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Manuel Quindimil
Ha habido desafíos exitosos a gobiernos provinciales, como en Santa Fe, pero en ello ha influido el hecho de que el Partido Socialista tiene una base territorial, como la intendencia de Rosario, que representa la mitad de la provincia en términos del padrón electoral.
A nivel de intendencias, en parte, está sucediendo lo mismo. En el Gran Buenos Aires es muy probable que gane quien está gobernando. Puede darse alguna renovación, pero en este caso será sólo en uno cada diez municipios.
¿Esto es o no consecuencia de un determinado momento de bonanza económica que le da al gobierno nacional un superávit fiscal importante, con superpoderes permanentes que le permiten utilizar ese superávit fiscal como un instrumento político muy importante?
Pienso que se trata de algo más profundo, porque, en realidad, el esbozo de este fenómeno de territorialización ya se dio en la crisis 2001-2002. En un momento de grave crisis económica, los gobernadores se transformaron en la red que sostuvo al poder político. Era bastante claro en el final de Fernando de la Rúa y lo fue, sobre todo, en los primeros meses de Eduardo Duhalde. Hoy, quizás, lo que el superávit fiscal da al Poder Ejecutivo es una correlación de fuerzas con los gobernadores muy diferente de la que existía en aquel momento. Pero el esbozo del factor territorial en la política estaba planteado ya en los prolegómenos de la crisis.
Este fenómeno ¿es positivo o es negativo? Como todo fenómeno político puede ser analizado desde una u otra perspectiva. El fenómeno presenta dos problemas: el primero es que se hace mucho más difícil articular una oposición a nivel nacional.
Si se miran las elecciones del 83 para acá, se observan ciertas olas de influencia nacional, por ejemplo, cuando Raúl Alfonsín gana, genera un efecto dominó en una cantidad de provincias, donde gana el radicalismo, incluida la de Buenos Aires.
En el 85, hay otra ola de Alfonsín con la que hasta Adolfo Rodríguez Saá pierde la elección de diputados en San Luis. En el 87, el triunfo del peronismo produce un nuevo efecto nacional que permite cambios o renovaciones desde el punto de vista político, que ahora son mucho más difíciles.
Combinado con ello, tenemos lo que está sucediendo en este momento.
Cuando se mira hacia atrás -antes de las elecciones de 2003-, la mayoría de los distritos hacía la elección junto con la presidencial. En los comicios presidenciales de este año, ya 60% de los distritos, más de la mitad, adelanta la elección, separando los comicios provinciales de los nacionales. Algo que también ocurrió en 2003, lo cual formaba parte de una decisión jurídico-política de Duhalde y, en alguna medida, pasó también en el año 2005. Las provincias adelantan la elección por una decisión deliberada.
El segundo problema que se plantea, combinado con la reelección inmediata que sigue rigiendo en la mayoría de las constituciones provinciales, es una dificultad para la renovación de la política.
Estos dos problemas pueden observarse, por ejemplo, en un caso extremo a nivel comunal como el de Manuel Quindimil en Quilmes, que ha sido reelecto en forma ininterrumpida desde 1983 y seguramente lo será nuevamente.
La interpretación positiva puede ser aquella que sostiene que se trata de una política más realista, ya que puede mejorar la representatividad desde el punto de vista regional, lo cual puede responder a realidades históricas y sociales.
Pienso que la territorialización es un fenómeno de corto y mediano plazo. El largo plazo en política es muy difícil de conocer, pero de acá a 2011 el fenómeno va a seguir siendo eje de la política argentina.
La ausencia de oposición que hoy se nota en el escenario nacional tiene bastante que ver con este quiebre del sistema de partidos históricos y con la mencionada territorialización de la política que, en esta coyuntura, pone a la gran mayoría de los gobernadores -salvo algunas excepciones- alineados con el Poder Ejecutivo.
Si a ello se agrega que el justicialismo está desarticulado como partido y no hay posibilidad de articular dentro de él una línea interna que pueda generar una oposición vigorosa más allá de los esfuerzos del peronismo disidente, entonces el Poder Ejecutivo tiene un dominio de la situación política realmente importante, vía gobernadores e intendentes.
Pero la territorialización puede generar, asimismo, alianzas y poderes transitorios y no permanentes como, en alguna medida, generaban los partidos. Ello hay que ponerlo en línea con un fenómeno sociológico o socioeconómico, el hecho en función del cual 50% del padrón vive hoy de ingresos provenientes del sector público: salario, jubilación, pensión o subsidio. En algunas provincias como Catamarca, llega a ser 77%. Ello otorga a quien está en el poder una base, un mínimo electoral importante.
Cuando he tenido la oportunidad de hablar con la gente que vive en indigencia, tratando de estudiar el fenómeno, le he preguntado: «¿Por qué usted vota por el oficialismo?», la respuesta es muy simple: «Porque si viene otro, ¿quién me pone en la lista?». Esto puede pasar en Formosa con un gobernador peronista, o en el Chaco con un gobernador radical. No hay problema de manipulación, sino un fenómeno, casi instintivo, de temor al cambio.
En conclusión, la política argentina hoy está funcionando, básicamente, en función de los territorios y no de los partidos, como lo hizo históricamente y como se hace en las democracias estables. La paradoja es que esto se da cuando, por primera vez en la Constitución, con la reforma del 94, los partidos políticos han pasado a considerarse en ella.




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