2 de abril 2007 - 00:00

Cómo discutir hoy la causa Malvinas

«Periodista: Pero el conflicto por la soberanía sigue abierto; ¿cree que algún día Gran Bretaña aceptará el reclamo de negociar?»

Mike Summers (miembro del Consejo de Gobierno de las islas Malvinas): No hay perspectiva alguna de negociación en el corto plazo. En un futuro sí, creo que podremos estar juntos cooperando, sin importar quien es el dueño de las islas.»

De una entrevista publicada el 29 de marzo de 2007

Hoy se cumplen 25 años desde que la Argentina invadiera las islas Malvinas, tratando de recuperar un territorio del que fuera despojada por Gran Bretaña -por la fuerza, según confirma la historia real- el 2 de enero de 1833. El intento terminó, como sabemos, en una frustración para todos los argentinos, pese a los mártires que ofrendaron sus vidas y quedaron en el camino de la historia.

Desde entonces las cosas han vuelto a su cauce tradicional, que puede sintetizarse en una Argentina que reclama constantemente en los foros internacionales -con la insistencia de siempre- la devolución de su territorio rapiñado, y una Gran Bretaña que -obstinadamente sorda- hace caso omiso a los múltiples llamamientos a negociar que se le reiteran desde las Naciones Unidas. El conflicto, como consecuencia, mantiene su vigencia, condicionando a una relación bilateral tensa que, de otro modo, podría transformarse en mucho más provechosa para todos.

Alguno pretende, siguiendo seguramente las «sugerencias» del Foreign Office británico, que el Reino Unido «jamás habrá de devolver las Malvinas a los argentinos». Esta es la posición, por ejemplo, del historiador Lawrence Freedman, del King's College, reciente autor de la «historia oficial» del conflicto, quien sostiene que lo sucedido en 1982 «cambió muchas cosas», a lo que agrega que la «hostilidad» argentina no ayuda a mirar para adelante.

  • Títulos legales

    En derecho, sin embargo, las cosas no se modificaron sustancialmente con el conflicto de 1982, y los títulos legales que sustentan el reclamo argentino no se alteraron, para nada, como consecuencia de la derrota militar sufrida a manos de Gran Bretaña. Por esto, jurídicamente, los fundamentos de la posición de la Argentina no se han modificado, con excepción de la extensión en el tiempo de la presencia británica en las islas del Atlántico Sur, la cual -por ser impuesta e ilegal- no debiera afectar la esencia misma de la disputa.

    Gran Bretaña, con su tan arrogante como terminante postura de negarse a conversar sobre la cuestión, viola desaprensivamente el principio de buena fe, esencial en materia de relaciones internacionales, según se desprende no sólo de la Resolución 3.281 de la Asamblea de las Naciones Unidas, que incluye a la buena fe entre los principios fundamentales que deben regir las relaciones políticas entre los Estados, sino de la propia Carta de las Naciones Unidas, que enumera entre sus principios básicos el cumplimiento de buena fe de las obligaciones contraídas de conformidad con la Carta, lo que inclueye la de negociar la descolonización de las islas, cuestión que la propia Gran Bretaña inscribiera entre los temas a resolverse en el comité respectivo de las Naciones Unidas, en donde todavía está incluida en la agenda de trabajo.

    Algo similar surge explícitamente del artículo 26 de la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados, que fuera abierta a la firma en 1969 y ratificada por nuestro país en 1972, y ha sido reconocida asimismo por la Corte Internacional de Justicia en el caso de los «Ensayos nucleares», decidido en 1974.

    Este principio, el de la buena fe, esencialmente ético pero de consecuencias jurídicas, restringe las posibilidades de los Estados de ignorar -discrecionalmente- las consecuencias de sus propios actos para tratar de mantener cuestiones fuera de un diálogo internacional por ellos mismos abierto.

    La Argentina debe mantener su reivindicación, con firmeza y perseverancia. Pero sin olvidar -como a veces parece sucederle a esta rara administración- que «lo cortés no quita lo valiente».

    Sin ceder espacios, pero también sin agresividad. Con cortesía, pero sin claudicaciones. Con iniciativa, imaginación y presencia, pero sin provocaciones. Con solidez y entereza, pero sin exageraciones innecesarias y con disposición no sólo de ser oído, sino de saber escuchar.

  • Mejor eficacia

    Sin olvidar jamás a Malvinas, pero también sin transformar a esta cuestión en un cerrojo automático al diálogo sobre otros temas importantes, ya que ampliar el contexto del diálogo podría hasta permitir presentar los planteos de fondo sobre la disputa en materia de soberanía con una mayor variedad de instrumentos y con una mejor eficacia final.

    Es posible que, ante la tozuda negativa británica a cualquier tipo de diálogo sobre nuestro reclamo de soberanía respecto de las islas, pese a la insistencia de la comunidad internacional, haya que replantear ordenadamente algunos de los esquemas actuales de cooperación que puedan no ser ya los más adecuados para las circunstancias. Pero sin eludir, nunca, el diálogo constructivo. Manteniendo algún espacio para la conversación civilizada, aunque sin aceptar que debamos marcar el paso al ritmo que otros nos proponen en función de sus propios intereses.

    En esto, la anunciada denuncia del acuerdo de cooperación con Gran Bretaña de 1995 en materia de hidrocarburos era previsible. El convenio, de estructura confusa (casi un monumento a la «ambigüedad constructiva») no sólo no sirvió para trabajar bilateralmente, sino que podía interpretarse de más de una manera. Por ello estaba virtualmente paralizado desde hace ya siete años, y las autoridades isleñas empeñadas en aprovechar unilateralmentela confusión para tratar (con un aparenteguiño favorable de Londres) de llevar agua para su molino, en aventuras que podían traer consecuencias bien adversas para nuestro país. La denuncia, entonces, parece sustancialmente correcta. La oportunidad es, en cambio, muy discutible.

  • Atracción

    Con este telón de fondo, es necesario recordar que los Estados tienen lo que Joseph S. Nye denomina el «poder blando». Esto es la capacidad de obtener resultados a través de la atracción que pueden generar, por oposición a la coerción o la presión de que son capaces.

    La seducción, sin caer en exageraciones, puede a veces ser efectiva. Pero «la atracción puede tornarse en repulsión si actuamos de manera arrogante y destruimos así el mensaje real de nuestros valores más profundos».

    La tarea que tenemos por delante no es fácil, lo que no debe sorprender a nadie, porque como también recuerda Nye «ganar la paz es (con frecuencia) más difícil que ganar la guerra, y usar el poder blando es esencial para poder ganar la paz».

    Tener «poder» efectivo, recordemos, no es la capacidad de pronunciar discursos encendidos o, mucho menos, incendiarios. Ni animarse a perder la línea o la civilidad. Es algo muy distinto. Es contar con la posibilidad de atraer; y es también la capacidad de hacer, de tener iniciativas constructivas y de alcanzar pacientemente resultados, para convocar así, a través de la simpatía y el respeto, a otros.

    Es adoptar una conducta clara, que se exterioriza sin amenazas ni insultos, pero también sin afectaciones; esto es con la cuota de respeto real por uno mismo que se construye a partir de la serena convicción que emerge de sabernos titulares de derechos sólidos que -caprichosamente- no nos son reconocidos.

    Con una actitud activa -pero de respeto tantopor uno mismo, como por quienes ni siquiera nos escuchan- podremos ir construyendo el camino que conducirá a un diálogo que, en el tiempo, es probablemente ineludible.

    Sin inmovilismos, aunque con la imprescindible cuota de paciencia -y equilibrio- que la cuestión requiere, recordando siempre que los tiempos de los pueblos son distintos de los de las personas.

    Edificando entonces -día y noche- nuestro propio futuro, pero de un modo que resulte también atractivo a todos aquellos que quieran trabajar con nosotros, en un ámbito de buena fe recíproca, por supuesto.

    Malvinas, por último, es no sólo una cuestión común a todos los argentinos, es también un objetivo nacional, y es, por lo demás, una tarea de todos, que nunca nadie debe pretender usar, de ninguna manera, en función de sus propias conveniencias circunstanciales, lo que, a la luz de la historia, podría resultar trágico.
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