23 de septiembre 2005 - 00:00

¿Ayuda, hipocresía o complejo de culpa?

Uno de los temas que en estos días se están debatiendo a raíz de la celebración de una nueva Asamblea de las Naciones Unidas y de la reunión anual del FMI, es la responsabilidad que tienen los países ricos respecto de la pobreza extrema que existe en el mundo y la falta de posibilidades -cada vez más creciente- de progreso que presentan los países emergentes o en vías de desarrollo.

Comparar simplemente el ingreso anual per cápita en países desarrollados el cual se encuentra entre los u$s 35.000 y u$s 38.000 frente a países emergentes que promedian los u$s 3.500, o de los países más pobres que no superan siquiera los u$s 500 muestra que hay una minoría que recibe como ingreso anual promedio entre diez y setenta veces más que el resto del mundo. Al mismo tiempo, vivir en esos países desarrollados -o denominados «ricos»- no cuesta entre diez y setenta veces más que en los otros, sino sólo entre cinco y diez veces más, lo que permite vislumbrar la diferencia enorme en la capacidad de ahorro y de mejoramiento de los niveles de vida entre ambos sistemas, así como la apertura creciente de la brecha que distancia a los más desarrollados del resto de la humanidad.

Los países líderes que han alcanzado niveles altos de existencia y de ingreso se han planteado planes y sistemas de ayuda para combatir la pobreza y ayudar a estos países emergentes y a los que presentan una pobreza extrema. En este sentido es conocida la decisión tomada recientemente por la Unión Europea de que los países miembros deban contribuir con una parte de su PBI a formar un fondo de ayuda a los países pobres conformándolo con contribuciones del orden de 0,3% en la actualidad, con metas a cumplir del orden de 0,5% en el año 2010 y hasta un tope de 0,7% en el año 2015.

• Debate

Del mismo modo, las organizaciones internacionales debaten otros medios de ayuda para combatir la pobreza que van desde la creación de una Lotería Global o Mundial administrada internacionalmente que permita aplicar los resultados y ganancias del juego a fondos de ayuda y asistencia; o la creación de un Impuesto Internacional a las Transacciones Financieras -conocida como propuesta Tobin- que habilite a una recaudación compulsiva y directa que conformaría el fondo de ayuda; o la imposición de una tasa global a los pasajes aéreos, o tasas nacionales internacionalizadas por la vía de convenios internacionales -como es la propuesta que Alemania, España, Chile, Francia, Brasil y Argelia están presentando como iniciativa en Nueva York ante la ONU-; hasta el ataque frontal a los paraísos fiscales que -además de las distorsiones que provocan en los mercados mundiales y en los criterios impositivos globales- retienen cerca de siete trillones de dólares conformados por dinero negro del mundo entero y que detraen de actividades productivas generadoras de empleo y progreso. La posibilidad cierta de que estas iniciativas prosperen depende de muchos factores. En primer lugar no es sencillo que pueda lograrse un acuerdo internacional que involucre a la mayoría de los países tendientes a la conformación de un sistema de lotería mundial, como tampoco la imposición de impuestos o tasas nacionales sobre la actividad aérea o una sobretasa de servicios de aeropuerto en los diversos países con afectación exclusiva al combate de la pobreza mundial. Por otra parte en lo que hace a eventuales gravámenes para actividades en mercados financieros, además del recelo que estos mercados tienen en relación con este tipo de contribuciones, el mismo Tobin antes de morir, en una entrevista concedida, se habría rectificado de su posición luego de haber reanalizado el tema. Finalmente, nada hace prever que Estados Unidos reflexione prontamente respecto de revertir su política en relación con paraísos fiscales bajo su jurisdicción, como Guam y Samoa, que el Reino Unido desactive la isla de Man, Cayman o las islas Vírgenes, que Francia olvide la Polinesia u Holanda descarte seguir permitiendo la operatoria offshore de Aruba y las Antillas.

Por exitosa que pudiera resultar la recolección de estos fondos, o por prometedores que pudieran resultar las iniciativas descriptas, las organizaciones internacionales a cargo de la distribución de la ayuda y de los fondos recolectados han demostrado una enorme impotencia en el logro de su cometido. Recientes estudios realizados por dichas organizaciones demuestran que de cada 100 dólares que se destinan a la ayuda de personas en países pobres, sólo 18 dólares son recibidos por el destinatario directo; el resto queda en gastos de proyecto, auditorías, servicios e intermediaciones que generalmente se prestan desde países desarrollados. Relataba recientemente un cardenal latinoamericano -durante un almuerzo en Alemania- que, habiendo recibido una línea de asistencia para la construcción de viviendas en su ciudad de origen por un importe de 400.000 dólares, cuando gastó los primeros 100.000 dólares fue informado por el Banco Internacional de Fomento que la línea de asistencia se había agotado, porque el resto había sido consumido por el mismo banco y el director del proyecto en tareas de supervisión, diseño y auditoría. En síntesis, de 100% de la ayuda sólo entre 18% y 30% llega a destino quedando el resto -entre 70% y 82%- en los mismos países desarrollados que dicen haber invertido 100% en tareas de asistencia y ayuda humanitaria. Y muchas veces estos países subdesarrollados quedan todavía debiendo 100%.

Si los países ricos en lugar de buscar tantos mecanismos de ayuda e intentar embarcarse en proyectos faraónicos tomaran conciencia de lo nocivo de sus políticas internacionales en materia de degradación del medio ambiente, contaminación y desastres ecológicos, derroche de recursos energéticos, inversión malgastada en la carrera armamentista y campañas bélicas así como la operatoria de subsidios dados a sus propios ciudadanos y productores que rompen las reglas del mercado en perjuicio de los países marginales y envías de desarrollo, ¿no constituiría ello un apoyo mucho mayor al desarrollo de los otros pueblos y de las regiones más pobres del planeta? Una mejor y más equitativa distribución del ingreso, ¿no constituiría una contribución mayor para eliminar la pobreza del mundo?

Recientes estudios realizados por un prestigioso economista argentino señalan que la mayor parte de la humanidad tiene ingresos inferiores a los que tenía Italia en el año 1500 y que 84% de la misma no llega al ingreso de la Inglaterra de 1913.

Freud y, posteriormente, Lacan sostenían que la culpa era un sentimiento que al asumirse y sentirse, constituía el sufrimiento sustitutivo que reemplazaba el hechode hacerse cargo de la verdadera responsabilidad y del problema para actuar en consecuencia.

Parecería que en el caso que estamos analizando, los países desarrollados -denominados «ricos»- han decidido quedarse con la « culpa» sufriendo internamente por sus acciones y la desigualdad e injusticia global que pueden ellas generar, no haciéndose cargo del problema ni tampoco reparando el daño causado.

Contrariamente, para evitar que esa situación sea detectada, generan mecanismos ingeniosos de recolección de fondos para combatir la pobreza, con el objeto de mitigar esa culpa que no asumen para no tener que cambiar de posición y «hacerse cargo» de sus propias acciones.

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