16 de septiembre 2004 - 00:00

El país y el PJ, víctimas del cinismo

Elisa Carrió
Elisa Carrió
El peronismo obtuvo en las últimas elecciones 67% de los votos; el radicalismo ( segunda fuerza con representación parlamentaria), 2%; los ex radicales, algunos ex frepasistas más algunos ex UCeDé y ex cavallistas se repartieron entre el 17% de López Murphy y el 14% de Lilita Carrió.

En menos que canta un gallo, Menem desapareció, Duhalde se jubiló (exitoso) y el presidente Kirchner dice que pasó a tener 85% de respaldo popular (López Murphy y Carrió perdieron en tres meses 50% de su apoyo electoral mientras que Kirchner lo triplicó).

Dieciséis meses después, el presidente Kirchner registra todavía un espectacular 55% de apoyo mientras que su gobierno recoge 38% de respaldo (ambos registros en baja sostenida durante los últimos cuatro meses).

El que fuera un gran movimiento nacional que nunca llegó a ser un partido moderno -el peronismo- navega entre la parálisis y el obediente seguidismo.

Cómodo en su aplastante mayoría en ambas cámaras y en las administraciones provinciales y municipales, se dedica complaciente a recaudar superávit presupuestarios de la mano de la reactivación interna y el aislamiento internacional producido por el default.

Una nueva estructura social: 10% de ricos, 30% de clase media y 60% de pobres garantiza salarios bajos, clientela asegurada por millones dependiendo del subsidio público y una justificación ideológica para echarles la culpa al pasado (menemismo) y a los enemigos externos (el FMI y los acreedores buitre).

Con una oposición muy distante de la posibilidad de acceder al poder, el justicialismo puede darse el lujo de seguir gozando de un poder cultivado a expensas del país: mientras a la Argentina le fue mal, el peronismo pasó de 37% de votos en 1983 a 47% en 1989, a 51% en 1995, nuevamente a 37% en 1999 para saltar al mencionado 67% en 2003.

Sin Estado, sin partidos políticos y sin autocrítica nos acercamos a marcha forzada a una nueva frustración igual o peor que las pasadas.

Sin duda, estamos a tiempo de frenar la debacle aprovechando el viento de cola, la actitud mayoritaria de apoyo al Presidente y la enorme voluntad social de superar la crisis.

• Oportunidad

Difícilmente encontraremos un momento histórico tan propicio para revertir el retroceso que hemos padecido.

Claro que para eso los ciudadanos tenemos que actuar. No sólo aquellos de a pie que marchamoscon velas y/o paraguas con destino a la Plaza de los Dos Congresos o a la Plaza de Mayo.

Tampoco sirven las desesperadas y violentas marchas de los excluidos y los desesperanzados.

Son los ciudadanos miembros del gabinete los que deben exigir que ese organismo se reúna y funcione; los ciudadanos líderes parlamentarios para que se deje de gobernar por decreto; los ciudadanos gobernadores para que funcione el federalismo; y los ciudadanos jefes partidarios para que lo hagan los partidos políticos; sin duda que los ciudadanos empresarios y los ciudadanos trabajadores deben ser voces escuchadas con propuestas concretas en sus respectivas áreas.

El problema es que esto no está pasando. Por eso aparecen los fantasmas de la anarquía o del autoritarismo.

Nada más parecido al cinismo que la complacencia pasiva, el oportunismo tiempista, el frío seguimiento de las encuestas para medir el devenir lógico de los acontecimientos.

Es bueno que sigamos con atención la conducta de quienes esperan ser «salvadores» después de la próxima tragedia, escuchemos sus voces y sus silencios, sus encendidos aplausos y sus humillantes agachadas.

Desde el poder es muy fácil intimidar con el cuco de la desestabilización o la conspiración. Más difícil pero mucho más redituable es convocar al consenso, estimular la organización y el debate colectivo y fomentar el funcionamiento y el respeto a las instituciones republicanas.

Así el cinismo de los oportunistas será superado por el compromiso de los patriotas, y una nueva sociedad aflorará de las cenizas de la anterior para concretar la construcción de una «gran Nación de naciones» con nuestros socios y vecinos.

El mañana mejor es posible. Tenemos que saber construirlo hoy.


(*) Ex embajador de la Argentina en los EE.UU.

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