13 de enero 2005 - 00:00

Cumplir con la ley

Los argentinos tenemos una suerte de «estigma» que nos marca a fuego desde hace ya demasiado tiempo, y es quizás el origen de casi todos los males que nos aquejan: somos hombres y mujeres que no cumplimos con la ley; y para ello siempre encontramos un justificativo, una excusa, sobre la base de una presunta «necesidad» o de que ello constituye un «mal menor».

Esto no es algo muy diferente a la falsa propuesta de que «el fin justifica los medios», o disfrazar la «complicidad» bajo la apariencia de un equivocado y tergiversado concepto de «tolerancia».

Primero, comenzamos a ignorar las leyes de tránsito; luego, hicimos caso omiso de las normas contravencionales; posteriormente pasamos a eludir las leyes tributarias; después, cerramos los ojos ante los pequeños robos y los considerados «delitos menores»; finalmente nos familiarizamos con el engaño y la mentira, desde el poder y entre los ciudadanos. Pero también todos colaboramos en desarrollar los mecanismos de la corrupción desde las pequeñas cosas tales como el soborno al policía de tránsito, la «propina» para obtener mejores ubicaciones en el cine; la obtención de «carnets» para circular libremente, entrar gratis a espectáculos, u obtener diversos beneficios; las cartas o recomendaciones para exámenes; los certificados médicos falsos; los apadrinamientos políticos para conseguir un trabajo o para darlo; o « zafar» de las inspecciones; entre muchas otras.

•Salvajismo


De allí a los grandes delitos hubo sólo un paso. La corrupción en los actos de gobierno, el manejo de clientelismo político, el incumplimiento de las promesas y las obligaciones contraídas; la confiscación sistemática de los ahorros privados; las influencias políticas, personales y económicas en la administración de justicia; la negociación con las «mafias», o la ya tradicional justificación de los delitos y la violación de la ley basada en aspectos personales de los delincuentes con la excusa de que son pobres, ignorantes, militantes, excluidos o indígenas -todo vale-excusándolos por ser «seres que no comprenden lo que hacen» o ignorándolos, simplemente, porque son menores de edad; o... lo que sea, sólo han logrado que crezca la inseguridad y se fragmente cada día más nuestra sociedad en un enfrentamiento salvaje de grupos que pujan no por la ley sino -por diversos motivos-en contra de ella.

Hasta hemos llegado a escuchar atónitos, en alguna oportunidad, esa máxima argentina referida a que no importa si un gobernante o dirigente roba, en la medida en que «haga obra».

Y esa cultura de no valorar la norma legal ni cumplir con ella, y considerar la violación de la misma como algo natural nos condujo paulatinamente, durante años, a la actual situación de decadencia, donde la impunidad domina a la sociedad y se han perdido los mecanismos para hacer cumplir la ley; donde, inexplicablemente, el miedo ha abandonado a los victimarios para habitar en las víctimas.

Si queremos ciudades seguras, donde no haya más secuestros, asaltos, robos, violencia, pobreza ni tragedias como la vivida recientemente en República de Cromagnon, necesitamos cambiar profundamente como sociedad.

Necesitamos empezar a cumplir con las leyes; con todas ellas, desde las menores a las mayores, y necesitamos, como sociedad, dejar atrás la cultura de la permisividad, las influencias y la corrupción. Y admitir que las autoridades nos exijan y fiscalicen ese cumplimiento.

Hoy por hoy, la Argentina es un país donde lo más común es que se dejen de cumplir las leyes; donde la sociedad todavía tolera la falta de estado de derecho y donde los estímulos están puestos para que les vaya mejor a los que no cumplen o no aplican la ley que a los que quieren hacer lo contrario.

•Equivocaciones

Ahora bien, si el modo en que se pretende cambiar es restando presupuesto a la educación para dárselo a los legisladores, la equivocación es enorme y el rumbo equivocado.

Es imposible que se acaben los secuestros, los robos, la violencia y las tragedias si la ley no se empieza a aplicar desde mucho más abajo, desde las bases mismas de la convivencia social. Y ello requiere de años de educación para reconformar nuestra escala de valores.

Sólo si la sociedad está dispuesta a cumplir sostenidamente con la ley -y no en un modo histérico sólo temporalmente hasta que pasen los efectos de la última tragedia o el impacto mediático del anuncio-y exigir, al mismo tiempo, a los políticos -también sostenidamente que la apliquen, podremos recuperar la seguridad en nuestras vidas y nuestro destino como nación. Una nación en la cual haya más soluciones que culpables cuando, en la actualidad, no tiene ni lo uno ni lo otro.

Una de las principales obligaciones de los gobernantes, sino la más importante, es garantizar el cumplimiento de la ley. En los países que operan bajo el estado de derecho, la población espera que la política sea imparcial, justa y responsable en el cumplimiento del orden público y de las leyes del país. Y lo más importante: que el mismo gobierno sea el primero en cumplirla, dando el ejemplo, para así generar esa conciencia en los ciudadanos, y también tener la autoridad moral de exigir su cumplimiento por parte de éstos.

Es tiempo de cambiar. De lo contrario, estaremos perdidos.

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