Una lucha entre tres

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OLLANTA HUMALA. «El comandante», un teniente coronel retirado de 43 años, tuvo un meteórico crecimiento en los sondeos, que ahora lidera. Con su discurso nacionalista y contrario a los sistemas político y económico vigentes, se adueñó del apoyo de parte de la población más pobre, sobre todo, en el interior.

En 2000, Ollanta -que significa «guerrero que todo lo ve» en quechua-encabezó junto con su hermano Antauro una sublevación contra Alberto Fujimori, fue preso, pero terminó indultado por el ex presidente Valentín Paniagua. Desde entonces, se fue despegando del «etnocacerismo», el movimiento ideológico fundado por su padre, Isaac, cuestionado por nacionalismo extremo y sus tendencias racistas. Es amigo de Hugo Chávez, afín a Evo Morales y admirador de Charles De Gaulle.

LOURDES FLORES. Abogada, soltera y de 46 años, busca ser la primera mujer en llegar a la presidencia de Perú. Lidera desde hace tres años el conservador Partido Popular Cristiano y, sin ser una oficialista, reivindica el modelo económico de libre mercado y apertura del actual mandatario, Alejandro Toledo, con el que promete crear 650 mil empleos por año. Apodada «Lulú», es una católica ferviente y se opone al aborto. Descalificada como «la candidata de los ricos», buscó en los últimos días adoptar un discurso más social. Su referente político es Konrad Adenauer y, en la región, está muy cerca del principal aliado de EE.UU., el colombiano Alvaro Uribe. En 1999 fue distinguida por «Time» y la CNN como una de las 100 jóvenes revelaciones latinoamericanas para el nuevo milenio.

ALAN GARCIA. Abogado y líder de la Alianza Popular Revolucionaria Americana, APRA, fue presidente entre 1985 y 1990. En esa época, proyectó su liderazgo entre la izquierda latinoamericana tras su decisión, a la postre catastrófica, de limitar a 10% el pago de intereses de la deuda externa peruana. Dice haber aprendido de sus errores y se presenta hoy como un socialdemócrata, poniendo el acento en incrementar la red de protección social, en hacer respetar las leyes laborales y en fomentar el empleo. Hoy, a los 56 años, ya no critica el «neoliberalismo» y se limita a hablar de la necesidad de «hacerle algunos retoques».

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