7 de octubre 2004 - 00:00

Kirchner y De Rato quieren lo mismo

La guerra verbal entre el presidente Kirchner y el jefe del FMI, Rodrigo de Rato, es doble discurso y gatopardismo. En el fondo, ambos quieren lo mismo: que la Argentina le deba cada vez menos dinero al FMI.

Kirchner, para gozar de libertad en hacer lo que disponga en materia estructural; y el FMI, para estar cada vez menos expuesto en nuestro país.

En el Country Report que el staff del FMI elaboró en paralelo a la firma del standby del 10 de setiembre de 2003 sostenía, entre otras, tres cosas: 1) que era muy preocupante que la Argentina, siendo el tercer deudor más importante del FMI con casi u$s 15.000 millones de pasivos, se hubiera animado a entrar en atrasos, como ocurrió el 9 de setiembre de 2003; 2) que a raíz de ello, el FMI debería bajar su exposición en la Argentina; y 3) que esa reducción debería comenzar en 2007 (una vez terminado el actual programa caído) y finalizar en 2009 con la cancelación total de la deuda de la Argentina.

Al mismo tiempo, el gobierno de Kirchner le decía a quien lo escuchara que los pagos de capital se harían en la medida en que el FMI asegurara públicamente que haría el reembolso correspondiente. Como se ve, la relación ya comenzaba algo tirante: el FMI con ganas de salirse por completo de la Argentina seis años después de haber sido prestamista de última instancia en 2001 por más de u$s 10.000 millones, y el gobierno de Kirchner con deseos de que el FMI nos hiciera un roll over de todos los vencimientos de capital como mínimo por una década.

• Temas pendientes

Luego del último reembolso del FMI de fines de marzo y después de dos revisiones aprobadas (de un total de cuatro que tenía el programa), el acuerdo en los hechos se cayó: nunca se completó la tercera revisión porque no se avanzó con seriedad en la reestructuración de la deuda externa, no había visos de que se renegociaran los contratos con las privatizadas en un marco de sensatez, no se terminó la compensación a los bancos por la pesificación y la indexación asimétricas, la Ley de Responsabilidad Fiscal que sancionó el Congreso es poco seria, no se sancionó una ley de coparticipación que ayudara a limitar el gasto provincial y no se llevaron a cabo las «due dilligence» (auditorías contables) del Banco Nación y del Banco Provincia de Buenos Aires.

Y es justamente a partir de fines de marzo de este año que el gobierno de Kirchner cambia de manera radical su postura en la negociación con el Fondo. Sigue con su discurso combativo, pero comienza con una política fiscal directamente reaccionaria para un progresista: con niveles de pobreza de 45%, indigencia de 15%, desempleo verdadero (sin Plan Jefes) en casi 20%, decidió aumentar la presión impositiva para maximizar el superávit fiscal y repagarle deuda al FMI. Nunca en el último siglo la Argentina tuvo 4,5% del PBI de superávit primario como ocurrirá en 2004 y 2005. O sea, súper ortodoxia en el resultado fiscal (no en el gasto público) con un discurso de izquierda que hacía 30 años no ocurría en la Argentina.

Frases del presidente Kirchner como «el FMI es el que tiene que reformarse» en su discurso en las Naciones Unidas, o el más reciente piropo dirigido a Rodrigo de Rato de que habla «como si fuera un patrón de estancia» previo a la Asamblea Anual conjunta del FMI y el Banco Mundial, son todas cortinas de humo (igual que aquella denuncia de junio pasado del complot que buscaba «inviabilizar el cambio») para evitar que se vea con toda contundencia una realidad tremenda: el gobierno nos desangra con superávit fiscales extravagantes generados por presiones impositivas nunca vistas en países pobres como el nuestro para, de acuerdo con las «sabias» palabras del plan Fénix, tener independencia económica y poder aplicar políticas económicas auténticamente nacionales en reemplazo de las reformas que pide el FMI.

Ahora bien, si no queremos hacer lo que nos exige el FMI en materia estructural, ¿por qué no le defaulteamos directamente y sacamos los pies del plato en serio?

Simplemente porque cualquiera puede «bancarse» no tener acuerdo con el FMI, pero defaultearle siendo el tercer deudor en importancia y ponerse en contra a todo el G-7 sólo lo han hecho países como el Congo. ¿Cuáles son las políticas nacionales que nos permite el «mix» de no acordar pero no defaultearle al FMI? Genialidades como reabrir ramales ferroviarios con quebrantos multimillonarios, dar créditos blandos a los que toman fábricas en concurso, eliminar el libre comercio de autos en 2006 tal como establece el Mercosur, limitar la importación de textiles, calzado, línea blanca, televisores, subir los salarios por decreto, alejarnos del ALCA y de todo acuerdo de libre comercio con el mundo desarrollado, no cambiar la relación fiscal enfermiza entre Nación y provincias, mantener la discrecionalidad y la prebenda a todo trapo etcétera.

• Exposición

Hasta aquí, el negocio de Kirchner del no acuerdo + no default con el FMI.

Obviamente que por su lado el Fondo (y el Banco Mundial y el BID) también hace el suyo porque está logrando algo que hace rato quería: bajar muy fuertemente su exposición en la Argentina. En 2002, cuando nuestro país no tuvo acuerdo, repagó capital de deuda a la totalidad de los organismos internacionales por u$s 2.400 millones. En el período enero 2003-marzo 2004, cuando sí tuvimos programa con el FMI, cancelamos deuda por u$s 900 millones, y desde que dejamos de tener acuerdo con el FMI en los hechos, a fines de marzo de este año y hasta que termine 2004, habremos cancelado deuda por u$s 2.200 millones. Total: u$s 5.500 millones (5,5 por ciento del PIB) en tan sólo tres años y en el medio de la peor crisis de nuestra historia.

Es más, Rodrigo de Rato tiene razón al exigir a la Argentina un cierre amplio de la reestructuración de la deuda en default y tirar a la basura el poco serio proyecto de renegociación de los contratos de servicios públicos que De Vido envió al Congreso. Pero dado que lo único en lo que insiste cada vez que abre la boca es en esas dos cosas, directamente parece un lobbysta de los bonistas y las privatizadas más que el Nº 1 del FMI. Su discurso debería ser más amplio. Por ejemplo: exigirnos presiones impositivas formales más bajas y menos distorsivas, más apertura de la economía y frenar el aumento del gasto público. Parecería que su negocio es poner cada vez más distancia de un acuerdo con la Argentina para que le repaguemos cada vez más deuda pública.

Como dice el refrán, no queda claro si es más perjudicial para el país Guatemala o «Guatepeor».

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