La Nación, del 8 de marzo de 2004 decía: “Kirchner ordenó profundizar el 'plan B' ".
Néstor Kirchner
La Nación, del 8 de marzo de 2004 decía: “Kirchner ordenó profundizar el 'plan B' ".
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Una de las características mencionadas del período posterior al gobierno de la Alianza (gobiernos de Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, Cristina Kirchner y principios de Mauricio Macri) fue el desplazamiento de los tecnócratas del centro del gobierno. Duhalde convocó a dos economistas para quedar al frente de la cartera económica: Jorge Remes Lenicov y Roberto Lavagna. Ambos se distinguían del conjunto de los tecnócratas de los gobiernos de Menem y De la Rúa: no habían estudiado en Estados Unidos, y estaban vinculados al Partido Justicialista. Tanto Remes Lenicov como Lavagna estudiaron Economía en Argentina (el primero en la Universidad Nacional de La Plata, el segundo en la UBA), aunque Lavagna luego realizó estudios de postgrado en Bélgica, donde conoció a quien luego sería su esposa. Ambos estuvieron ligados a las negociaciones económicas internacionales y la diplomacia (ambos fueron embajadores ante la Unión Europea, y Lavagna además fue representante argentino en las negociaciones comerciales con Brasil). En el caso de Remes Lenicov, un dato saliente de su CV -y que explica la gran confianza depositada en él por Eduardo Duhalde- es su vinculación de larga data con la política y la gestión bonaerenses. Remes Lenicov trabajó con las gobernaciones de Cafiero y Duhalde, y fue diputado nacional representando a la provincia. Ambos vinieron a sentar las bases de lo que Duhalde llamaba “modelo productivo”. Una idea que Duhalde había instalado en el debate político. Sin dudas, los ministros de Duhalde tuvieron una impronta importante en la implementación de las políticas pero no competían con él por la “paternidad de la criatura”.
Esa competencia por la autoría de las políticas si había estado presente en la relación entre Menem y Cavallo, como recuerda Levitsky (2000). Menem, en el auge de la convertibilidad, tuvo varias manifestaciones ante la opinión pública para sostener que sin él, sin su autoridad y conducción políticas, no hubiera existido un Cavallo exitoso. Y también se preocupó por aclarar que Cavallo era un “técnico”. Dijo en alguna oportunidad que Cavallo era “el mejor de los técnicos en Economía” que habían pasado por ese ministerio en la historia argentina (Clarín27 de julio de 1996, "Cavallo, el menemismo y el poder", por Carlos Eichelbaum) Se decía que había una preocupación por el avance de un proyecto político propio de Cavallo. O que quisiese quedarse como el referente o heredero del proyecto político menemista. La convertibilidad, como se decía en los años noventa, era “el corazón” del plan político de Carlos Menem. La paridad peso - dólar era entendida como la solución definitiva al problema de la hiperinflación y contribuyó a la alianza social que sostuvo electoralmente a Menem. Cavallo, además, había sido el primer canciller del gobierno menemista y desde esa posición había sellado el acuerdo de “alineamiento automático” con Estados Unidos que fue la piedra fundamental del modelo neoliberal. Pero la hiperinflación amenazaba con volver, los pases del Grupo Bunge y Born (Rapanelli) y el paso de Herman González por la cartera económica no habían logrado domar el problema. En ese contexto se produjo el “desembarco” en el Ministerio de Economía de Cavallo y su equipo de la Fundación Mediterránea, con “antiguas y aceitadas relaciones con los grupos económicos locales y los centros de poder internacional”, y fue visto como el responsable del modelo. Ese éxito inicial logrado por la gestión cavallista, con la brusca detención de la inflación, y el poder acumulado en materia de reformas neoliberales (del Estado, desregulación, apertura) cambiaron el clima político. Y en ese clima, Menem ganó las elecciones de 1991, 1993 y 1995.
Cavallo algo tenía que ver con la reelección de Menem. Y seguramente, en algún momento quiso cobrar los servicios prestados con el apoyo de Menem a su plan político. Ahí se producen los primeros enfrentamientos entre el presidente y el ministro. Los columnistas políticos ya hablaban de las “aspiraciones presidenciales” de Cavallo en 1995 -es decir, que quería que Menem resignase su reelección en favor de él. Mientras tanto, Cavallo desplegaba una estrategia de ocupar más espacios en el gobierno, poniendo ministros y logrando el alejamiento de sus adversarios. Según Carlos Eichelbaum, la peor parte de esa relación declinante entre presidente y ministro fue tras la reelección de Menem. Ahí comenzó con dureza la pelea por la "paternidad" del modelo, y las denuncias de Cavallo contra Yabrán y las “mafias enquistadas en el poder”, que culminaron en el despido de Cavallo y su reemplazo por los “CEMA boys”.
Pero Menem, aunque usó su poder y facultades para poner punto final a las tensiones con Cavallo, siempre tuvo problemas para vencer a su ministro en términos de reputación. Menem peleaba con la era de los políticos tecnócratas y la fama internacional y los apoyos internacionales que recibía Cavallo. No fue lo mismo en el caso de los ministros que vinieron después. Los tiempos ya habían cambiado con el nuevo siglo.
Roberto Lavagna, que ingresó al ministerio con Duhalde y continuó con Néstor Kirchner, ya tenía un prestigio técnico acumulado por su papel en el 2002. Asumió en abril de 2002 y era visto como quien había “apagado el incendio” provocado por la devaluación del peso tras la salida de la convertibilidad, piloteada por Jorge Remes Lenicov. Notoriamente, su prestigio era bastante contemporáneo al inicio de la gestión de Kirchner, ya que se fue formando durante la salida de la crisis que comienza a verse en el período duhaldista. La continuidad de Lavagna era un reaseguro de la transición política de Duhalde a Kirchner, y también de la mantención de los pilares de la estabilidad conquistada en ese período. No obstante, tempranamente comenzaron algunas tensiones similares, que recordaban la relación entre Menem y Cavallo. Néstor Kirchner había trabajado un aura de “el presidente que sabe de Economía”, que repetían algunos periodistas, y que no cedía espacios de decisión. En el caso de la reestructuración de la deuda, en Dubái circulaban versiones periodísticas que aseguraban que había sido Kirchner, no Lavagna, quien llevó adelante la negociación con el FMI y los acreedores (La Nación, 8 de marzo de 2004, “Kirchner ordenó profundizar ‘el plan B’ ”).
El divorcio entre Kirchner y Lavagna, a diferencia de lo que ocurrió entre Menem y Cavallo, empezó a gestarse a poco de iniciada su presidencia. En la renegociación de la deuda, antes mencionado, Kirchner se proyectaba como el supervisor de las negociaciones. Y Kirchner tomaba la palabra en su lucha contra las “corporaciones económicas” como la empresa petrolera Shell y los supermercadistas. Lavagna no hablaba de esas cosas, y se distanciaba discretamente. La inflación no cedía, y Kirchner intentaba que eso le fuese atribuido a su ministro.
Había otro aspecto claramente distinto en la relación Kirchner-Lavagna, y era el papel que el Presidente comenzaba a darle a los sindicatos, con un creciente rol del entonces jefe de la CGT, Hugo Moyano. Kirchner quería separar la política salarial de la esfera del ministerio de Economía, y Moyano lo ponía en palabras: “Los salarios no pueden ser la razón de la inflación. Que Lavagna se ocupe de controlar el crecimiento de los precios”. El ministro era señalado por los sindicalistas como quien había sido incapaz para controlar el brote inflacionario. Se sumó, al final, un aspecto que sí permite trazar un paralelismo con el final de la relación entre Menem y Cavallo. Continuará mañana.
(*) Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. @PabloTigani
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