23 de noviembre 2005 - 00:00

Francia: rechazo a reformas explica ola de violencia

La rebelión de los suburbios parisinos ha sorprendido al mundo y además ha abierto numerosos interrogantes, la mayoría de los cuales no encuentra una respuesta convincente.

¿Se trata de un conflicto racial? No parece serlo, aun si la proverbial xenofobia de los franceses no contribuye a mejorar las cosas. ¿Este conflicto anticipa el temido choque de civilizaciones entre Occidente y el Islam previsto por Samuel Hunttington? Al contrario, si algo está claro es que el desarraigo cultural que padecen los hijos de inmigrantes favorece la ruptura de los marcos tradicionales de contención vigentes en las sociedades de donde provienen sus padres y empuja al desborde.

¿Quizás estamos frente a un drama social generado por la desigualdad en la distribución de la riqueza? Por supuesto, la desigualdad existe en Francia pero no es diferente de la de cualquier país desarrollado en el que la satisfacción de las necesidades básicas -vivienda, educación, salud- está asegurada para todos y con creces.

¿El tema es la discriminación que sufren los jóvenes en el acceso al empleo por su origen o por la mala fama de los barrios que habitan? Es posible que algo de esto exista, pero también es cierto que hay que tener en cuenta la considerable deserción escolar que hace que no alcancen un mínimo de calificación necesaria para ocupar los puestos de trabajo. También hay que constatar la gran cantidad de estos jóvenes que rehúsan empleos ofrecidos, simplemente porque no corresponden a sus expectativas. En esto no se diferencian en nada con los jóvenes franceses que carecen de formación adecuada.

¿Podría estar este comportamiento vinculado con la sensación de encierro producida por el contexto urbanístico de los suburbios? Compuestas por monobloques, encimados uno sobre el otro, no olvidemos que las «ciudades satélites» en que habitan los alejan, en efecto, cada vez más de la «ciudad luz» de sus promesas y tentaciones. Con la perspectiva actual se pueden comprobar fácilmente los defectos enormes de este modelo urbano. Sin embargo, no se puede negar que estos barrios vienen provistos de una infraestructura educativa, sanitaria y a veces deportiva relativamente satisfactoria. Por otra parte, nadie ha inventado hasta ahora una mejor solución a cargo del Estado, para resolverel problema de las periferias, de las grandes urbes que tienden a la expansión permanente.

Podríamos seguir detectando causas posibles y creo que seguiríamos también sin encontrar una explicación plausible. En este punto deberíamos preguntarnos por qué no logramos encontrar la explicación. En mi opinión, porque nos enfrentamos a un nuevo tipo de conflicto que calificaría de «posmoderno», irreductible a las categorías analíticas habituales, que desafía la universalidad de la razón y que podría resumirse en lo que los franceses llaman «le mal de vivre» -el malestar de vivir-. En efecto, encontramos aquí varios de los componentes característicos de la civilización posmoderna, particularmente la influencia de la llamada «sociedad del espectáculo» y de la droga.

• Condicionamiento

Por sociedad del espectáculo se hace referencia a una sociedad en que las representaciones, las expectativas, los sueños están condicionados por los medios audiovisuales de comunicación masiva. Cuando los jóvenes iracundos se precipitan sobre los aparatos de TV para reconocer su propia imagen arrojando piedras o compitiendo por el número de automóviles incendiados, ¿no están acaso cumpliendo esa expectativa suprema que Andy Warhol atribuía al hombre contemporáneo: «los 15 minutos de fama»?

Cuando el tráfico de drogas se convierte en una de las principales actividades de estos suburbios, ¿no estamos acaso evocando una problemática que ha pasado a constituirse en preocupación dominante del mundo contemporáneo?

En las numerosas tentativas de explicación de este conflicto, la «otredad» aparece reiteradamente como concepto central. Con esta denominación se alude, en el léxico de los intelectuales bien pensantes, a la falta o al insuficiente reconocimiento del otro, que constituye, aparentemente, la condición indispensable de la construcción de una sociedad multirracial y multicultural.

Pienso que ésta es una equivocación terrible en que incurren las pretendidas interpretaciones de los hechos. Si se examina con atención el comportamiento de los jóvenes de origen magrebí o subsahariano, éste no parece diferente del comportamiento del conjunto de la sociedad francesa. Es más, yo diría que es el reflejo hipertrofiado del comportamiento colectivo de los franceses, en última instancia, su expresión extrema.

• Resistencia

¿Acaso el «mal de vivre» no se encuentra generalizado en Francia y se traduce particularmente en la resistencia que ofrece la sociedad francesa a integrarse en un mundo globalizado y a aceptar las reglas de juego que éste impone, a asumir los múltiples desafíos de la revolución tecnológica que está en marcha en el mundo, a admitir los cambios en el rol del Estado? ¿Cuando los docentes, en defensa de sus privilegios, se oponen masivamente a toda reforma de la enseñanza, no están destruyendo las escuelas de sus hijos y de sus nietos de la misma manera que estos jóvenes incendian las escuelas de sus barrios?

¿Cuando empleados públicos, asalariados o empresarios se oponen a las modificaciones indispensables de las reglas de juego de la economía, no están destruyendo los bienes y servicios que Francia podría producir en el futuro de la misma forma que estos jóvenes incendian hoy coches, guarderías o comercios? ¿Cuando el conjunto de la sociedad se obstina en impedir la transformación de un sistema de seguridad social que va a la bancarrota inevitable a mediano plazo, no está desarticulando a término también el sistema de salud, y condenando a los futuros jubilados a la penuria económica de la misma manera que estos jóvenes incendian centros de salud o establecimientos para la tercera edad?

En fin, cuando la mayoría de los franceses, en un acto inexplicable de suprema irracionalidad, votan «NO» en el referéndum sobre la Constitución europea,
¿no están rechazando el modelo de integración que les propone Europa y que es la única alternativa de progreso, así como los jóvenes rechazan el modelo de integración que les propone Francia? Seguramente este conflicto será superado de una u otra manera, pero si la resistencia al cambio por parte de los franceses persiste, sólo será el prenuncio de nuevos conflictos.

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