2 de mayo 2020 - 00:00

Conflictos en cuarentena: la comunicación de las parejas separadas con sus hijos

Para el sano desarrollo emocional de los niños, que se respete la comunicación equitativa y fluída con ambos progenitores.

El libre desplazamiento, no sólo en sentido físico sino también emocional es una experiencia fundamental para la sana estructuración mental del niño.

El libre desplazamiento, no sólo en sentido físico sino también emocional es una experiencia fundamental para la sana estructuración mental del niño.

ABC

La cuarentena sigue extendiéndose. Una porción de la población está compuesta por parejas separadas y en conflicto cuyos hijos se encuentran con incertidumbres al momento de trasladarse desde el domicilio de uno los padres hacia el del otro. Se han multiplicado los planteos ante la Justicia. Más allá del criterio aplicable en cada caso, la situación actual de encierro puede llegar a constituirse en campo propicio para que estos desplazamientos sean entorpecidos tanto desde el punto de vista espacial como emocional, por disfunciones en la dinámica familiar que terminan afectando psicológicamente a los chicos.

En las separaciones conyugales conflictivas puede suceder que, por actitudes de quien se siente más herido o injuriado, el otro padre quede excluído y demonizado para los hijos. En estos casos recae sobre ellos la prohibición -que no necesariamente es realizada a través de las palabras- de nombrarlo, mirarlo, abrazarlo y hasta pensarlo. Se observa en estas situaciones el poder que ejercen en la mente infantil las versiones de la realidad creadas y transmitidas por aquel que tiene hegemonía en la crianza.

El resentimiento que se instala en estos casos entre los “ex” se traslada fácilmente a los hijos, sobre todo cuando éstos se ven inducidos a “elegir” y sostener emocionalmente a uno de sus padres. Por lo general la familia se divide en “bandos” y ciertos eventos que rodearon a la separación se consideran imperdonables. Los niños quedan de un lado de esta línea divisoria, sometidos a rígidas creencias que no pueden cuestionar justamente por su inmadurez. Pueden utilizarse también formas peyorativas o burlonas para nombrar al padre objetado, perdiéndose con ellas el respeto y las jerarquías para los hijos. Frecuentemente suele hablarse de “lavado de cerebro”.

Estos sucesos pueden hacerse crónicos, muy difíciles de revertir y dejar profundas huellas en la mente de quienes resultan más vulnerables.

Cuando uno de los padres limita a los hijos el contacto con el otro, les restringe también la deambulación emocional. Me refiero al permiso de acercarse afectivamente a quien también forma parte de su identidad. Los niños circulan en territorios acotados; hay ciertos lugares que quedan prohibidos o ciertas cosas que no pueden nombrarse. A veces ni siquiera, pensarse. Se dificulta entonces el poder ir y venir de la madre hacia el padre -o quienes ejerzan esa función- y viceversa y tener intensos momentos de encuentro con cada uno mientras el otro tolera “quedarse afuera”. El libre desplazamiento, no sólo en sentido físico sino también emocional es una experiencia fundamental para la sana estructuración mental del niño, ya que permite jugar alternativamente con el amor y el odio hacia ambos padres, en medidas tolerables. Por ejemplo, pelearse y luego “amigarse”.

En los casos en los que se critica o descalifica al “ex” frente a los hijos, el universo afectivo de éstos se organiza en torno a un progenitor que es “todo bueno” y otro que es “todo malo”. Por lo tanto, tenderán a percibir el mundo de esa forma: o blanco o negro, perdiéndose importantes matices en los vínculos con los demás.

Pueden llegar a armarse líos grandes con lo que el niño lleva o trae de una vivienda a la otra. Más aún en estos momentos de aislamiento, en el que falta la ayuda de las niñeras y el encuadre que proporciona la vida escolar. Es frecuente que se originen conflictos cuando los hijos vuelven de la casa del “ex”. Los padres dicen que se los ve raros, impregnados de aspectos del otro o de la familia de éste. Predomina la idea de que en ese ambiente se pueden contagiar -y no solamente de coronavirus Covid-19-, sino de aspectos malos del otro y de quienes conviven con él. Se espera que el hijo vuelva tal como se fue, que la experiencia de realizar ese recorrido no le produzca ninguna modificación. Y es difícil que así sea porque los niños involucrados en estas problemáticas se “mimetizan” fácilmente con los seres de su entorno, para no perder su amor. Es como una forma de supervivencia: cuando están con uno deben rechazar u olvidarse de todo lo del otro. Deben incusive, olvidarse de sí mismos. Cruzar estas fronteras no es fácil...y menos en tiempos de pandemia.

Con frecuencia nos encontramos frente a niños o adolescentes cuyo discurso suena como “aprendido”, por lo que resulta difícil hallar indicadores genuinos de lo que piensan y sienten. Esto incide profundamente en su espontaneidad, porque hasta pierden contacto con su propia afectividad.

El hecho de cargar con odios “prestados”, puede dejar profundas huellas: es frecuente que en los chicos se instale un núcleo de resentimiento que se inicia en la figura del padre objetado pero que puede expandirse hacia otros personajes de la familia. Así se pierden la posibilidad de disfrutar de aspectos enriquecedores de abuelos, tíos, primos, etc. También pueden verse a sí mismos como hijos “abandonados” o “rechazados” por más que el padre en cuestión haya intentado reiterados acercamientos.

Es imprescindible, para el sano desarrollo emocional de los niños, que se respete la comunicación equitativa y fluída con ambos progenitores. Reitero que se trata no sólo del contacto presencial, si no del permiso de conservar en su pensamiento la imagen y el respeto por los dos. En las circunstancias actuales, más que nunca, será fundamental que los padres puedan separar los conflictos derivados de la conyugalidad, de la parentalidad, para poder seguir actuando “en equipo” en la crianza y contención de sus hijos.

(*) Psicóloga. Psicoanalista. Especialista en niños y adolescentes. Integrante del Depto. de Pareja y Familia de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Autora del libro “La familia y la ley. Conflictos-transformaciones”.

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