Dos realidades cabalgan a la par en los Estados Unidos. La economía que produce bienes tangibles está en plena recesión. La economía de los servicios se expande rozagante. Con atisbos -inclusive- de intentar apurar el paso. El tan mentado aterrizaje suave no es más que el promedio simple de las dos dinámicas contrapuestas.
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La economía que produce bienes es la más visible. El daño que sufre es fácil de reconocer. Pero es sólo la punta del iceberg. Después de todo, ocupa 22,3 millones de personas (excluyendo las abocadas a las tareas agrícolas). Muchas, pero apenas 16% del total del empleo urbano.
En cambio, la economía de los intangibles resulta ardua de mensurar; esquiva, precisamente por la naturaleza etérea de su producto final. Pero es imposible no detectar sus huellas: 113,7 millones de personas ganan su sustento en el abanico de actividades que va desde el gobierno, la educación y la salud hasta los servicios financieros, el comercio y la industria del ocio y el turismo.
Como en el viejo cuento del abrelatas -se lo busca a la luz porque allí es donde se ve, aun sabiendo que se perdió en otra parte-, la información de los indicadores económicos se obtiene mayormente de la cantera a cielo abierto. La industria manufacturera, por ejemplo, está ampliamente representada en las estadísticas disponibles. No por su propio peso específico -no supone más de 13% del empleo total y en declinación- ni por el valor bruto de su producción, ni, mucho menos, por el valor agregado que aporta. La razón es mucho más modesta: contar tornillos es ( relativamente) sencillo. Es una actividad confiable, barata, que se puede repetir con regularidad. No sólo contar las unidades que se producen, sino cuántas se vendieron y cuántas se mantienen en los inventarios. Se pueden contar el producto, el empleo y las máquinas utilizadas (y, por ende, medir la productividad), y estimar el tamaño de las fábricas (y, de esa manera, el margen de capacidad ociosa) y así sucesivamente...
Como la economía de las cosas tangibles cayó en recesión (la construcción de viviendas y la industria automotriz, en un principio, pero ya hay signos de que la construcción no residencial se ha detenido y de que se enfría toda la actividad manufacturera) y dado que ella prevalece como fuente de alimentación de la información estadística periódica, los indicadores de coyuntura transmiten la falsa impresión de que la economía en su conjunto también se ha precipitado -o está al borde de caer- en la trampa de una nueva recesión. No es así. No todavía.
Sin informe
Se dijo: todos los meses podemos corroborar la marcha de la producción industrial o de la construcción (y de sus ventas), pero no disponemos de un informe probado sobre los avatares de la producción y la venta de servicios. Es por ello que el seguimiento mensual del mercado de trabajo es tan importante: el crecimiento sostenido del empleo en las áreas de servicios -ratificado en noviembre con un aumento de 172 mil puestos netos- no puede tener otro correlato que una paralela expansión de su producción. Después de todo, apenas uno en diez son nuevos servidores públicos.
Cuando se deducen los 40 mil empleos perdidos por la economía de los tangibles, todavía el mercado laboral sustenta un avance en línea con el crecimiento vegetativo de la población: 1% (y las condiciones iniciales suponen un bajo desempleo general -4,5%- y calificado -3,9% para la población masculina adulta-).
Compútese un estimado de la productividad marginal del trabajo -digamos 1,4% (el promedio de los últimos cuatro trimestres y el registro más bajo desde 1997)- y se arriba a una economía navegando todavía en una franja de crecimiento entre 2% y 2,5%. Esa es la aritmética actual del aterrizaje suave.
Probabilidad
Se comprenderá así -recordando además que aún la inflación subyacente retoza por encima del rango aconsejable de entre 1% y 2%- por qué la Fed en su próxima reunión preferirá no tocarnada. Y probablemente tampoco lo intente en enero.
Pero -aun con los datos actuales, sólo proyectando sus tendencias- se puede esbozar un argumento para relajar la política monetaria en marzo. Llámese la teoría de la mancha de aceite. La economía es una sola y la debilidad no está confinada. Se esparce a medida que más y más motores se están obstruyendo. En enero, computando un intervalo de tres meses, 66% de las 278 ramas de actividad que cubren el informe de empleo estaban sumando trabajadores. Lenta pero sostenidamente, la participación se ha ido recortando: hoy son apenas 55%. Para marzo quizá sean menos de la mitad. Un toque suave de la política monetaria resultará entonces una medicina preventiva oportuna y aconsejable.
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