8 de diciembre 2005 - 00:00

Disparen sobre el votante

En estos días en los cuales se debate tanto sobre los alcances y el contenido del vocablo «democracia», algunos síntomas que presenta el cuerpo social argentino parecen contradecir ciertos aspectos de este sistema. Schumpeter solía definir la «democracia contemporánea» como un arreglo institucional para llegar a decisiones políticas en las que los individuos adquieren el poder de decidir mediante una lucha competitiva que se establece para obtener el voto de las personas.

Esta definición ofrece un sinnúmero de ventajas, entre las cuales pueden desctacarse el hecho de que proporciona un criterio eficiente y razonable para distinguir entre gobiernos democráticos y los que no lo son; permite reconocer el fenómeno del liderazgo y la competencia que éste produce; y también aclara la relación que subsiste entre democracia y libertad individual, ya que habilita que las personas entren «libremente» en la competencia para alcanzar el liderazgo político.

En una democracia, afirmaba Schumpeter, la función primaria del voto del elector es producir un gobierno. Y producir un gobierno es decidir quién o quiénes van a ser las personas que serán los líderes, puesto que los miembros del Parlamento o de las cámaras no sólo forman un gobierno, sino que legislan y administran cada acto parlamentario y, con excepción de las resoluciones y las declaraciones en materia política, producen leyes en un sentido formal y sustancial. Lo cierto es que en los sistemas democráticos los electores, o «votantes», eligen ideas políticas y personas para el cumplimiento de determinadas funciones en cargos del gobierno, entendido éste en el sentido más amplio y absoluto del término. Entre «elector» y «elegido» existe una relación de mandato, que vincula al mandante con el mandatario, con los alcances y límites del contenido del mandato conferido.

• Cumplimiento

Dicho de otro modo, el compromiso y la obligación del elegido es cumplir la función de gobierno que le fue conferida según el cargo para el cual se postulaba, con el objeto de llevar adelante el desarrollo de las ideas y proyectos prometidos y cumplir con el plan que proclamó durante el tiempo de campaña.

En aquellos casos en los cuales los sistemas electivos no permiten las postulaciones meramente personales, sino que el acceso a los cargos electivos se canaliza a través del sistema cerrado de «partidos políticos», el compromiso electoral de los candidatos incluye la declaración de «pertenencia» que influye sobre la decisión del votante que considera la importancia del trabajo de «bloque» en las ideas encarnadas en la trayectoria o doctrina del partido, o de la organización política que participa en la elección en cuya lista figura el «elegible».

En democracia real, no se puede ser «representante para todo»; tampoco, representante en abstracto o indeterminado. El voto no es un cheque en blanco para que el elegido haga cualquier cosa que le parezca. Menos aún puede concebirse la representación de forma absoluta. Ha de existir un encargo electoral concreto formulado por los electores a sus representantes que vincule a éstos para su cumplimiento fiel y diligente; sólo de esta forma puede hablarse de una legítima representación.

• Cuestiones

Así se concibe cualquier representación en el ámbito privado, que ha de ser fiel a los intereses que se representan y a las órdenes emanadas de los representados, es decir, de quienes otorgan la representación.

¡Cuánto más ha de serlo en el ámbito de lo público, donde se está representando nada menos que a los titulares de la soberanía nacional! Ninguna actividad humana podría subsistir con representantes que traicionasen los mandatos que les encomiendan sus representados. Tampoco puede subsistir de esta forma la política, salvo que deliberadamente quiera escenificarse la representación de un fraude.

Por otro lado, existen numerosas cuestiones para las que repugnaría al sentido común que una persona sustituyera o suplantara a otra; se trate tanto de personas públicas como privadas. En estos momentos, en la Argentina estamos ingresando en un peligroso proceso que promueve, ante la indiferencia absoluta de la clase política, una desvalorización del mandato electoral con «destrato» del votante. Los «electos» han decidido sustituir, lisa y llanamente, la voluntad del votante y hacerla suya. Los recientes casos del Dr. Eduardo Lorenzo Borocotó, el anuncio formulado por el diputado electo y ex canciller Rafael Bielsa, como la actitud del legislador Miguel Bonasso, seguida de otros 211 legisladores, quienes pretenden convertirse en «enervadores» del voto de los electores e impedir el acceso a sus bancas a un legislador electo regularmente, quien participará en el Congreso dentro del bloque del partido por el cual compitió en la elección, son meras muestras de esta crisis.

• Reforma

Apenas la punta de un iceberg. Es verdad que no es la primera vez que ocurre esto; pero pensamos en algún momento que algo había cambiado. ¿Dónde está la «nueva política»? ¿Dónde quedó la reforma prometida? ¿Dónde está la nueva Argentina de la ética? Hace ya mucho tiempo desde esta misma columna propusimos una reforma sustancial en las normas de conducta política para transparentar el sistema entre «elector» y «elegido».

En aquella oportunidad, propusimos que ningún ciudadano que hubiera accedido a una función pública por el voto popular debería poder abandonar sus funciones con anterioridad al cumplimiento íntegro de su mandato regular sin causa justificada en razones de salud. Si lo hiciera, proponíamos, debería quedar automáticamente inhabilitado por el término de quince años para el desempeño de cargos públicos. Asimismo, ninguna persona en ejercicio de cargo electivo debería poder presentarse como candidato a otro cargo -que no sea renovación del propio- hasta tanto no haya concluido totalmente dicho mandato. El país está harto de que una parte importante de la casta política seduzca a los votantes con promesas con el objeto de obtener su voto para luego abandonar abruptamente los cargos obtenidos o mudar hacia otros «rumbos» traicionando la voluntad popular. Parecería que, en estos días, vuelven las sombras de Macpherson, quien -desde su particular visión- consideraba el voto popular una mera mercancía que podía adquirirse, como cualquier otra, en el mercado electoral. ¡Debemos reaccionar antes de que sea tarde!

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