Inflación en EE.UU.: aún falta la estocada final
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¿Por qué entonces el discurso oficial de la Fed no trae ninguna mención? ¿Su modificación será inminente? ¿Abrirá las puertas a un nuevo curso de acción para la política monetaria? ¿O se empeñará Bernanke en continuar combatiendo a los molinos de viento cual improbable Quijote de Nueva Jersey? (¿Y, de paso, quién es ese personaje subalterno que Cervantes no imaginó -el presidente de la Fed de Richmond- a quien hay que contener para que no siga arrojándole puñetazos a la inflación?)
No es un tópico trivial. No se comprende la bonanza de los mercados de activos de riesgo sin reparar en la decisión clave de la Fed -tomada el 8 de agosto- de interrumpir la suba de tasas que procedía implacable desde mediados de 2004. No es casualidad que los mercados -en su totalidad- se hundieran en una tormenta que azuzó la Fed entre mayo y julio, cuando todavía crepitaba la inflación. Ni que surjan ahora, con igual ahínco -y sin progreso en sus fundamentos específicos-, cuando la inflación ha calmado sus ínfulas.
Bernanke ha probado ser perspicaz, tanto que ha hecho olvidar a su afamado antecesor Alan Greenspan con pasmosa rapidez y eso, hablando apenas la mitad. Que se conozca, su imaginación no ve visiones. Supo frenar el embate de la política monetaria a tiempo -en agosto-, cuando la crisis inmobiliaria tomó la posta y debilitó a la economía. Semanas más tarde, esa decisión demostró ser un paso -parafraseando a los biógrafos de Greenspan-magistral.
Sin embargo, hay dos razones que justifican su postura vigilante. Y explican la voluntad de continuar la batalla hasta asestar la estocada final. Una es que la caída vertical de los precios de la energía es el motor básico de este súbito alivio de la inflación (así como su suba persistente, la causa del problema original). Bastó con que la flojedad de la economía norteamericana se tornara evidente para que los precios internacionales de la energía se desplomaran 25%. Para el consumidor doméstico, su provisión se abarató a un ritmo equivalente anual de 44,9% en el último trimestre (y el costo del transporte -un componente importante de la canasta núcleodeclinó 28,1%).
Como cortesía del éxito de la globalización (y de la debilidad del dólar), empero, la idea de una economía frágil en los EE.UU. no es incompatible con la efervescencia de las cotizaciones de la energía. En el margen, incluso, la mesura que la retracción del gasto agregado impone sobre la demanda de crudo de los EE.UU. es apenas una fracción de los recortes anunciados por la OPEP. Punto uno: no hay garantías, pues, de que la tregua energética sea duradera.
Vinculada a la anterior, hay una segunda razón de peso. La visible mejoría de la inflación no se distribuye de manera uniforme. Tomando los últimos tres meses, la mitad de los renglones que conforman la canasta de costo de vida registra un aumento de precio anualizado igual o superior a 3,4%. Son las observaciones extremas las que explican los avances de los índices promedio de inflación. No es que no haya progreso en general -sí lo hay, ya que la divisoria de aguas es más alta (3,8% vs. 3,4%) si uno toma lo que va de 2006 en vez del último trimestre-, pero discurre lento y resulta natural que la Fed procure una mayor robustez. Segunda conclusión: todavía subsiste una inercia inflacionaria, al comando de un área suficientemente extendida, que evoluciona por encima del umbral tolerable de 2% y que, en presencia de un nuevo shock adverso -por ejemplo, un rebrote de los precios de la energía-, podría cebar un renovado dolor de cabeza.
Entiéndase bien: que la Fed de Bernanke se preocupe es lo que permite que los mercados se despreocupen y -en ausencia de ese shock adverso- continúen con su fiesta.




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