso realizar una invasión militar; y por otra, por sí sola podría bastar para provocar la caída de Saddam sin tener que bombardear Irak ni entrar en Bagdad.

Los aviones de guerra estadounidenses y británicos que vigilan las «zonas de exclusión aérea», es decir, las regiones del norte y sur de Irak vetadas a los aviones iraquíes, ya han adoptado una postura más agresiva. Anteriormente, cuando las fuerzas iraquíes atacaban a los aviones aliados, los contraataques tenían como blanco las baterías de artillería y de misiles. Todo eso ha cambiado. Los aviones aliados atacan ahora centros de comando y control, nudos de comunicaciones y la red de fibra óptica que coordina el sistema de defensa aérea de Irak.

Además, en la zona de exclusión aérea del norte de Irak, sobre la cual Bagdad no tiene control alguno, EE.UU. ha comenzado a colaborar más estrechamente con los kurdos iraquíes, que a su vez empiezan a aclarar sus propias posturas y a coordinarse mejor.

En las últimas semanas la CIA ha abierto dos estaciones en el Kurdistán iraquí: una en Salahaddin y otra en Suleimaniyah. Según estas mismas fuentes, no se tiene planeado utilizar a los kurdos como se utilizó a la Alianza del Norte en Afganistán, es decir, como fuerza delegada. Aunque los kurdos «libres» aseguran contar con 100.000 combatientes listos para ayudar a los estadounidenses y a sus aliados.

Fuentes estadounidenses e israelíes revelaron a «TIME» que hay fuerzas especiales israelíes operando en el interior del desierto occidental de Irak en misiones de reconocimiento y entrenamiento, inspeccionando un territorio de 30.000 millas cuadradas en busca de cualquier escondrijo donde Irak pueda haber ocultado los misiles y lanzamisiles que guardó después de la Guerra del Golfo.

Washington está haciendo todo lo posible para asustar y disuadir al enemigo. En Irak se están lanzando miles de panfletos advirtiendo, sin excesiva sutileza, lo que les ocurrirá a los soldados iraquíes que no se rindan.

Además, hay programadas también otras operaciones psicológicas más ambiciosas. La fuerza aérea piensa sobrevolar Irak con sus aviones EC-130 transmitiendo señales de televisión y radio. Los grupos iraquíes de oposición están facilitando a sus enlaces militares estadounidenses los números de teléfono de soldados iraquíes en actividad; cuando empiece la ofensiva, los que estén en Irak recibirán llamadas telefónicas sugiriéndoles que permanezcan al margen.

Las diversas facciones opositoras en el exilio, sin embargo, permanecen enfrentadas entre sí; kurdos, chiítas, sunnitas, ex oficiales, monárquicos, y el CNI con sede en Londres (favorito de los partidarios de la línea dura en Washington) siguen pugnando unos con otros.

• Intermediarios


Para intensificar su influencia entre las fuerzas opositoras al sur de Irak, la Administración intenta recabar la colaboración de Irán a través de una serie de intermediarios.

Mientras tantea sus posibilidades con Irán, EE.UU. salvaguarda más abiertamente sus relaciones con otras naciones implicadas en el futuro de Irak. Con motivo de la cumbre de la OTAN celebrada en Praga la semana pasada, Bush se reunió con el presidente de Turquía, Ahmet Necdet Sezer, para corroborarle que EE.UU. no desea que se modifiquen las fronteras iraquíes. Al gobierno turco le preocupa que, tras la derrota de Saddam, la euforia de los kurdos iraquíes se propague a los kurdos de Turquía y vuelva a prenderse la mecha de sus reivindicaciones autonómicas.

Todo esto se ha convertido en un cerco sistemático e implacable cuyo fin es convencer a Saddam y a sus partidarios dentro de Irak de que están quedándose acorralados. Pero lo cierto es que el líder iraquí todavía no se ha derrumbado del todo. De hecho, ciertos observadores dignos de crédito opinan que, hasta el momento, las presiones han hecho que Saddam se esfuerce más por contener el malestar social. «Sabe que la gente está intentando establecer contactos con el exterior», cuenta un ex funcionario del gobierno norteamericano. «El régimen de Saddam está muy pendiente de todo esto». Un alto cargo británico añade que el sistema de seguridad de Saddam sigue siendo impresionante. «Realmente no sabemos lo sólida que es la oposición (interna), porque si lo supiéramos nosotros, también Saddam lo sabría, y no tardaría en aplastarla». El mes pasado, Saddam ordenó el regreso a Irak de las familias de sus diplomáticos en el extranjero, medida que hace pensar que tal vez trate de retenerlas como rehenes.

Dejá tu comentario

Te puede interesar