10 de junio 2005 - 00:00

El No de Francia recuerda el peligro de los plebiscitos

El desfile de analistas, pensadores y estadistas sobre el futuro institucional de Europa a partir del rechazo por Francia y Holanda del Proyecto de Constitución (y su remisión al limbo por Gran Bretaña) advierte la necesidad de ordenar los términos reales del debate.

a) En un rincón de la pantalla están -con los medios a la cabeza- los que nos recuerdan aquello de «¿El pueblo ha desautorizado al Comité Central? ¡Disolvamos al pueblo!» (Brecht). El voto negativo habría sido racista (en la derecha populista); irracional (rechaza el único capitalismo que funciona: el angloamericano); retardatario (no promueve el nacimiento de nuevas empresas: impide la muerte de las viejas); inútil (no termina con la deslocalización de la industria). Es híbrido producto de los No contradictorios. Y «primer clavo en el ataúd del Tratado».

b) En el otro ángulo, se quiere verlo como la resurrección de los ideales de la Revolución Francesa o un « remake» del Mayo 1968. Traería la reconstrucción de la Unión basada en la democracia, la solidaridad y la igualdad social. No se habría votado contra Europa ni el Tratado, sino contra el desempleo, la pérdida de identidad ante la invasión de los « plomeros polacos», los inmigrantes turcos o del Magreb.

• Error básico

¿Cómo pasó? El error básico, inexplicable en políticos de raza, es no haber advertido los riesgos de una consulta a escala nacional para tan decisivo tema supranacional. La paz de Westfalia (1748) alumbró un sistema internacional basado en Estados nacionales soberanos, que la bipolaridad de la Guerra Fría erosionó sensiblemente. Tras la caída del Muro, los nuevos fenómenos de la globalización y la integración modificaron roles y estructuras: hoy los nuevos «sujetos» son regiones (Unión Europea, Sudeste Asiático, Mercosur). Pero los Estados todavía existen y son vitales; a ellos (no a un ausente « pueblo europeo» aún lejos de entenderse y de hablarse: está lejana la lengua franca) se encomendaron las consultas para la ratificación. En algunos casos actuaron asordinadamente los Parlamentos ( Italia, Alemania, Grecia). En otros, se llamó a referendo, triunfante en España, pero con pronóstico reservado para los demás países, ahora bajo el clásico efecto de los «vasos comunicantes». Hubiera sido preferible el sistema de la Convención Constituyente, madre de la Constitución norteamericana y la nuestra de 1853, mantenida en 1994. Así ocurrió lo previsible. En un marco desfavorable ( descontento por la situación socioeconómica y la corrupción), los electores ajusticiaron a las elites políticas, la euroburocracia, la sordera del gobierno autista, chivo expiatorio en un referendo sobre su política. Fue la elección sobre la elección (Zizek).

¿Cuáles son los efectos? El 1 de noviembre de 2006 debía entrar en vigor la Constitución, pero era necesario la unanimidad de los miembros. Descartada una nueva consulta francesa (el voto de Holanda la haría inútil) los Tratados de la Unión y de la Comunidad regirán, en la versión del de Niza.

Paradójicamente sus disposiciones -negociadas por Blair y Aznar- consagran más enfáticamente el modelo neoliberal anglosajón y no contiene el capítulo sobre los derechos fundamentales de la Parte II del Proyecto. No es la única paradoja. La victoria del No redundó en el reingreso de Nicolás Sarkozy al gobierno y a la cabeza del principal partido. Fue ministro de Economía y sus reformas ultraliberales lo eyectaron: ahora aparece como el candidato presidencial de más factibilidad. Las victorias pueden ser pírricas. El consentimiento del pueblo no necesariamente comporta acierto, en especial si su papel se reduce a contestar sí o no a un documento predigerido o a opción prefabricada. Así, irónicamente el voto de París (donde 65% votó el Sí) confirmaría aquello de que sus ciudadanos manifiestan de lunes a sábado en la Plaza de la Bastilla contra el aborto, la discriminación, la pena de muerte, la OTAN, el bloqueo a Cuba, la censura. Pero el domingo votan a la derecha.

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