El síndrome del día después
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Han pasado ya todas las viejas especulaciones, y comenzarán las nuevas. Ya no hay más lugar para la fantasía de un escenario « posible». Los actores vuelven al escenario «real», que los estuvo aguardando en silencio e inmutable, más allá de toda imaginación.
• Negociaciones
No importa la interpretación política que se haga de la elección, por más que ésta llene los titulares de los diarios y ocupe enorme cantidad de horas de radio y televisión; pues más allá de quienes se consideran ganadores o perdedores, lo cierto es que ello no tiene ninguna importancia práctica ya que, cualquiera sea la conclusión a la que se arribe, ninguno puede gobernar sin el otro, y hasta los que puedan sentirse nítidos ganadores -si es que los hay- no podrán tomar decisión alguna por sí solos. Y comenzará la nueva ronda de negociaciones; pero -esta vez- luego de haber probado fuerzas.
Salvo que se tome verdadera conciencia de la realidad, el país continuará, desde hoy, con la misma incertidumbre que antes de la elección; sin un proyecto claro; sin un programa económico de mediano y largo plazo; sin definiciones en aspectos clave de la economía y de la realidad social; sin una dirigencia comprometida en actuar desinteresadamente a favor del país resignando apetencias personales, y sin haber resuelto ninguno de los problemas pendientes en la agenda.
Esperan ansiosos por los elegidos, y por los que se reintegran a sus tareas, el FMI; el Banco Mundial; las tarifas públicas no renegociadas; la búsqueda de soluciones a los conflictos con las empresas de servicios públicos privatizadas; los juicios ante el CIADI; la tasa de inflación creciente que supera los niveles estimados y tolerables; la puja salvaje entre precios y salarios; la presión de las organizaciones sindicales en su lucha de poder; los conflictos sociales; la intervención díscola del Banco Central en el mercado para definir cuál es el nivel de tipo de cambio que desea mantener a través de la denominada «flotación sucia»; la inseguridad, en la calle y en las cárceles, que cobra víctimas por igual; la reforma del sistema judicial argentino; la Corte Suprema, para determinar cuántos miembros la integrarán; la corrupción enquistada en todos los órdenes de la vida nacional; la impunidad; los vencimientos de la deuda externa por 5.000 millones de dólares que debemos pagar el año que viene; el desempleo; la búsqueda de transparencia en la canalización de los planes sociales y los subsidios; la política asistencial; la reforma del sistema fiscal para evitar los impuestos distorsivos; soluciones para una industria en recuperación que saturó su capacidad instalada; las retenciones al agro; la bajísima relación entre «cash» y crédito en el mercado; el alineamiento internacional; los peligrosos intentos de reestatizar emprendimientos privados; el petróleo; el gas; las inversiones extranjeras; el plan económico y el plan de gobierno, entre tantos otros. ¿Resultarán estos temas tan agobiantes que, en lugar de ocuparse de ellos, los afectados por el «síndrome del día después» -cansados y con falta de concentración- se dedicarán -además de comentar los resultados e intentar interpretarlos creando complejas teorías al respecto- a mitigar su angustia imaginando nuevas negociaciones, intercambio de favores y promesas, candidaturas, alianzas y aspiraciones personales para el año 2007?
Si esto llegara a ocurrir, los argentinos volveremos a sentir la misma sensación que sentimos hace algún tiempo, donde fuimos pobres «sparrings» de una lucha entre púgiles que midieron sus fuerzas -casi como un mero entrenamiento- solamente para determinar quién era el verdadero dueño del cuadrilátero, para intentar conservarlo en una historia llena de reproches, traiciones, padrinos, ahijados, herederos y reencarnados. Lo lamentable es que el cuadrilátero es el país.
Que, luego de la elección, renazca un tiempo de esperanza y de realidad en lugar de un tiempo de meras especulaciones sectoriales.




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