22 de noviembre 2005 - 00:00

¡Armémonos y... vayan!

Todos recordamos aquella frase que graciosamente utilizaba Fernando Ochoa cuando deseaba caricaturizar a los falsos líderes que llevaban adelante acciones de riesgo sin exponerse personalmente, haciendo que toda la carga del peligro y de la eventual pérdida recayera en cabeza de terceros, a quienes animaba para el combate, reservándose para sí sólo el protagonismo de la gloria en caso de que el emprendimiento fuera coronado con el éxito: «¡Armémonos y... vayan!» era la arenga con la cual estos sujetos lanzaban a la aventura a sus seguidores.

Algo parecido ocurre en estos días con este presunto líder latinoamericano y bolivariano -según él mismo se autocalifica- Hugo Chávez, quien pretende encolumnar detrás de sí a la Argentina, Cuba, Brasil y Uruguay para la conformación de un grupo de países hostil a los Estados Unidos y a otros veintinueve países americanos que están a favor de la conformación de un ALCA global, ofreciendo -como alternativa- la construcción de una suerte de «Emiratos Bolivarianos Unidos», tal como fue calificada recientemente esta nueva embrionaria coalición por un interesante autor y periodista mexicano.

La plataforma de lanzamiento de esta «liga» sería el Mercosur, al cual Venezuela se incorporaría en un futuro muy próximo con el propósito de liderarlo y conducirlo para que se transforme en la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), que es el nombre simbólico que se le dio al tren en el cual Diego Armando Maradona marchó, junto con un grupo de dirigentes políticos de tercera línea, el líder piquetero Luis D'Elía, el dirigente cocacolero y candidato presidencial de Bolivia Evo Morales y algunos personajes de la farándula, hacia la «anticumbre de la costa» celebrada en Mar del Plata.

Tanto el presidente Lula, de Brasil, como su par Tabaré Vázquez, de Uruguay, luego de lo ocurrido con Chávez en la última Cumbre de las Américas, celebrada también en Mar de Plata, parecen haber reflexionado y han comenzado a tomar distancia de esta alocada idea «chavista», quedando comprometidos junto con este polémico y patético gobernante hoy sólo los presidentes de la Argentina y de Cuba, en este nuevo eje mundial que ha dado en llamarse el Eje Caracas-Buenos Aires-La Habana.

¿Qué arriesga Chávez con esta iniciativa? Por supuesto que nada. Venezuela es un país muy especial que depende de un monoproducto que es el petróleo, recurso natural -escaso en el resto del mundo- del cual tiene reservas por bastante más de cincuenta años, que es un tiempo mayor del que puede pretender ese «líder» mantenerse en el poder. Cuando Chávez arribó al gobierno de Venezuela, el barril de crudo estaba a un precio de ocho dólares (u$s 8), y hoy se encamina al récord histórico de los setenta dólares (u$s 70). Es decir que Venezuela no necesita del ALCA ni de ninguna otra integración para mejorar sus ingresos, pues ha multiplicado prácticamente por diez esos ingresos en los últimos años sólo sobre la base de la evolución vertiginosa del precio del petróleo en el mercado, sin necesidad de realizar ninguna otra inversión en tecnología, industria ni servicios.

• Situaciones diferentes

Ningún producto ni servicio en el mundo, en ese mismo período, han visto tan inmenso crecimiento en su cotización internacional sin necesidad de valor agregado alguno. Y todo parece anunciar que esto seguirá siendo así por muchos años o, al menos, por el número de años en que Chávez piensa perpetuarse en el poder. Venezuela no necesita de nadie para subsistir. Tiene suficientes recursos petroleros a precios internacionales exorbitantes como para comprar lo que desee: aviones rusos de combate, helicópteros artillados, fusiles, automóviles, alimentos, ascensores, bonos de deuda de otros países, obras de infraestructura, o lo que sea. Además, tiene un gobierno lo suficientemente personalista y autoritario como para utilizar estos recursos del modo que más convenga a sus intereses.

Por el contrario,
si la Argentina se sube a esta aventura -como parece que el Presidente lo desea-, tiene mucho que perder, pues su situación es muy diferente de la de Venezuela.

La Argentina no puede vivir solamente del petróleo y necesita imperiosamente de inversiones extranjeras -no tiene ahorro interno suficiente para crecer- para financiar su desarrollo agrícola, industrial, generar empleo genuino y tener acceso a nuevas tecnologías que le permitan adecuarse a estándares internacionales y a una mejor relación entre crecimiento y tasa de inflación. Si bien es verdad que la Argentina está creciendo a un nivel superior al promedio mundial en los últimos dos años, no es menos cierto que lo hace a costa de una tasa de inflación que es tres veces superior al promedio mundial, de donde la tasa de crecimiento neto es menor de la anunciada y se encuentra -en realidad- por debajo de la media mundial.

Los países que han acompañado la integración regional sobre la base de proyectos promovidos por países desarrollados han visto mejorar sustancialmente el nivel de vida de sus pueblos, como es el caso de los países del Este integrados recientemente a la Unión Europea y los que lo hicieron con anterioridad. Lo mismo ocurre con los países que se incorporaron al ALCA o al NAFTA. Por el contrario, los países que mantienen su aislacionismo a ultranza retroceden, sufren de crisis sistémicas y sumergen a sus pueblos en la ignorancia, la pobreza y el desamparo.

Es realmente absurdo aislarse del mundo y de veintinueve países americanos -y de sus contactos con otros conglomerados mundiales- para acompañar a Chávez en su proyecto personal aislacionista que descansa sobre la base de su vocación de concentración de poder absoluto y de la exaltación de su «ego» en forma desmedida
, así como considerarse una suerte de recipiendario de una supuesta «herencia» de un líder cubano envejecido y fracasado que no ha podido llevar desarrollo ni progreso alguno a su pueblo, a pesar de haberlo gobernado en forma exclusiva y excluyente por décadas. Si a ello le agregamos el condimento de la reaparición en el grupo dirigente de un ex deportista devenido en filósofo y opinólogo de todo tema posible, doméstico e internacional -en una suerte de nuevo «vocero» de la lucha por la «liberación»-, no parece ser la alternativa «chavista» la mejor elección para que la Argentina pueda recuperar el lugar de privilegio que alguna vez tuvo en el mundo, ni para integrarse a los procesos de cambio y progreso.

Chávez no tiene nada que perder enfrentando al ALCA; por el contrario, tiene mucho que perder si se suma a él, pues en este último caso sus «socios» le reclamarán estándares determinados que van desde libertades públicas hasta comportamientos democráticos y también una libertad de mercado, la que este «nuevo Bolívar» no está dispuesto a otorgar.

Sentado sobre sus reservas y el precio internacional creciente del petróleo, Chávez convoca a la rebelión continental bajo la ya tradicional arenga de «¡Armémonos y... vayan!» ¡Qué error enorme sería acudir a su convocatoria!

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