Mi hijo no tiene formación en ingeniería, pero verlo configurar en una sola tarde un chatbot para gestionar los pedidos de su emprendimiento en Instagram fue una experiencia que inevitablemente me transportó al pasado. Me recordó mi primer proyecto de este tipo liderado para un banco de primera línea; un desafío que, en aquel momento, implicó meses de desarrollo, equipos multidisciplinarios y una complejidad técnica hoy impensada. Ese contraste entre lo que antes requería una gran inversión y la resolución instantánea de hoy, no es simplemente una anécdota generacional sino la prueba de que los cimientos de la industria del software se están reconfigurando.
De exportar horas a exportar innovación: el desafío argentino en la era de la IA
Un adolescente configuró un chatbot en una tarde. Lo que antes demandaba meses y equipos multidisciplinarios hoy es instantáneo: la industria del software se reconfigura.
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La incorporación de IA en una compañía pesquera mundial permite analizar datos oceanográficos y predecir cardúmenes en tiempo real, optimizando rutas y sostenibilidad sin escribir miles de líneas de código.
Durante décadas, nuestro sector operó bajo una lógica industrial y lineal donde el crecimiento dependía de sumar más horas, más líneas de código y más personas a un proyecto. Este modelo, que fue funcional en tiempos de expansión, hoy choca con una nueva realidad donde la Inteligencia Artificial no sólo acelera procesos, sino que redefine la naturaleza misma del valor.
Nos encontramos frente a un fenómeno simultáneo de dos fronteras que se mueven: mientras que la dificultad técnica deja de ser una barrera y la programación se vuelve cada vez más accesible, el horizonte de lo posible se expande, haciendo viables proyectos que hasta hace poco eran impensables por costos o complejidad.
Esta transformación nos obliga a replantear nuestra propuesta de valor, alejándonos de los contratos convencionales basados en tiempo y materiales para acercarnos a modelos donde lo que se pone en juego es el resultado de negocio.
Un caso ilustrativo de esta evolución lo viví de cerca recientemente al trabajar con una de las principales compañías pesqueras del mundo. En un sector tradicional y altamente competitivo, la incorporación de sistemas de IA para analizar datos oceanográficos y predecir cardúmenes en tiempo real permite optimizar rutas, mejorar la eficiencia operativa y promover un uso más sostenible de los recursos. El valor no residió en la cantidad de código que desarrollamos, sino en la capacidad de transformar su operación y generar ventajas concretas.
En este escenario, el temor generalizado sobre el desplazamiento del talento humano debe ser visto bajo una nueva mirada, ya que no nos dirigimos hacia un mundo sin trabajadores, sino hacia un entorno donde el profesional deja de ser un operario de interfaces rígidas para convertirse en un orquestador de sistemas inteligentes, operando un verdadero "exoesqueleto” tecnológico compuesto por agentes autónomos que potencian sus capacidades. La demanda ya no será por quién escriba el código más rápido, sino por perfiles con la visión estratégica, el criterio ético y la capacidad de gestión necesaria para gobernar esa complejidad, convirtiendo al talento humano cualificado en el activo más importante de esta nueva era.
En la economía del conocimiento, la única infraestructura indispensable es el talento. Por eso, esta coyuntura abre una ventana de oportunidad para Argentina y la región, que históricamente llegaron tarde a otras revoluciones. Si la nueva economía global premia el pensamiento lateral y la capacidad de resolver problemas complejos, nuestra cultura de adaptación y resiliencia se convierte en una ventaja competitiva. Ya no se trata solo de exportar horas de programación aprovechando un tipo de cambio favorable, sino de evolucionar hacia un rol de arquitectos estratégicos, utilizando ese capital humano para diseñar las soluciones que el mundo demanda.
Tenemos ante nosotros la responsabilidad histórica de alinear incentivos públicos y privados para no conformarnos con ser simples usuarios, sino para consolidar al país como un laboratorio de innovación de alto valor agregado, entendiendo finalmente que la IA es la nueva base del desarrollo y que nuestra verdadera riqueza no reside en vender tiempo, sino en nuestra inigualable capacidad para potenciar la tecnología.
CEO de Baufest
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