En 1820 Charles C. Colton escribió: “La imitación es la forma más sincera de halago” (“Lacon, o muchas cosas en pocas palabras, dirigido a aquellos que piensan”), claro que lo que estaba haciendo Colton era plagiar a Joseph Addison quien más de un siglo antes, había escrito en The Spectator “La imitación es una forma del alago carente de arte (20 de octubre de 1714). Colton era un clérigo, así que lo podríamos perdonar, pensando en su buena fe.
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Una Nación que plagia
Termine siendo la administración de Javier Milei brillante -ojalá sea así- o un fracaso, entre las pocas cosas que tenemos seguras es que deberá enfrentar una serie de procesos por plagio en los cuales difícilmente sea exonerado. Mas allá de la cuestión personal, siendo el primer mandatario una “figura ejemplar”, esto de “secuestrar” las ideas de los otros -o promocionar activos de altísimo riesgo sin la debida idoneidad- ha permeado especialmente entre quienes más lo idolatran y más lo denostan.
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Después vendrían las demás variantes, desde la que se le mal atribuye a Jonathan Swift, en torno a 1711, “la imitación no es tanto el más sincero de los halagos, como es la más sincera forma de robo” (no lo escribió, pero el autor de Gulliver muy bien podría haberlo hecho), hasta el genial y petulante Oscar Wilde, con "La imitación es la forma más sincera de adulación que la mediocridad puede rendir a la grandeza" y las variantes más modernas, como Madonna criticando a Lady Gaga en septiembre de 2012 con: “La imitación es la forma más sincera forma de halago, y la originalidad la más sincera forma de crítica”. Cuando quien nos imitan, sigue o plagia, avanza sobre nuestro trabajo, aunque no reconozca la “proveniencia”, podemos considerarlo un halago. Cuando el/la quien lo hace, lo bastardea con algún fin artero o pecuniario, “me parece que no”.
El plagio, cobijo de los mediocres
Como con tantas otras cosas, los chinos vinieron primero. Según relata Shen Kuo (Ensayo del Sueño del Torrente, 1088 AD) alrededor del 1040 Bi Sheng inventó la imprenta utilizando caracteres móviles en porcelana -luego vendrían los tallados en madera-, lo que fue un gran paso para la humanidad, al popularizar los libros y folletos, que hasta entonces eran manuscritos.
Pero esto trajo un problema, comenzaron a aparecer las copias falsas y no autorizadas.
Este problema en realidad siempre existió, alrededor del 86 A.D., el poeta romano Marcus Valerius Martialis (Marcial para los amigos) escribía en el Epigrama 52:
“Commendo tibi, Quintiane, nostros
Nostros dicere si tamen libellos
Possum, quos recitat tuus poeta:
Si de servitio gravi queruntur,
Adsertor venias satisque praestes,
Et, cum se dominum vocabit ille,
Dicas esse meos manuque missos.
Hoc si terque quaterque clamitaris,
Inpones plagiario pudorem”.
“Te encomiendo, Quinciano, mis libritos, si es que puedo llamar míos a los que recita un poeta amigo tuyo (Se refiere a Fidentio). Si ellos se quejan de su gravosa esclavitud, acude en su ayuda y ponte a su entera disposición, y cuando él se proclame su dueño, di que son míos y que han sido esclavizados. Si lo dices bien fuerte tres o cuatro veces, harás que le dé vergüenza al plagiario”.
Aquí es cuando aparece por primera vez la palabra plagio en el sentido que la conocemos hoy en día (hasta entonces era “secuestrador”). En el Epigrama 53 es aún más directo y lo termina diciendo “Indice non opus est nostris nec iudice libris, Stat contra dicitque tibi tua pagina 'Fur es.'”
“Mis libros no necesitan que nadie acuse ni juez; tu página se levanta contra ti y dice: Sos un ladrón”.
Si queremos ir más atrás, en la fábula sobre la corneja y las plumas robadas atribuida a Esopo durante el siglo VI AC, se evidencia que esto de falsificar imágenes es algo que nos acompaña desde hace miles de años (la corneja robó plumas de aves más lindas, para ganar un concurso de belleza, pero terminó siendo desplumada y más fea que antes).
Volvemos a China. La imprenta hizo que el número de escritos creciera exponencialmente.
En realidad, esto es un decir, ya que las estimaciones son que no más del 10% de los chinos sabían leer, antes de la imprenta de madera, mientras en Europa solo el 5% lo hacía antes que Johannes Gutenberg comenzara a usar caracteres de estaño y antimonio en 1450. Un siglo después de cada invento, el 20% y el 10% de las poblaciones eran capaces de leer, y no sería hasta entrado el 1800 que los occidentales estaban más alfabetizados que los Chinos (hoy la tasa en Europa y EE.UU es del 99%, y 97% en China).
Sin importar si más gente leía o no, los emperadores comenzaron a usar la imprenta de manera de manera masiva, así que eran los principales perjudicados por los “plagios”. A partir de 1068 o un poco antes, el Emperador Sheezuang de la dinastía Song de norte (960-1279 AD) comenzó a implementar el “sh quán” o el derecho del libro.
Por supuesto que no era una ley de copyright en el sentido moderno, ya que buscaba regular como se distribuían los textos del gobierno y quien los imprimía, pero ya por entonces los autores particulares contaban con una serie de mecanismos de protección (registraban los libros con las autoridades o gremios de impresores, se incluían prefacios y colofones resaltando el derecho de propiedad, se sellaban las obras, etc).
En 1601 el escritor Ben Johnson utilizó por primera vez la palabra plagio en el idioma inglés para denotar el ladrón de una obra literaria en “Poetaster” (el Diccionario de la Real Academia Española de Letras la incorporó posiblemente en 1803 y sin dudas en 1869) y la primer ley sobre el copyright o derechos de autor, en un sentido moderno, la implementó la reina Ana de Inglaterra con su Estatuto de 1710, reconociendo a los autores y sus herederos la propiedad intelectual de su obra por 14 años y 14 años más si el seguía vivo. Sería 59 años más tarde, en 1769 cuando se registrara el primer juicio por infracción al copyright, en el caso de Millar versus Taylor, que se estableció que los derechos de autor no son eternos.
En 1614 Alonso Fernández de Avellaneda, o alguien que se hacía llamar de esa manera, publicó el “Segundo Volumen del Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha”. Esto no tenía nada que ver con la primera parte publicada nueve años antes (“El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”), y enfureció a Miguel de Cervantes, que apuró la finalización de la segunda parte de su historia a la que llamo adrede “Segunda parte del Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha”, incorporando una feroz critica contra Fernández de Avellaneda, acusándolo de fraude, y cuestionando su moralidad e intelecto. Si no fuera por esto, hoy nadie recordaría a Fernández de Avellaneda.
Por esa época no existían leyes que protegieran a los autores en Imperio español y no sería hasta 1762 con la “Pragmática Sanción” de Carlos III que se reconociera su derecho intelectual por 10 años. Luego de la Revolución de Mayo, hubo una serie de propuestas para reglamentar el derecho de autor en las Provincias Unidas, pero no fue hasta el decreto del 17 de mayo de 1823 (Martin Rodríguez/Bernardino Rivadavia) que establecía: “El excedente del costo de impresión del producido por la venta de ejemplares de los cursos e historias de las facultades será de la propiedad del autor” y el del 30 de diciembre que reconocía:
“La inviolabilidad, de todas las noticias que se publican por la prensa, será sostenida en los derechos comunes a toda propiedad hasta la sanción de la ley que regle la protección que esta especie de propiedad demanda”, que tuvimos algo concreto entre nosotros.
En 1853 el artículo 17 de la Constitución consagró estos derechos, que enfrentaron su primer gran cuestionamiento en 1882 con el caso de José Hernández contra los hermanos Barbieri por una edición no autorizada del Martín Fierro (emitieron 2.000 ejemplares de baja calidad en 3 ediciones, el Juez Virgilio Tedín los condenó a pagar $ 3.000 -en esa época, un peón ganaba entre $1-2 por día, las buenas ediciones del Martin Fierro se vendía en $ 10 y las más baratas en $ 5).
Mas allá de las importancia de la ley y la justicia, a lo largo de la historia el gran disuasor contra el plagio y las violaciones al copyright ha sido la condena social, la vergüenza de ser puesto en evidencia como un/una copión/a, un ladrón/a incapaz de generar sus ideas propias.
Un presidente “copión”
Alguien podría decir que el plagio máximo de nuestro presidente es la figura de Donald Trump, pero el yanqui decidió tomar esto con humor y una forma de halago.
La cuestión es que Javier Milei, primer mandatario de los argentinos, ha sido acusado y señalado innumerables veces de plagiario, en sus libros, notas periodísticas, discursos y durante la campaña presidencial y sus “posteos” en los medios sociales.
Lamentablemente para él, su actual investidura pone un freno al avance de todas estas causas, por lo que por algunos años “su buen nombre y honor” quedaran en un limbo (después veremos).
Si bien, no en la escala presidencial, la realidad es que en el mundo de los economistas -ni que decir las/los periodistas- el plagio es una cuestión rampante. En un análisis de 2012, S.F. Karabag (Retraction, Dishonesty and Plagiarism: Analysis of a Crucial Issue for Academic Publishing, and the Inadequate Responses from Leading Journals in Economics and Management Disciplines) encontró que las principales publicaciones de negocios y economía son especialmente laxas en esto de juzgar el plagio.
Desde ya que hay excepciones, por caso la gente del indexador de estudios económicos IdeasRePEc, sin dudas el más prestigioso del mundo (indexa más de 2.3 millones de trabajos de cerca de 3.400 “journals” y 5.500 series de “papers”, tiene establecido un comité que analiza todas las denuncias y “escracha” a los falsarios (claro que hay que denunciarlos).
Allí, no en la página de los falsarios sino en el índice, aparecen economistas argentinos de todos los signos: Martin Rossi como el más indexado con 104 trabajos, Carlos Rodríguez con 93, Roberto Frenkel con 90, Federico Sturzenegger con 86 menciones igual que Rafael di Tella, Rafael La Porta 76, Juan Carlos de Pablo con 56, Martin Rapetti 38, Martin Guzmán 28, Emilio Ocampo 24, Domingo Cavallo 19, Sebastian Katz 16, Ricardo Lopez Murphy 13, el “en la cuerda floja” Lucas Llach 8, Guillermo Mondino 7, Ricardo Arriazu 6, Joaquin Cottani 4, Carlos Guberman 3, Diana Mondino 2, Jose Luis Espert 2, Jose Maria Fanelli 1, Manuel Adorni 0, Ramiro Castiñeira 0, Vladimir Werning 0, Miguel Boggiano 0, Claudio Zuchovicki 0, Martin Vauthier 0, Esteban Klein 0, Alberto Benegas Lynch 0, Felipe Nuñez 0, Federico Furiase 0, Dario Epstein 0, Pablo Quirno 0, Demian Reidel 0, Luis Caputo 0, Manuel Adorni 0. Cuantos triene nuestro presidente… 0 (cero).
Si quitamos a Rossi y Sturzenegger de la lista, un mal pensado podría creer que la mayoría de los economistas que participan de la administración Milei son unos absolutos desconocidos en el contexto internacional y que muchos entre los más conocidos que alguna vez lo acompañaron -autores de 162 trabajos de nivel internacional-, ya no están (fueron expulsados).
Digo “mal pensado” porque no es que por estar más o menos mencionado uno sea mejor o peor economista, más o menos prestigioso -esto depende sobre todo “del marketing”-, sino que lo único que garantiza “pertenecer” es abrir la puerta a tener más o menos visibilidad dentro de la comunidad académica mundial.
Volviendo a RePEc y el escrache a los plagiarios, el récord lo tienen Carlos Pestana Barros con denuncias por 5 trabajos y Hans Werner Gottinger, con otros tantos.
Si bien nuestro presidente no ha logrado que ninguno de sus trabajos fuera reconocido internacionalmente para ser recogido por este o alguno de los otros “indexadores” más prestigiosos, nuestro amigo “mal pensado” podría creer que esto explica lo que pareciera ser una desenfrenada apetencia por los premios internacionales, aun los más ignotos -en 14 meses meses ya viajó a buscar 16 premios- y que con más de una decena de señalamientos le tocaría por lejos la cima del podio de los copiones.
La pregunta que puede realizarse aquí es porque si esto es cierto no pareciera mellar la adhesión popular al presidente. El problema es que el comportamiento de la gente frente a los eventos no siempre es lineal.
En 1972 Rene Thom planteó su modelo Cusp Catastrófico. En un escenario “normal” (estable) la gente se comportaría siguiendo la línea A-B del gráfico, pero a medida que van surgiendo cierto tipo de incidentes (el debilitamiento en el interés del público por escuchar al primer mandatario segun evidencian los ratings, y ahora el escandalo $Libra), la línea de lo esperable se va trasladando hacia el punto E.
Mientras no lleguemos al punto F, o algún evento no nos traslade hacia el A, todo parecería normal, pero llegado a ese punto, “una nada”, derivaría en una brutal de caída.
Sería interesante entonces que, así como estuvo bien que los medios y la gente reclamara por el titulo de abogado de Cristina Kirchner y que la justicia resolviese, que el Instituto de Desarrollo Económico y Social (Ides) y la Universidad Torcuato de Tella (UTdT), o incluso el propio mandatario, liberaran al público las tesis que habría escrito fundamentando sus maestrías. Así podrían ser juzgadas por “un panel de iguales” y apreciadas por el público en general, eliminando cualquier resquemor sobre su capacidad intelectual (presionando hacia la línea A-B).
Se acabó “la beca”
Es interesante que el grueso de nuestros “Especialistas Internacionales” (E.I.) no supieron prever ni la primera ni la segunda victoria de Donald Trump, lo que visto los números finales era algo fácil de hacer. Si esto refleja algo es su falta de comprensión del pueblo norteamericano, de la dinámica del país del norte y en definitiva de cómo funciona el mundo… pero bueno, son especialistas.
La argentina está llena de “E.I.´s”, cuya mayor especialización pareciera ser acollararse con la gente de “La Embajada”. Así, los gobiernos son “buenos” mientras los invitan a “cocktails”, viajes, cursos, otorgan becas (y “becas”) y cada tanto les conceden alguna cucarda -para esto hay que publicitar lo que les interesa y esconder lo que no-. Claro que cualquiera que camine por la vereda de en frente será el peor del universo para estos Especialistas.
Pero nada dura para siempre y cuando el viento cambia y las fiestas se acaban, es el momento de trabajar “limando” con cualquier medio al ganador y los que están por venir.
Y los vientos van a cambiar de una manera brutal en La Embajada. En agosto de 2021 Joe Biden designó a Robert Marc Stanley como Plenipotenciario de los EE.UU. en la Argentina.
Seguramente el bisabuelo Ernesto, quien construyó el palacio, no estaría nada contento con este feroz promotor de la causa sionista y las políticas más progresistas, quien instrumentó y alimentaba una notoria red de amanuenses, al punto enorgullecerse al ser considerado Woke.
El turno es ahora para el Cubano Norteamericano, Peter Lamelas, un republicano de pura cepa y gran conocedor de vinos y la buena comida, quien llegaría al país en abril y promete un giro de 180 grados en la Embajada.
Tomará un tiempo para que se barra bien la embajada, pero seguramente el bisabuelo Ernesto quedará contento.
El pastor y sus perros
“Cuando el pastor es un conocido plagiario, ¿qué podemos esperar de sus perros?”.
Los plagiarios no son gente demasiado inteligente. Por eso tienen que copiar y robar a los otros.
Así una de sus armas más importantes es la confusión. Atiborrar todo de palabras y conceptos, por más inconexos que sean, para confundir al que está en la otra parte, y atosigarlo, para que cuando llegue al “no entiendo nada”, termine diciendo, “que tipa/tipo tan inteligente” es esta/e.
Como dijo alguna vez Wilde: "No tiene nada que decir y lo dice tan bien que uno podría pensar que es suyo".
Unos días atrás sacamos en Ambito una nota explicitando el desarrollo de la “teoría del hombre loco” y como Donald Trump y Javier Milei están haciendo uso de ella.
Análisis interpretando los comportamientos del norteamericano a la luz de esta teoría podemos decir que ha habido desde siempre -curiosamente no en Argentina-. En el caso de Milei la cosa es más rara, solo una nota de enero, de Pola Oloixarac en El País de España lo relaciona a la “Mad Man Theory” (Pola es siempre interesante, pero sinceramente, no la había leído y tiene un enfoque diametralmente distinto).
La cosa es que, a los tres días de aparecer el artículo, aparece una nota sobre el mismo tema, de la empleada de un medio de la nación argentina, al que cuesta definir de opositor. Ergo, obviaba cualquier referencia a nuestro presidente concentrándose, como reputada analista internacional, en “pegarle a Donald Trump”.
Lo interesante es que en su análisis incorpora un elemento inusual en esta cuestión como es la figura de Franklin Delano Roosevelt, un asociación que ni Google ni ninguno de los programas de IA más populares identificaron hasta ese momento, es decir… al momento en que Ámbito lo hizo por primera vez tres días antes.
¿McKinley o Denali?
Existen en los EE.UU. unas 2.300 personas de la tribu Koyukon y de ellas apenas 300 hablarían su lenguaje original. Entre los prueblos prehispánicos de Alaska, los Yupík Inupiat, Tlingit, Aleut, y otros grupos Athabascos tienen y siempre han tenido mas integrantes.
Antes de la llegada de los europeos, el monte McKinley era conocido como Dghelay Ka´a por la tribu Denaína (los Athabascos que vivían en la zona mas cercana a la montaña), Tral´aatsaai por la cultura Tananan inferior, Traleyka por los Sushitna -este era el nombre mas popular hacia finesde 1900- Doleika por la Kuskokwim superior, Tagee Dghelayy por los Deg Hit´an, Begho ghilaay por los Holikachuk, Tenada por otros grupos, etc. y solo los Kokuyon lo llamaban Denali.
Alrededor de 1794 los comerciantes de pieles rusos llegaron a la región del McKinley y para la década de 1830 ya habían establecido un puesto comercial. Por esa época llamaron a la montaña “Bolshova Gora” (montaña grande en Ruso) si bien Ferdinand von Wrangel la había llamado Tenada en su mapa de 1839, posiblemente siguiendo la costumbre local indígena.
El 30 de marzo de 1867 Rusia le vendió a los EE.UU. el territorio de Alaska. En un principio, especialmente por los locales, la montaña pasó a conocerse como el monte Densmore, por el buscador de oro Frank Densmore que tanto admiraba la montaña y tan bien retrató Jack London en “La Quimera del Oro”, pero en 1896 otro buscador de oro, William S. Dickey en un acto puramente partidario decidió llamarlo Monte McKinley (en honor al candidato presidencial William McKinley, un halcón del patrón oro que) y cuando el 24 de enero de 1897 su “Descubrimientos en Alaska” salió publicado en The New York Sun, el nombre comenzó a popularizarse.
Para junio de 1899 el Servicio Geológico de los EE. UU. reconocía oficialmente la montaña como Monte McKinley y el 26 de febrero de 1917 el presidente Woodrow Wilson firmaba la creación del Mount McKinley National Park, formalizando como se llamaría la montaña por 116 años, hasta que “un siempre insaciable por marcar diversidad” Barak Obama, decidió el 30 de agosto de 2015 cambiarle -habló de restituir- el nombre por Denali (en 1975 tenemos el primer pedido de tres para el cambio de nombre).
Es cierto que McKinley nunca visitó Alaska (W.G.Harding fue el primer presidente en hacerlo en 1923), pero durante su presidencia la población de la región prácticamente se duplicó pasando de 32.052 personas en 1890 a 63.592 en 1900 (nunca creció tanto), se fundaron al menos 7 grandes pueblos y se abrieron casi 600 kms de caminos. Asi que mucho mas allá de la argucia partidaria de Dickey, hay motivos mas que suficiente para homenajearlo.
McKinley y los Economistas
Los de la izquierda nunca lo han querido por ser un representante de lo que podríamos llamar el “capitalismo más salvaje”. Los de la derecha, porque su política, de un fuerte intervencionismo tarifario da por tierra con todas las teorías moderna de libremercadismo.
Milton Friedman, por ejemplo, si bien nunca se animó a criticarlo de manera directa, en “Monetary History of the United States, 1867-1960” (Junto a Anna Schwartz) achaca lo logrado durante la administración McKinley a la adopción del patrón oro y el descubrimiento de las vetas en Alaska.
La realidad es que las 55 toneladas de oro que se recolectaron durante el “Klondike Gold Rush” de 1896-99, estuvieron muy por debajo de las 750 de la fiebre del oro en California de 1848-55 y las 85 de las otras dos burbujas de 1858-61 y 1874-77. Pero acá hay un problema, el oro se descubrió en Canadá, no en territorio norteamericano, que ya había adoptado el patrón oro para el dólar canadiense en 1854.
Lo que es peor para la tesis de Friedman, el patrón oro para el dólar recién se sancionó el 14 de marzo de 1900 cuando McKinley firmo la ley del Congreso (siguió vigente hasta que en abril de 1933 Franklin Delano Roosevelt incautó las tenencias de oro de los norteamericanos y en enero de 1934 suspendió la convertibilidad) así que difícilmente esto explica el boom económico de fines del siglo XIX.
Es cierto que no fueron solo las tarifas el motor de la “Gilded Age” (en 1873 Mark Twain y Charles Dudley habían escrito: The Gilded Age: A tale of Today, satirizando la corrupción avaricia y carrera por el lucro de la época), detrás estuvieron también la fuerte inmigración, los avances tecnológicos, los cambios legales y la desregulación de los mercados, pero sin McKinley y sus políticas -incluyendo las tarifarias-, nada de esto podría haber prosperado.
Le gusto o no a los economistas, para los historiadores económicos no hay dudas que las políticas tarifarias propugnadas por McKinley fueron una de las bases del impresionante crecimiento norteamericano de fines del siglo XIX y principios del XX (¿Estoy a favor de la suba de tarifas? No. De ninguna manera, pero la historia señala que a veces pueden ser el camino correcto).
El problema de las Tarifas
Con el argumento de que se quería proteger a los agricultores y las industrias del norte, pocos días antes de que asumiera Abraham Lincoln, el Congreso (Demócrata) había sancionado la Morrill Tariff que incrementaba la carga a los productos importados del 21% al 26% (real). Desde al menos 1778 las “tarifas” venían aportando más del 90% de los ingresos que percibía el gobierno federal.
En abril de 1861 comenzaron las primeras escaramuzas de la Guerra Civil y en agosto, Lincoln firmó el primer impuesto a las ganancias reteniendo del 3% al 5%, de los ingresos de más de u$d 800 anuales, buscando más plata para financiar la guerra.
En 1864 con el acta Recaudatoria de 1864 se elevó el impuesto, estableciendo escalas del 5% a 10% a ganancias de más de u$d 600, se aplicaron y reforzaron los impuestos sobre una serie de productos “suntuarios”: tabaco alcohol, etc. (este acta es la base del sistema impositivo de los EE.UU.) y se incrementaron muchas de las tarifas al 48%.
La guerra termino en abril de 1865, pero no fue hasta 1872 el Congreso abolió el impuesto a los ingresos, rebajó ciertas cargas a los bienes suntuarios, y apenas de manera marginal algunas de las tarifas, que ahora generaban poco más del 50% de los ingresos del Gobierno.
Si bien la carga de la deuda asumida durante la guerras era inmensa (la deuda federal pasó de u$d 65 millones a u$d 2.700 millones) el dinero que se recolectaba más que alcanzaba para hacerle frente y cuando en 1870 el Presidente Grant la renegocio a una tasa mas baja (de 6%-7% a 4.5%-5%) el país comenzó a acumular fuertes superávits.
Cada año las presiones para reducir los impuestos y que el dinero quedara en manos de los ciudadanos en lugar de acumularse en el tesoro eran más grandes. Así en 1883 se sancionó la Mongrell Tariff, que en teoría reducía las tarifas al 40%. En la práctica, con las enmiendas que se introdujeron la rebaja terminó siendo mucho menos y generó un inmenso descalabro que no hizo sino aumentar el superávit
Todos estaban de acuerdo en que había que reducir la cantidad de dinero que se recaudaba. La diferencia estaba en que mientras los Demócratas bregaban por una reducción de las tarifas, i.e. menor recaudación, aun a riesgo de golpear a la producción nacional vía el incremento en el volumen de los importados y su caída de precio, los Republicanos con William McKinley al frente apuntaban a que lo mejor era exactamente lo opuesto, ya que la rebaja solo incrementaría el superávit, así que lo que había que hacer era elevar las tarifas, lo que protegería a los productores locales, aun al riesgo de un aumento de los precios.
La McKinley Tariff
El primero de octubre de 1890, McKinley, quien encabezaba el “House Ways and Means Committee" consiguió que se sancionara el Acta de Tarifas de ese año (conocida popularmente la “McKinley Tariff”) que elevó la carga a las importaciones del 38% al 49.5% (real). Con esto buscaba reducir el superávit del gobierno y continuar protegiendo a la industria y los trabajadores norteamericanos del dumping y los excedentes de la producción británica, francesa y alemana.
Con el Acta, algunas tarifas fueron rebajadas o eliminadas (azúcar, melaza, café, té y cueros) y otras como la chapa de estaño, elevadas hasta un 70%,
La realidad es que el incremento de las tarifas tuvo el efecto deseado en los dos aspectos buscados: ingresos y protección. Como demuestra el caso del estaño (ver Douglas A. Irwin; Did Late-Nineteenth-Century U.S. Tariffs Promote Infant Industries? Evidence from the Tinplate Industry) la producción local comenzó a crecer y tras una disparada inicial, los precios comenzaron a bajar, en tanto el superávit se redujo drásticamente.
El problema es que transitábamos un periodo deflacionario, así que la disparada en los precios de los productos importados, casi un 50% en términos reales, tuvo un efecto brutal sobre la vida de la gente. En noviembre de 1890 los demócratas arrasaron en las elecciones intermedias y en 1892 Grover Cleveland se hizo de la presidencia.
La crisis de 1893
En febrero de 1893 la quiebra del Philadelphia and Reading Railroad disparó un efecto en cadena que llevó a que en los siguientes años más de 15,000 empresas y bancos quebraran, la tasa de desempleo saltara a cerca del 20%, se multiplicara el número de huelgas (la más famosa la de Pullman) y el malestar social, cayeran las reservas y los EE.UU. entraran en la peor crisis económica de su joven historia.
En 1894 los demócratas sancionaron el Acta Wilson-Gorman que buscaba pretendidamente mejorar la situación de los consumidores reduciendo las tarifas (y en lo político arrasar con McKinley), pero esto no hizo sino empeorar la situación.
Si bien se eliminaron las cargas al hierro, carbón, madera y lana importada, lo que castigaba duramente a los productores locales, los lobbies empresariales consiguieron que se introdujeran unas 600 enmiendas lo que terminó haciendo que muchos productos de uso diario, como el azúcar, terminaran tributando más que antes (el promedio quedo en circa 40%).
Peor aún, para salvar el teórico desfasaje que esto iba a generar se volvió a sancionar un impuesto a las ganancias, cargándole un 2% a todos los que ganaran más de u$d 4.000 al año (unos u$d 140.000 de ahora). A pesar de esto la administración central cayó en un déficit.
Ante la inoperancia de los Demócratas para salvar la crisis, en noviembre de 1894 los Republicanos arrasaron en la elección de mediotérmino y estaba claro era claro que en 1896 tomarían la presidencia. La cuestión es quien estaría la frente.
McKinley, héroe de Trump
William McKinley fue el último de los presidentes norteamericanos que había luchado durante la guerra civil, donde se alistó voluntariamente del lado de quienes estaban en contra de la esclavitud y ascendió de soldado a mayor. Finalizada la contienda estudio leyes e ingresó al Congreso posicionándose como el mayor experto en cuestiones tarifarias del partido republicano. Terminado su periodo en el Congreso, fue electo gobernador de Ohio en 1892.
En 1895 Mark Hanna, un millonario amigo personal de McKinley -y de Teddy Roosevelt- lo salvó de la quiebra -había salido de garante de otro amigo que quebró con la crisis- y organizó lo que se considera la primer campaña moderna para una elección en los EE.UU.
Si bien al principio se lo consideraba el perdedor, en lugar de viajar en tren por todo el país buscando atraer a los electores como hacia su rival William J. Bryan y había sido hasta entonces la estrategia de los presidentes y candidatos, McKinley se quedó básicamente en su casa, apoyándose en los medios. El dio cientos de discursos dirigidos a distintos grupos específicos, que después se diseminaban a través de los periódicos, llegando asi millones de personas.
Hanna, se retiró de los negocios para dedicarse 100% a la campaña, puso y consiguió millones de dólares apuntando al interés de McKinley por la educación (se estima entre u$d 3,5 y u$d 16,5 millones) y luego usó gran parte de ese dinero para imponer al electorado la idea de la necesidad de un patrón oro (atrás de la elección estaba la pelea entre quienes propugnaban el patrón plata -devaluacionistas- y los que querían el patrón oro -revaluadores-) y más tarde la necesidad de un mayor proteccionismo luego que el acta Acta McKinley fuera derribada.
El 3 de noviembre de 1896 McKinley ganó el voto popular y arrasó en el colegio electoral sentando las bases para que el partido republicana mantuviese el poder en los EE.UU. hasta 1932.
Las supertarifas
Una de las principales patas de la campaña de McKinley habían sido las tarifas. Ya no existías el problema del superávit, pero era imperioso impulsar la industria y salvaguardar el trabajo de los norteamericanos.
Tardó, pero el 24 de julio de 1897 el Congreso sancionó la Dingley Act. Se fijaron impuesto a la importación de lana y cueros (el cuero era lo que es hoy el plástico) que venían exentos desde 1872 y se incrementó la carga a los productos de lana, linos, seda y porcelana, duplicándose la del azúcar. Hasta entonces, nunca las tarifas habían sido tan altas, durante el primer año de vigencia llegaron al 52% y promediaron 47% hasta 1909 -es el acta tarifaria que más tiempo duró en los EE.UU.-
Ese mismo año, cuando fue reelecto, el desempleo había caído de más del 12% que estaba cuando asumió a 5%, el PBI per cápita crecía en términos reales a más del 9% y se situaba firmemente por encima del británico (durante su presidencia promedio 4.7% al año, solo superado en 1978-79 y durante el “final de crisis de los años 30´s-boom de la II Guerra Mundial”) haciendo de los EE.UU. la mayor potencia económica del planeta.
El 14 de septiembre de 1901 William McKinley, quien sacó a los EE.UU. de la peor crisis económica hasta entonces y encauzó el país en una senda de crecimiento que duraría hasta fines de la década de 1920, murió asesinado por el anarquista León Czolgoz.
Tarifas para el siglo XXI
En aquella época toda la cuestión impositiva estaba en mano del Congreso, incluso las tarifas. Sin embargo, en el acta de 1890 McKinley introdujo lo que se llamó la cláusula de reciprocidad: la posibilidad que el presidente pudiese reducir o eliminar los impuestos a las importaciones sobre ciertos productos sin consultar al legislativo, cuando el otro país se avenía a reconocerle concesiones similar a los EE.UU. Esto era la primera vez que se le otorgaba al presidente esta prerrogativa que aún está vigente.
Si bien parece que esta prerrogativa no fue empleada durante el siglo XIX, el Acta Dingley avanzó aún más autorizando al presidente a reducir las tarifas -todas- en un 20% bajo condiciones de reciprocidad.
En su último discurso, unas horas antes del atentado, el “Napoleón de la Protección” (lo de Napoleón, vino por su semejanza física con el francés y era usado por los Republicanos como una alabanza) dio un giro con la cuestión de las tarifas, anunciando que habiendo alcanzado EE. UU. el nivel logrado, las tasas debían comenzar a utilizarse como un instrumento de negociación internacional con otros países (lo que había previsto diez años antes). Murió ocho días más tarde, así que no pudo celebrar ningún acuerdo, lo que le toco a su vicepresidente y sucesor Teodoro Roosevelt.
América para los Americanos
En diciembre de 1823, redactada por John Quincy Adamas, el presidente James Monroe, declaró durante el séptimo mensaje al Congreso: "Los continentes americanos, por la condición de libres e independientes que han asumido y mantienen, no deben ser considerados en adelante como sujetos de futura colonización por ninguna potencia europea."
La verdad es que nunca dijo nada parecido a “América para los americanos”, ni mucho menos consideró la idea de, “América para los norteamericanos”.
Si bien Juan B.Alberdi “En peregrinación de Luz del Dia” (1871) y José Martí en “Nuestra América” (1891), advirtieron contra el peligro del expansionismo norteamericano, hasta entrado el siglo XX EE.UU. había empleado la doctrina Monroe básicamente para que los apoyar las revoluciones latinoamericanas.
Tal vez una de las evidencias más claras en este sentido es la carta donde se relata el pedido que le hiciera el presidente Juan Lindolfo Cuestas al embajador norteamericano en Montevideo para que le solicitara a Roosevelt declarar al Uruguay como un protectorado norteamericano, cosa que los norteamericanos rechazaron.
Aunque EE.UU. no participó militarmente en las Guerras de la Independencia, estuvo entre los primeros países en reconocer las nuevas naciones -de hecho, la mayoría de las constituciones copiaron la suya de 1788- y dio carta blanca para el contrabando de armas y pólvora a los sudamericanos, en especial a la Argentina, Chile, Venezuela y México (Inglaterra estaba en primer lugar).
Un expansionismo Blando
La realidad es que el expansionismo norteamericano del siglo XIX, era un expansionismo más bien “blando”. En 1803 los norteamericanos compraron la Luisiana a Napoleón, en 1821 compraron Florida a los españoles y en 1867 compraron Alaska a los rusos. Incluso con México se siguió esta política y en 1829, 45 y 46 Washington ofreció comprar California, Nueva México y el Sur de Texas.
En marzo de 1846, ante la negativa a ser oído, el negociador John Slidell abandonó México; en abril tropas yanquis entraron en la zona en disputa entre el Rio Grande y el Nueces; los mexicanos atacaron y al mes siguiente el Congreso declaraba la guerra que finalizó con el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848
Estados Unidos se quedó con los territorios de California, Nevada, Utah, la mayor parte de Arizona, mitad de Nueva México, un cuarto de Colorado y porciones de Wyoming, Kansas y Oklahoma. Un territorio inmenso de 136 millones de hectáreas que incrementó el de la Unión en un 40%, pero en el que apenas vivían entre 75.000 y 100.000 personas; frente a esto el resto de México cobijaba entre 7 y 8 millones de almas (Nota al pie: Groenlandia tiene un territorio de 216 millones de hectáreas, habitado por 56.000 personas)
En total murieron unos 1.712 soldados yanquis en acción (cerca de 11.000 por enfermedades) y entre 5.000 y 25.000 mexicanos (otro tanto por enfermedades). Trece años más tarde durante la Guerra Civil Norteamericana murieron unas 250.000 personas en el frente y 420.000 por enfermedades.
A cambio México recibió el pago de u$d 15 millones y se le condonaban deudas por u$d 3.25 millones (la oferta de Slidell había sido u$d 25 millones). En 1853/54 EE.UU. les compro más tierra los mexicanos -pero no tanto como buscaba- con el tratado de Gadsen/Mesilla.
Para 1867 las relaciones se habían recompuesto y gracias al apoyo norteamericano Benito Juárez pudo expulsar a las tropas francesas. Por otro lado, en 1895 EE.UU. forzó a Inglaterra a retirarse y en 1903 rompió el bloqueo que le estaban haciendo las naciones Europeas.
Hawái, un no al expansionismo
Un caso interesante sobre el expansionismo norteamericano del siglo XIX es lo que paso en el archipiélago de Hawai. En enero de 1893 un grupo de comerciantes americanos y europeos, con el apoyo del embajador yanqui, derrocó a la reina Lili´oukalani, apostando a la anexión a la Union.
Por esas época, los nativos no superaban los 45.000, los chinos 18.000, los japoneses 15.000 y los norteamericanos y noreuropeos 5.000, los portugueses 2.000, etc, que habían sido atraídos por las plantaciones de azúcar luego del Gran Mahele de 1848 y el tratado de reciprocidad con los EE.UU. de 1875.
En su mensaje al Congreso, en diciembre de 1893, el presidente Cleveland declaró ilegal el golpe en Hawai, pero los revolucionarios no aceptaron devolverle el poder a la reina y como los EE.UU. no iba a mandar tropas contra su propia gente, el 4 de julio los revolucionarios declararon la Republica de Hawái como una entidad independiente.
Una espléndida pequeña guerra
"Una espléndida pequeña guerra, iniciada con los más altos motivos, llevada a cabo con magnífica inteligencia y espíritu, favorecida por esa Fortuna que ama a los valientes”, escribía el Secretario de Estado John Hay al Presidente Teodoro Roosevelt el 27 de julio de 1898.
Ninguna guerra es “esplendida, aunque esta fue corta apenas 113 días (el 12 de agosto se firmaba el alto el fuego y el 10 diciembre el Tratado de Paris y se puede decir que “apenas murieron”, 345 soldados norteamericanos en acción (2.100 de malaria, fiebre amarilla, etc) y unos 2.500 españoles (16.000 de enfermedades).
Y que la fortuna favoreció a los yanquis, no hay dudas. Cuando comenzó la guerra, la marina española contaba con unos 150 barcos de los cuales 10 estaban estacionados en Cuba, mientras los norteamericanos tenían 142 de los cuales 90 estaban operativos, destinando 32 a operaciones de logística y unos 20 a las operaciones navales (con más de 3.700 kms. de costa y al menos 31 puertos de aguas profundas, insuficientes para cualquier bloqueo).
Como la ley limitaba el número de soldados del ejército a 28.000, McKinley apeló a la enojo popular contra España e hizo un llamado de voluntarios para ir a pelear a Cuba. El numero supeó todas las expectativas, se presentaron unos 278.000 hombres (el 23 de abril fue el primer llamado y el 25 de mayo el segundo, era por dos años o al terminar la guerra). De estos menos de 30.000 combatieron en la isla. España por su parte contaba con cerca de 200.000 soldados en Cuba, pero solo 40.000 estaban en condiciones de pelear.
Mientras los españoles tenían la ventaja de conocer el terreno, los norteamericanos enfrentaban el desaguisado de una marina y un ejército que nunca habían operado juntos y que se enfrentaron hasta el final de la contienda, con un movimiento guerrillero en tierra, compuesto por unas 25.000 personas, que se suponía los apoyaría, pero que desconfiaba de Washington tanto como de Madrid.
¿Por qué ganaron los yanquis? En realidad, perdieron los españoles que no hicieron sino cometer un error tras otro, desde retirar sus barcos de la bahía de la Habana y trasladarla a la de Santiago donde quedó atrapada, dejar totalmente desprotegida la playa de Daiquiri -el “trago” se creó ese año- donde se produjo el primer gran desembarco de 17.000 soldados (los yanquis esperaban pelear pero no había nadie), apostar por una guerra convencional, y ni que hablar de la destrucción de la flota en la bahía de Manila por el Comodoro George Dewey el 1ro de mayo y su efecto psicológico.
La guerra Española
Comparado con el resto de las colonias americanas, lo de Cuba fue tarde, recién en 1868, los nacionalistas iniciaron una revolución contra la Corona que duró 10 años. Al final los españoles prometieron una serie de reformas que nunca cumplieron y los cubanos, agotados, depusieron las armas.
En 1895 se inició una nueva revolución, esta vez mucho “mejor organizada” que, en vez de atacar objetivos militares, comenzaron a arrasar los campos y plantaciones buscando que la isla dejara de ser productiva y España decidiera abandonarla.
El salvajismo de las dos partes fue brutal y para 1897 cerca de 240.000 personas habían muerto de hambre o enfermedades. Sin dudas los números estaban inflados, pero a principios de 1898 la creencia en Washington y Madrid era que los muertos ya llegaban a 400.000, un cuarto de la población de la isla, y esto solo prometía seguir creciendo. Si Estados Unidos no hacía nada, la tragedia humanitaria sería total.
Aunque los guerrilleros atacaban los intereses norteamericanos, el Reino de España era visto como retrogrado y despótico y la opinión pública norteamericana estaba absolutamente en contra de la matanza y a favor de la independencia Cubana.
Mil ochocientos noventa y seis fue un año de elecciones y mientras los republicanos, de la mano de los grandes grupos económicos y religiosos abogaban, por la paz, y pusieron las tarifas y el patrón oro en el centro de la mesa, los Demócratas intentaron subir la cuestión cubana así que pasaron en el Congreso una resolución para reconocer diplomáticamente a los insurgentes -esto autorizaba a apoyarlos de manera oficial-, pero el presidente Cleveland no se animó.
Si bien siempre se había mostrado en lo personal del lado de los nacionalistas y porque no quería frenar la recuperación económica norteamericana, el nuevo presidente McKinley estaba en contra de cualquier guerra con España. En junio de 1897 envió a su amigo William J. Calhoun a sopesar la situación “en tierra”. El reporte fue que los cubanos estaban a favor de la independencia, que los alzados no aceptarían ninguna oferta que fuese parcial, que no estaban en condiciones de gobernar la isla y que la guerra no tenía ninguna chance de finalizar.
McKinley cambió entonces el embajador en Madrid por un “halcón” y le dio un ultimátum a Madrid para que terminara la “incivilizada” guerra en Cuba, llegando a algún tipo de acuerdo con los cubanos. Si España no hacía nada Washington reconocería oficialmente la contienda y autorizaría el despacho de armas a los insurgentes. Previendo que el rey no aceptaría el trato, McKinley sondeó a las demás potencias europeas, que le dieron el visto bueno.
En octubre un anarquista asesinó al primer ministro español Marcelo Azcárraga, siendo reemplazado por Práxedes Sagasta, de siempre mucho más proclive a terminar la guerra. Sagasta promulgó la autonomía cubana a partir del 1 de enero de 1898 e inició un proceso de desarme, así que McKinley suspendió sus amenazas, pero lo presionó para que aceptara la ayuda de la Cruz Roja Norteamericana (McKinley, quien no era un hombre rico, donó de manera anónima u$d 5.000 -una fortuna en esa época- para la campaña de ayuda a la reconstrucción de Cuba).
Esto no terminó con las tensiones ya que, como se esperaba, los alzados rechazaron la autonomía y doce días después de que esta comenzara a instrumentarse un grupo de militares se alzaron en su contra. Estaba claro que España estaba perdiendo el control.
Alea Iacta Est
Con la idea de tener que evacuar a los ciudadanos yanquis si las cosas se ponían peores, en enero de 1898 el USS Maine arribo a la bahía de la Habana. El 15 de febrero el barco explotó matando a 266 de sus 355 tripulantes.
La opinión pública y los Demócratas exploraron en los EE.UU. McKinley, apeló a su prestigio pidiendo a la población que tuviera paciencia hasta que una corte naval estableciera realmente que había ocurrido, mientras para calmar a los furiosos le solicitó u$d 50 millones al Congreso para apuntalar la marina (que fueron aprobados inmediatamente y por unanimidad en las dos cámaras).
El 15 de marzo, el senador republicano Redfield Proctor, quien poco antes había visitado la isla, dio un dramático discurso ante el Congreso relatando el horror de lo que había visto y vivido sosteniendo que la única manera de lograr la paz era que España abandonara la isla.
Este discurso fue clave para cambiar la opinión de los círculos de negocios y religiosos que hasta entonces habían estado en contra de un enfrentamiento militar. Dos días más tarde la investigación naval decía que había sido una mina (la verdad es que no está del todo claro, ni de quien puede haber sido). McKinley quedaba solo, tratando de evitar la guerra.
Apuntando a las elecciones presidenciales, los demócratas se pusieron al frente del clamor popular para declararle la guerra a España, lo que forzó a los republicanos a no quedar atrás.
McKinley hizo lo imposible para seguir buscando una salida diplomática y propuso comprar la Isla, pero ni España ni sus propios legisladores estuvieron de acuerdo. Al final presentó un ultimátum a España para aceptar un armisticio e iniciar negociaciones por tres meses con los rebeldes y si esto no funcionaba ir a un arbitraje de los EE.UU. Si la idea era rechazada, en 48 horas dejaría el asunto en manos del Congreso… que quería ir a la guerra. .
Ni los cubanos ni los españoles aceptaron. El Papa Leon XIII envió entonces al Cardenal Gibbons para hablar con McKinley y ver si el gobierno norteamericano aceptaba una mediación Papal. La respuesta fue No, pero el presidente decidió extender el ultimátum hasta el 11 de abril.
Ante el fracaso las potencias europeas que, salvo Gran Bretaña, estaban del lado de España, pero no se atrevían a mover un dedo mandaron a sus embajadores a presentarle un petitorio a McKinley pidiendo la continuación de las negociaciones.
Se negó, buscando que los europeos comenzaron a presionar a Sagasta, quien anunció el día 10 un cese de las hostilidades. Los militares en la Isla no lo aceptaron (creían que, si iban a la guerra, Europa lo apoyaría). McKinley pidió más tiempo a los Congresistas, pero no se lo dieron. “Alea Iacta Est”, la suerte estaba echada.
Un Nuevo Mapa
El debate legislativo duró una semana y se resolvió que, cumpliendo con lo que reclamaba el pueblo norteamericano, los EE.UU. ayudarían a los cubanos a expulsar a los españoles, pero no tendrían ninguna soberanía sobre la isla, que escogería su propio gobierno.
El 20 de abril los EE. UU. declaraban oficialmente la guerra a España y McKinley entraba en una guerra inmensamente popular, que no quería y hasta el final creía que podía ser evitada.
El resultado fue que España abandonaba cualquier reclamo territorial por Cuba y cedía Puerto Rico -había que evitar que tuviera un pie en el Caribe que le permitiera recuperar Cuba- y la Isla de Guam a los EE.UU. Con esto España perdía territorio, pero frenaba la sangría económica de tener que mantener posesiones que hacía mucho habían dejado de ingresar dinero al tesoro.
La duda era que hacer con las Filipinas. Estados Unidos había expulsado a los españoles, pero si las dejaba libres, los japoneses o alguna de las otras potencias las reclamarían para sí. Lo que estaba claro es que su población no se encontraba en condiciones materiales de gobernarse.
McKinley, muchos en el Congreso y gran parte de la opinión pública (entre ellos Mark Twain) nunca quisieron anexar estos territorios a los EE.UU., tanto por cuestiones morales como conscientes del gasto que estos territorios implicarían.
El caso de Cuba es evidente, el 20 de mayo de 1902 y luego de un periodo de poco más de dos años bajo intervención militar el país se declaraba por primera vez, independiente.La Foraker Act de abril de 1900, si bien bajo muchísimos aspectos ponía a los otros tres ex territorios españoles en pie de igualdad con otros Estados de la Unión, nunca los integró totalmente (solo los “derechos fundamentales” se aplicarían, a menos que el Congreso dispusiese otra cosa”). No lo sabemos, pero muy posiblemente los casos de 1901 Downes Vs. Bidwell, Lima vs. Bidwell y Dooley vs U.S., donde la Corte Suprema estableció el concepto de “territorios no incorporados” habrían sido un gran alivio para McKinley.
Algo de ayuda divina
El pastor Metodista James Rusling en “Interview with President McKinley” (Christian Advocate del 22 de enero de 1903), menciona que el presidente oró pidiendo la guía divina sobre qué hacer con las Filipinas.
Esto lo recogió en 1916 Charles S. Olcott en “la vida de William McKinley” donde afirmó que el presidente -que era un hombre profundamente creyente- tenía dificultades para tomar la decisión y buscó ayuda religiosa. Como indicio, los periódicos de la época, cuentan que una misión de pastores metodistas visitó la Casa Blanca en noviembre, poco antes del tratado de Paris.
Esto lo han ido distorsionando Margaret Leech, en “The Days of McKinley” (1959) y más recientemente el premio Pulitzer Greg Gradin, quien burlándose de una manera muy inapropiada coloca al presidente de rodillas, rezando toda la noche, preguntándole a Dios que hacer si ir a la guerra con España o no (las referencias originales eran sobre Las Filipinas) “y que Dios le dijo, ve y salva a Cuba, Puerto Rico y las Filipinas” (Historical Roots of Donald Trump’s Aggressive Nationalism, The New Yorker, 28/1/25).
Al final se acordó que España vendía las Filipinas a Norteamérica por u$d 20 millones (con la revolución de 1896 Filipinas comenzó a ser una pesada carga económica para el reino, que ahora no tenía medios fiscos de seguir conservando).
Esto cambiaba de un plumazo todo el posicionamiento geopolítico de los EE.UU.
En julio, pocos días antes de la caída de Manila, la Resolución de Newland disponía la anexión de Hawái, que con la guerra había cobrado una importancia estratégica crucial
La nueva era
Hasta principios del siglo XX la política expansionista de la Unión fue “blanda”, comprando la inmensa mayoría de los territorios que fueron incorporando (en 1899 se tomó posesión de la Isla Wake deshabitada- y se adquirió de los jefes tribales Samoa Americana, la última compra fue en 1917, las Vírgenes a Dinamarca). Por otro lado, William McKinley el último presidente del siglo XIX fue básicamente un pacifista que estaba en contra de la anexión de nuevos territorios, aunque ese no fuera del todo el lugar que le tocó en la historia.
Esto no significa que a lo largo del siglo XX esta política no haya cambiado, en especial a partir del “Corloario de Roosevelt” en su mensaje al Congreso a fines de 1904:
“Las malas acciones crónicas, o una impotencia que resulta en una relajación general de los vínculos de la sociedad civilizada, pueden en Estados Unidos, como en otras partes, requerir en última instancia la intervención de alguna nación civilizada, y en el hemisferio occidental la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede obligar a los Estados Unidos, aunque sea de mala gana, a ejercer un poder policial internacional en casos flagrantes de tales malas acciones o impotencia".
Pero esto es otra historia que no tiene que ver con la cuestión del plagio
La plagiadora
Pido perdón al lector por esta larga, demasiado larga nota, pero es el precio de develar al falsario (solo espero que haya servido algo para entender un poco más la realidad actual, el comportamiento de Donald Trump y algunas actitudes de nuestro presidente). Como decía al comienzo: “Cuando quien nos imitan, sigue o plagia, avanza sobre nuestro trabajo, aunque no reconozca la “proveniencia”, podemos considerarlo un halago”.
Claramente este no es el caso.
El problema es que el plagiador no solo plagia al autor de las ideas, sino también al medio que difundió esas ideas y sinceramente, Ámbito -el más plural de los medios en Argentina, donde el editor tiene su opinión, pero convivimos y nos expresamos sin ninguna interferencia gente de todos los signos e ideologías, como no ocurre en ningún otro lugar-, no se lo merece.
En su descontrolada furia “anti Trump” (¿o será simplemente Woke?) nuestra plagiaria perdió cualquier cordura, apelando al robo intelectual y algo que no debiera gustarle a nadie que pretende ser periodista: la mentira.
No encuentro mejor manera definir acciones como el acto de llamar a McKinley el “Napoleón de las tarifas”, para dar la idea que fue un déspota y un expansionista amante de la guerra, o hacer un “cherry picking” y tergiversar los números para mal probar que la historia demuestra el incremento de tarifas que instrumentó McKinley fue negativo para los EE.UU. y derivó en una crisis… 30 años más tarde.
¡Que diria Don Bartolmé Mitre!
“Fama refert nostros te, Fidentine, libellos
non aliter populo quam recitare tuos.
si mea vis dici, gratis tibi carmina mittam:
si dici tua vis, hoc eme, ne mea sint”
El rumor es Agnes (perdón, es Findentius), que vos estas recitando mi colección al publico como si fuera tuya. Si estas dispuesta a atribuírmela, te enviare mis poemas gratis. Si queres llerlos como si fuesen tuyos, compramelos, entonces no serán mas mio (Marcus Valerius Martialis Epigrama 1:29).


































































