En las vísperas de Semana Santa, el Presidente ha tomado la iniciativa de confrontar con ciertos sectores de un modo violento, sorpresivo y absolutamente imprevisible. Algunas cosas no están saliendo como se esperaba y ello parece haber hecho impacto en el humor presidencial hasta provocarle un alto grado de irritación que lo llevó a utilizar el arma de su discurso de barricada -la que mejor maneja- para arremeter contra toda aquella imagen no deseada que el espejo devolviera respecto de lo que pudiera estar ocurriendo en el país en nuestros días.
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Primero fue la SIP, a quien denostó y acusó de tergiversar la verdad en sus informes sobre libertad de prensa en la Argentina; después replicó duramente al titular del Fondo Monetario Internacional, Rodrigo de Rato; continuó descalificando públicamente -por intermedio de su ministro de Justicia-al Banco Mundial y a los tribunales CIADI.
Luego fue el tiempo de la empresa Shell, por la suba mínima en el valor del combustible a raíz del aumento internacional del precio de barril del crudo, incursionando en llamadas a boicot por parte de los usuarios cuando no a manifestaciones de repudio por parte de piqueteros oficialistas. Finalmente le tocó el turno al obispo Baseotto, a quien no sólo destituyó de su cargo, sino que incluso le impidió el ingreso a su jurisdicción eclesiástica excluyéndolo de los cuarteles (algo similar a que el jefe de Gobierno porteño, Aníbal Ibarra, hubiera prohibido el ingreso a la Ciudad de Buenos Aires a su arzobispo, monseñor Bergoglio), a raíz de una interpretación efectuada con motivo de declaraciones formuladas en una confrontación verbal con el ministro de Salud referida al tema de la eventual legalización del aborto.
¿Fueron todo estos conflictos reales en los términos planteados y tuvieron la verdadera dimensión y el foco del problema donde los colocó el Presidente? De ninguna manera.
El conflicto con la SIP respecto de la libertad de prensa en realidad esconde el verdadero problema que hoy se enfrenta en este campo cual es el de un Estado protector de algunos medios de comunicación por la vía del rescate de su deuda privada, concesión de beneficios en la materia prima e inmunidad concursal, bajo el pretexto de ser « patrimonios culturales». Lo del FMI esconde la impotencia para resolver los 24.000 millones de dólares que quedaron afuera del canje y el conflicto todavía abierto con las empresas privatizadas que amenazan con abandonar el país y que generarán una crisis en servicios y energía. Los episodios del Banco Mundial y del CIADI esconden los errores de no haber sabido recurrir a la asistencia adecuada para tramitar los procesos, demorando innecesariamente encarar las soluciones y encaprichándose en fórmulas retóricas de que «no se debe privatizar la defensa de la Patria». El llamado boicot a Shell esconde la inflación que se está produciendo en otros campos (la canasta familiar) y que agotará en el primer cuatrimestre del año los índices reales proyectados para todo el período anual. Lo de monseñor Baseotto esconde -finalmente-los proyectos que se están gestando hacia la eventual despenalización del aborto.
• Arma preferida
Como los escenarios de batalla en los cuales deben enfrentarse estos conflictos de fondo no son favorables al gobierno, el Presidente ha decidido actuar al revés. En lugar de preparar armas para librar esas batallas conforme a las condiciones de los escenarios, ha resuelto que será su arma preferida, la confrontación verbal sorpresiva y sanguínea la que defina y conforme el escenario de confrontación.
En la pasada década del '70 solía circular en Buenos Aires, entre los grupos de la Juventud Peronista -especialmente en las fracciones combativas y de la denominada Tendencia- un interesante libro cuyo título era «El hombre y el arma», de autoría de Vo Nguyen Giap, general y ministro de Defensa vietnamita (1945-1980), importante militar que estudió Derecho en la Universidad de Hanoi, obteniendo su doctorado en 1937. Durante la década de 1930 se afilió al Partido Comunista indochino y, cuando fue prohibido en 1939, huyó a China, donde se hizo hombre de confianza militar de Ho Chi Minh. Regresó al ejército vietnamita en 1945 y liberó Hanoi de los japoneses. Maestro en la táctica de guerra de guerrillas, después planificó y dirigió las operaciones militares contra los franceses que culminaron con la derrota de éstos en la batalla de Dien Bien Phu en 1954. Durante la década de 1960, Giap se encargó de las operaciones de guerra en Vietnam del Sur, con el desenlace conocido.
Quizás el mérito más importante de Giap fue haber descubierto -según su posición en «El hombre y el arma»- que, a diferencia de lo que sostiene la teoría clásica de la guerra -desde Von Klausewicz hasta los más modernos-donde de acuerdo al frente de batalla que deba enfrentarse será la naturaleza de las armas escogidas, es en realidad el arma lo que define el frente y el terreno de combate. De tal suerte, dependiendo del arma que se tenga es el frente en el cual se deberá actuar y no a la inversa. De allí que en terrenos convencionales se elude el combate si no tiene superioridad táctica, y se va hacia terrenos donde el arma pueda definir el frente, caso típico del régimen de guerra de guerrillas, contando con las ventajas propias de tal sistema: 1) el apoyo de la población; 2) el conocimiento del terreno, y 3) la sorpresa, entre otros.
En estos días de furia, el Presidente ha escogido el arma que mejor maneja su discurso sanguíneo y sorpresivo para ser él quien determine los frentes de confrontación, desviando la atención del verdadero teatro de operaciones y no permitiendo que los conflictos de los otros escenarios sean, por el momento, advertibles para la mayoría de la gente.
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