30 de junio 2006 - 00:00

Hija de Illia agraviada

(La hija del ex presidente Arturo Illia dio ayer detalles de cómo el gobierno le impidió a un grupo de radicales, entre ellos Raúl Alfonsín, hacerle un homenaje a su padre en la Casa de Gobierno. Emma Illia habló por radio « Rivadavia».)

PERIODISTA: ¿Qué pasó ayer en casa de gobierno?¿Ustedes había pedido permiso?

Emma Illia: Los radicales, somos gente de ley, ¿sabe? Están los mails del presidente del Comité Provincia, que es intendente de Saladillo, el doctor Gorosito, que prueban que pedimos permiso. Pero el destino siempre es para sorpresa; yo tengo el mismo peluquero que Aníbal Fernández, que está acá, en Vicente López y Pueyrredón. Y cuando no pude conseguir comunicarme con ellos, durante 48 horas, hablé con el señor Grillo de ceremonial, también hablé al señor Oscar Parrilli, secretario de la Presidencia, todos me derivaron, me cortaron la comunicación, me destrataron. Y entonces, entré a la peluquería y le comenté a mi peluquero, Guillermo, esta cuestión. Me dice: «Mire, la señora que estoy peinando es Lidia, la hermana de Aníbal Fernández». Le dije: Pero qué casualidad señora Lidia, qué maravilla, justo nos encontramos en la peluquería, mándele esta notita a Fernández, dele mi teléfono, dígale que se comunique conmigo, porque mandé hacer una linda corona de laureles para poner en el busto de mi padre. Queremos entrar a ponérsela porque es el único busto que hay de mi padre, aquí en Buenos Aires, en un lugar público. Así que de mi puño y letra la tarjeta la debe tener la señora Lidia, que iba a almorzar con su hermano, casualmente.

P.: ¿Era sólo una corona?

E.I.: Yo la había encargado acá en Armando, en la esquina de mi casa. Estaba Alfonsín, que en realidad es de nuestro partido, y que representa acá, después de los juicios de Nuremberg, el gran defensor de los derechos humanos, el que ha presentado hábeas corpus, como mi ex marido, Gustavo Soler, en la época de la dictadura. Pero estos señores, que han comprado un balcón, ahora se compraron la planta baja. Cuando yo me acerqué con Alfonsín y mis hijos, que llevaban la palma a la barrera que ocupaba casi la mitad de la Plaza de Mayo, ¿sabe qué me pareció?, la cortina del miedo y la mediocridad.

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