¡Armémonos y... vayan!
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Ningún producto ni servicio en el mundo, en ese mismo período, han visto tan inmenso crecimiento en su cotización internacional sin necesidad de valor agregado alguno. Y todo parece anunciar que esto seguirá siendo así por muchos años o, al menos, por el número de años en que Chávez piensa perpetuarse en el poder. Venezuela no necesita de nadie para subsistir. Tiene suficientes recursos petroleros a precios internacionales exorbitantes como para comprar lo que desee: aviones rusos de combate, helicópteros artillados, fusiles, automóviles, alimentos, ascensores, bonos de deuda de otros países, obras de infraestructura, o lo que sea. Además, tiene un gobierno lo suficientemente personalista y autoritario como para utilizar estos recursos del modo que más convenga a sus intereses.
Por el contrario, si la Argentina se sube a esta aventura -como parece que el Presidente lo desea-, tiene mucho que perder, pues su situación es muy diferente de la de Venezuela.
La Argentina no puede vivir solamente del petróleo y necesita imperiosamente de inversiones extranjeras -no tiene ahorro interno suficiente para crecer- para financiar su desarrollo agrícola, industrial, generar empleo genuino y tener acceso a nuevas tecnologías que le permitan adecuarse a estándares internacionales y a una mejor relación entre crecimiento y tasa de inflación. Si bien es verdad que la Argentina está creciendo a un nivel superior al promedio mundial en los últimos dos años, no es menos cierto que lo hace a costa de una tasa de inflación que es tres veces superior al promedio mundial, de donde la tasa de crecimiento neto es menor de la anunciada y se encuentra -en realidad- por debajo de la media mundial.
Los países que han acompañado la integración regional sobre la base de proyectos promovidos por países desarrollados han visto mejorar sustancialmente el nivel de vida de sus pueblos, como es el caso de los países del Este integrados recientemente a la Unión Europea y los que lo hicieron con anterioridad. Lo mismo ocurre con los países que se incorporaron al ALCA o al NAFTA. Por el contrario, los países que mantienen su aislacionismo a ultranza retroceden, sufren de crisis sistémicas y sumergen a sus pueblos en la ignorancia, la pobreza y el desamparo.
Es realmente absurdo aislarse del mundo y de veintinueve países americanos -y de sus contactos con otros conglomerados mundiales- para acompañar a Chávez en su proyecto personal aislacionista que descansa sobre la base de su vocación de concentración de poder absoluto y de la exaltación de su «ego» en forma desmedida, así como considerarse una suerte de recipiendario de una supuesta «herencia» de un líder cubano envejecido y fracasado que no ha podido llevar desarrollo ni progreso alguno a su pueblo, a pesar de haberlo gobernado en forma exclusiva y excluyente por décadas. Si a ello le agregamos el condimento de la reaparición en el grupo dirigente de un ex deportista devenido en filósofo y opinólogo de todo tema posible, doméstico e internacional -en una suerte de nuevo «vocero» de la lucha por la «liberación»-, no parece ser la alternativa «chavista» la mejor elección para que la Argentina pueda recuperar el lugar de privilegio que alguna vez tuvo en el mundo, ni para integrarse a los procesos de cambio y progreso.
Chávez no tiene nada que perder enfrentando al ALCA; por el contrario, tiene mucho que perder si se suma a él, pues en este último caso sus «socios» le reclamarán estándares determinados que van desde libertades públicas hasta comportamientos democráticos y también una libertad de mercado, la que este «nuevo Bolívar» no está dispuesto a otorgar.
Sentado sobre sus reservas y el precio internacional creciente del petróleo, Chávez convoca a la rebelión continental bajo la ya tradicional arenga de «¡Armémonos y... vayan!» ¡Qué error enorme sería acudir a su convocatoria!




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