Deuda externa, crisis climática y el eterno problema de las divisas

Opiniones

Por definición, es imposible honrar los compromisos externos y sus respectivos intereses sin incrementar sostenidamente el PBI, pero a su vez el crecimiento económico infinito es inviable en un mundo con límites geofísicos.

Estamos siendo testigos de un cambio de paradigma inédito en la historia de la humanidad. Por un lado, la ciencia nos advierte respecto al riesgo humanitario que implicaría sobrepasar un calentamiento global de 1,5ºC, líderes internacionales pregonan la transición justa de las economías hacia modelos “más sostenibles” y organismos multilaterales confirman su compromiso en el cumplimiento de los ODS. Por otro lado, estamos inmersos en la mayor crisis económica global desde por lo menos 1870 (según informes del Banco Mundial) producto de un virus zoonótico que emerge de la depredación de nuestros ecosistemas. Hemos alcanzado niveles extremos de desigualdad en donde el 99% de la población posee menos riqueza que el 1% más pudiente y nos dirigimos a escenarios de aumento de la temperatura de 3 o 4 grados, con el colapso ecosistémico que esto implicaría.

De este escenario emerge una aguda crítica hacia nuestro modelo de producción y consumo: el sistema económico y financiero actual requiere de un crecimiento constante del PBI que no es compatible con un mundo con recursos limitados. Los desafíos a los que nos enfrentamos, y que atraviesan tanto a concepciones ortodoxas como heterodoxas de la economía, requieren de ideas innovadoras y transformaciones profundas. “Nuestro sistema económico ha sido diseñado para crecer, prospere o no. Lo que necesitamos, es diseñar una economía que prospere, crezca o no”, señala la economista inglesa Kate Rawforth, autora de un original nuevo enfoque en “La economía de la Dona”. Kate plantea que es necesario un nuevo marco teórico para pensar a las sociedades modernas, en donde el desarrollo esté contemplado como aquel que sucede entre un piso de derechos socioculturales inalienables y un techo ecológico, definido por el límite de regeneración de nuestros ecosistemas. El análisis comparativo de todos los países del mundo bajo este esquema resulta desolador: ningún Estado logra actualmente satisfacer las necesidades básicas de su población sin volver insostenible su uso de los recursos naturales. Como puntualiza el economista Juan Ignacio Arroyo, la complejidad estriba en que el crecimiento económico no es un capricho, sino una necesidad inherente de las economías actuales para poder repagar deudas y reproducir el capital. Por definición, es imposible honrar los compromisos externos y sus respectivos intereses sin incrementar sostenidamente el PBI, pero a su vez el crecimiento económico infinito es inviable en un mundo con límites geofísicos.

Este complejo panorama que supone un punto de inflexión para la lógica económica y que está forzando un cambio de modelo en todos los niveles, encuentra a la Argentina atravesando una profunda crisis económica y social. A esto se le añade una acuciante necesidad de divisas para el repago de la deuda externa y la ausencia histórica de un plan de desarrollo e inserción internacional a mediano y largo plazo. Mientras las economías “desarrolladas” se replantean las maneras de medir su progreso y bienestar, el sur se ve obligado a perpetuar un status quo que por definición no le permite ni aumentar el nivel de vida de su población ni desarrollar esquemas de producción en armonía con el ambiente. Incluso la CEPAL declaró en febrero de 2020 que el proyecto extractivista de desarrollo fracasó justamente porque “concentra riqueza en pocas manos y apenas tiene innovación tecnológica”. En este sentido, Rawforth sostiene que “las mentes más brillantes transforman los límites en su fuente de inspiración”, pero, ¿tiene realmente nuestro país la libertad de acción para pensar fuera de la caja? ¿O hay fuerzas y contradicciones intrínsecas al sistema en el que está inmerso que truncan el surgimiento de esas posibles “soluciones inspiradoras”?

Pongamos un ejemplo concreto. Durante el 2019 mientras las amazonas se prendían fuego, mandatarios europeos de primer nivel como Angela Merkel y Emmanuel Macron manifestaban su legítima preocupación y solicitaban medidas urgentes para proteger el “patrimonio de la humanidad” que representa la selva amazónica. Ante la conmoción que generó el crecimiento exponencial de los miles de focos de incendios y el ecocidio que la falta de perspectiva ambiental estaba generando en el “pulmón del mundo”, el G7 se reunió y le ofreció 20 millones de dólares a Brasil para contribuir a frenar los incendios. Pero la supuesta transición y cambio de paradigma que los países centrales se jactan de estar atravesando y a su vez propiciando “solidariamente” en el sur global tiene una contracara engañosa e insostenible: la deuda externa. Por un lado, para lograr mantener cierto equilibrio ecológico se necesita del cuidado y preservación de los bienes comunes latinoamericanos, y por eso es que los países desarrollados miran con tanta atención los incendios en las amazonas, o más recientemente, las quemas del Delta de Paraná. Por el otro, estos mismos Estados lideran los organismos de financiación internacional que subyugan a América Latina a contraer deudas cuyo pago dificulta la necesaria transformación de nuestra matriz socio productiva hacia una sustentable.

Entonces, ¿qué alternativas tenemos? Para pagar la deuda, Argentina profundiza lógicas extractivistas que en pos de la generación de divisas dejan un altísimo daño ambiental y la designación de algunos territorios como zonas sacrificables. Los pueblos que los habitan son considerados un daño colateral aceptable. Simultáneamente, necesitamos dólares para financiar la transformación de nuestro sistema productivo y costear una transición energética acorde a nuestros compromisos internacionales, pero las exiguas divisas obtenidas de la exportación de bienes (en su mayoría de escaso valor agregado) serán cuasi automáticamente destinadas al pago de la deuda. Argentina y el resto de los países del sur global han tenido dificultades históricas para honrar sus compromisos financieros y desarrollar sus economías. A este problema estructural se le suma ahora la peor crisis de los últimos siglos y el desafío (o tal vez la oportunidad) que conlleva incorporar la perspectiva ambiental. ¿Es posible reducir los niveles de pobreza y desigualdad, transformar la matriz productiva y a la vez pagar la deuda? En el fuero internacional, el conjunto de la sociedad civil y comunidad científica ruegan por transformaciones radicales y ambiciosas; sin embargo, los Estados que más han desarrollado sus economías (y que son también los mayores emisores de gases de efecto invernadero) no están dispuestos a cumplir con el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas (aquellos que más han contaminado y beneficiado de la destrucción ecológica, también deberán ser quienes más inviertan en la transición). En ese sentido, ¿no será hora de cumplir con esta premisa inseparable del concepto de justicia climática, y que los países con mayores ingresos colaboren con la transición de los países de América Latina, África y las pequeñas islas de Oceanía mediante una condonación parcial o total de la deuda externa pública?

Licenciada en economía por la Universidad de Buenos Aires, referenta nacional de Jóvenes por el Clima. Está realizando una Maestría en Economía y Derecho del Cambio Climático en FLACSO.

Es uno de los fundadores de Jóvenes por el Clima Argentina y está estudiando la carrera de Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires.

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