El peronismo y el desafío de la experiencia venezolana
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En el caso argentino, este conflicto político alimentado en una suerte social fue la verdadera clave de la inestabilidad política argentina desde que Perón fue derrocado por un golpe militar en 1955 -que pudo haber derivado en una sangrienta guerra civil si Perón hubiera estado dispuesto a combatir y armar a sus partidarios civiles-, hasta el último golpe militar que tuvo lugar en 1976.
Para los antiperonistas, estaba justificado convocar a elecciones con la proscripción de Perón y el peronismo, por su carácter antidemocrático.
Surgieron así dos administraciones democráticas débiles (la de Frondizi en 1958 y la de Illia en 1963) derivadas de comicios con proscripción del peronismo, que terminaron en respectivos golpes militares.
Para la mitad del país que era antiperonista, era preferible una nueva intervención militar, antes que el retorno del peronismo al poder por la vía democrática.
A su vez el peronismo, al ver bloqueada su posibilidad de acceso al poder por la vía democrática, intentó sin éxito el golpe militar en varias oportunidades y la insurrección armada de tipo guerrillero. La espiral de violencia que vivió la Argentina en los años setenta tuvo también mucho que ver con la mala resolución del conflicto entre peronistas y antiperonistas.
El fusilamiento de peronistas que intentaron un levantamiento armado contra el gobierno militar antiperonista que sucedió a Perón en 1955 profundizó el odio y el resentimiento, y las acciones terroristas de jóvenes peronistas a comienzos de los años setenta tuvieron como argumentos vengar dichas muertes, como fue la del ex presidente de facto Pedro E. Eugenio Aramburu en 1970, hecho que marcó la escalada de la violencia guerrillera en la Argentina.
La incapacidad que mostró la Argentina para resolver en un marco democrático el conflicto político-social peronismoantiperonismo impidió la estabilidad institucional y fue uno de los precipitantes de la espiral de violencia más grave en un siglo y medio de vida institucional argentina.
Esta experiencia debe ser observada con mucho cuidado por los protagonistas de la política venezolana en ambos bandos.
Es que si las dos partes en conflicto no realizan un esfuerzo por disminuir el antagonismo social que alimenta las diferencias políticas, se corre el riesgo de que la democracia pase a ser un valor secundario, frente al objetivo de impedir que el enemigo -ya no el adversario-llegue al poder. Asimismo, cualquier método comienza a ser lícito para sacarlo del poder y la crisis venezolana ya ha bordeado estos límites.
Un país partido en dos, política y socialmente, se hace muy difícil de gobernar para cualquiera de las dos partes, y, por esta razón, quien está en el poder tiene la tentación de avanzar hacia el autoritarismo para sostenerse frente a las acciones opositoras.
De acuerdo con cómo Venezuela en las próximas semanas resuelva y asuma el proceso de referéndum revocatorio, puede ser la clave de si en las décadas siguientes el país podrá vivir en democracia o no, y al respecto, que los venezolanos revisen la experiencia del conflicto peronismo-antiperonismo en la Argentina puede constituir una oportuna reflexión para ello.
* Director del Centro de Estudios Nueva Mayoría




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