9 de julio 2007 - 00:00

Erario y peculio, la gran diferencia

El Air Force One levanta vuelo sólo si el presidente de los Estados Unidos está a bordo. Ningún otro miembro del gobierno ni familiar cercano tiene derecho a trasladarse en el avión presidencial a menos que el presidente sea de la partida. Se halla implícita en esta práctica la convicción de que la función pública es para servir y no para servirse. Los cargos oficiales son «cargas» y merecen, de parte de quienes los asumen, un riguroso espíritu republicano preocupado. Los antiguos romanos, que sabían bastante de estos asuntos, distinguían estrictamente el erario (del latín «aerarius»: tesoro público) del peculio (del latín «peculium»: ahorros, bienes propios de la esposa y de los hijos), y actuaban en consecuencia.

Los sistemas presidencialistas le dan al jefe de Estado y a sus ministros un apreciable poder de decisión, pero también la enorme responsabilidad de ser, ante la sociedad, un ejemplo incuestionable de probidad, mesura, ecuanimidad, sobriedad, decencia y hombría de bien. La ley debe ser muy exigente con los gobernantes pero, aun más severa consigo misma, ha de ser la conciencia de quienes gobiernan. No cabe duda de que todos distinguimos lo propio de lo ajeno y, en nuestro entorno diario, muchas cosas nos señalan esa obviedad, de modo que, a menos que actuemos con desidia, con irresponsabilidad o estemos dispuestos a cometer un delito, nadie puede llamarse a engaño. No es tan sencillo con las familias en las que algunos de sus miembros detentan cargos en el Estado. No siempre entienden la abismal diferencia entre erario y peculio y que la actitud ante los bienes públicos es como mínimo la misma que podría tener cualquier ciudadano de a pie que no puede pretender que el Estado abone sus gastos particulares. Pero aun más, los ciudadanos que transitan por la calle no tienen a su disposición la posibilidad de gastar a costa del Tesoro sus «fondos reservados» y..., lamentablemente, sus facturas personales.

Cecila Sarkozy, esposa del Presidente de Francia, tal vez por su novel condición de primera dama, no trepidó en utilizar las tarjetas de crédito oficiales para abonar dos almuerzos. Esta «desprolijidad» no nos puede asombrar a los argentinos, acostumbrados a cosas mucho peores de parte de sus gobernantes y sus familias, pero sin duda nos debe sorprender comprobar la reacción instantánea de los organismos de control del Estado francés, que le quitó el uso de esos medios de pago apenas el diario satírico «Canard Enchainé» denunció la existencia de esos gastos. En la misma Francia, el gran Charles De Gaulle imputaba los gastos de sus familiares, invitados a comer en el Palacio del Elíseo, a su cuenta personal. La riqueza real o potencial de un país no sólo depende de la calidad y cantidad de sus recursos materiales y humanos, sino también de la calidad de sus instituciones de gobierno y, sobre todo, de quienes las pueblan.

(*) Diputado nacional Presidente bloque PRO

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