Biocombustibles, en el centro de la geopolítica
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Nuestro poderoso vecino produce 52 millones de toneladas de soja (2° productor mundial), otro tanto de maíz (2° productor mundial) y 430 millones de t de azúcar (1° productor mundial).
Es ya el abastecedor de 50% del etanol mundial y tiene desarrollada una industria automotriz «flexible» (binorma, gasolina-alconafta) única en el mundo.
La Argentina fue, junto con EE.UU., un país de avanzada en la experimentación de biocombustibles.
Cuando en 1927 Henry Ford presentaba su primer Ford T equipado con un carburador de regulación manual para usarlo con gasolina o alcohol, en el Campamento Vespucio (Salta) de YPF el entonces Coronel Mosconi hizo una prueba con el «combustible Giacosa» (inventado por Luis Giacosa: 15% petróleo crudo, 5% metileno y 80% alcohol).
En 1937, el Departamento de Mecánica de la Facultad de Agronomía de Bs.As. experimentaba con etanol y aceite de ricino como lubricantes de motores.
Recién en 1979 se lanza el Programa de Alconafta, y a partir de 1981 se comienza a consumir masivamente (en Tucumán) una mezcla de 12% de alcohol etílico con nafta común que equivaldría a un combustible de 83 octanos capaz de reemplazar la nafta común.
Para 1985, 12 provincias habían adherido al plan que consistía en una eximición de impuestos al alcohol utilizado en la mezcla.
A los pocos años, el plan había sido desechado por el aumento mundial de los precios del azúcar y el descenso de los precios del petróleo.
Brasil no sólo no abandonó su programa sino que multiplicó su apuesta con los excepcionales resultados actuales.
Con la sanción, en mayo pasado, de la ley de biocombustibles 26.093 (que hará obligatoria al utilización de 5% de alcohol en las naftas a partir de 2010) hemos recuperado -tardía y tímidamente- la iniciativa que puede apalancarnos en el siglo XXI.
Recordemos que la Argentina tiene también un importante desarrollo nuclear y puede ser líder del desarrollo de la energía eólica en nuestra ventosa y deshabitada Patagonia.
Energía e integración (con Chile y Brasil) es el nuevo paradigma de estos tiempos. Sólo nuestra ineptitud e imprevisión nos han hecho caer en la actual crisis energética y la dependencia extranjera para el suministro local.
En una década podemos ser exportadores de un muy apreciado valor agregado y receptores de una masiva inversión nacional y extranjera en áreas para los cuales estamos sobradamente capacitados. Recursos humanos y materiales no nos faltan.
Sólo necesitamos la voluntad política de movilizarlos y direccionarlos.




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