14 de marzo 2006 - 00:00

¿Globalización para los globalizados?

Dubai - El mundo entero habla de globalización y ha puesto sobre el tapete, a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, bondades y defectos del sistema, aunque reconociendo que, al fin y al cabo, éste se basa en una serie de libertades: la libertad de comerciar con todos los países del mundo aprovechando las ventajas comparativas de cada uno; la libertad de invertir los capitales allí donde se obtenga un mayor rendimiento dentro del riesgo asumible; y la libertad de establecerse en el país que se desee, ya sea para conseguir un mejor beneficio o una mayor cuota de mercado, si se trata de una empresa, o para obtener mayor salario, si se trata de una persona.

Y si hay quien ha entendido este fenómeno, y lo ha asimilado, es el mundo árabe a través de los Emiratos Arabes Unidos, que construyó en Dubai, en el medio del desierto, un impresionante centro financiero internacional -el más moderno del mundo-, desde donde se reciben y distribuyen inversiones en todo el planeta. Esta ciudad del siglo XXI habitada por cerca de 5.000.000 de personas, de las cuales más de 80% son extranjeros, constituye una muestra clara de lo que puede entenderse por mundo globalizado.

Se ha vuelto común escuchar que en el nuevo escenario global las grandes corporaciones privadas van a reemplazar a los Estados, desbordando su territorio y su soberanía por cuenta de la apertura de la economía y la interconexión electrónica. Algunos autores -como Nasbitt- hablan incluso de una «utopía corporativa» hacia la cual estarían moviéndose, lenta pero seguramente, mil ficciones de países encarnados en estos dinámicos gigantes corporativos.

Las 40.000 empresas globales o multinacionales mueven hoy, a través de sus 270.000 sucursales, dos terceras partes del comercio del mundo y 30% de su PBI
. Señalan con acierto los economistas que, a diferencia de las antiguas empresas transnacionales, que se instalaban en distintos países para cubrir los mercados locales, cerrados por los cercos proteccionistas, las compañías globales son como islas de planificación que navegan en mercados libres, protegidos por acuerdos de libre comercio pactados entre países. Esta posibilidad les permite conseguir en cada país las condiciones más beneficiosas en materias tributaria, arancelaria y financiera sin aparecer como los monstruos devoradores de soberanía del pasado.

• Impulsores

El primer elemento que impulsó la globalización es el desarrollo de los transportes, las comunicaciones y la tecnología; el segundo -no menos importante que el primero- fue la liberalización de los intercambios de bienes, servicios y capitales, tanto a través de negociaciones multilaterales en el seno del GATT, de la OMC, de la OCDE y del FMI, como por decisiones unilaterales y bilaterales de las autoridades económicas de los países o de las áreas de integración en las que se encuentran inmersos.

Sin embargo, este fenómeno de la globalización ha recibido fuertísimas críticas por parte de pensadores, políticos, filósofos, organizaciones internacionales, gobernantes de países subdesarrollados y en vías de desarrollo, así como por quienes piensan que la «globalidad» -en realidad- es un proyecto promovido por algunos pocos países centrales para poder conservar su hegemonía económica y cultural sobre el resto del mundo, garantizándose y reservándose para ellos mismos la seguridad y el progreso. Los defensores de la globalización, por el contrario, consideran que ella trae más beneficios que perjuicios, y que las críticas que reciben de sus detractores no sólo son infundadas sino también injustas.

Recientes acontecimientos ocurridos en el ámbito internacional han vuelto a poner sobre el tapete el tema pues, curiosamente, quienes han promovido y adherido a la filosofía «globalizadora» comienzan a sentir en carne propia ciertos efectos adversos de su propio discurso.

La decisión tomada por una compañía con sede en Dubai (Dubai Ports World) de colocar una oferta para tomar el control («take over») de la operación de seis puertos estratégicos de los Estados Unidos -incluyendo el de Nueva York- ha despertado la ira y la inquietud de gran parte de la clase política norteamericana, temerosa de que instalaciones de esa naturaleza puedan quedar en manos del mundo árabe en momentos tan difíciles para la seguridad nacional y la política exterior del presidente Bush respecto de Medio Oriente.
Desde aquí, en Dubai, los árabes plantean que no puede comprenderse cómo los Estados Unidos pretenden democratizar el Medio Oriente e imponerse como campeones de la libertad, la transparencia y el libre comercio cuando, al mismo tiempo, construyen barreras o impedimentos -escudados en razones de seguridad nacional- para que una compañía árabe pueda realizar negocios, respetando las reglas de juego del capitalismo, en forma responsable y transparente, al colocar una oferta pública para un «take over» empresario en territorio norteamericano. La reciente decisión del gobierno de Dubai de «transferir» los puertos como gesto de «amistad» hacia los Estados Unidos, salvando al presidente Bush del conflicto interno, es un gesto enorme de buena voluntad y de política internacional.

• OPA resistidas

Si de resaltar otros ejemplos se trata, el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero resiste y resistirá la toma de control de ENDESA por parte del gigante alemán E.on en beneficio de otra pretendiente al control de origen español -Gas Natural- pues no desea que ese recurso tan importante en economía y relevancia quede en manos extranjeras; y algo similar ha ocurrido en Francia en relación con la fusión de Suez SA con Gaz de France SA, operación que según lo ha reconocido el mismo gobierno persigue obtener una independencia energética en el país y evitar que la empresa Suez pudiera ser objeto de un «take over» por parte de la italiana Enel Spa, bajo la excusa -también- de que se trata de un recurso estratégico «que no puede caer en manos extrañas». Recordemos que todas estas compañías están en la Unión Europea.

Hoy la globalización parece volverse -en ciertos ámbitos- sobre sus propios mentores y cuando éstos prueban su propia medicina, parecería que ésta no les gusta y la resisten. Los argumentos del «interés nacional», la «seguridad de la nación», o la calificación de « recursos estratégicos» -que los franceses han aplicado hasta para una fábrica de yogur- parecen no alcanzar para que los «globalizadores» se resistan a experimentar en sus propios países el fenómeno de la «globalización» que viene del extranjero. Parece ser la hora de poner a prueba la «globalización» en el mundo de los «globalizados». ¿Pasará la globalización este examen?

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