La crisis obliga a bancos de los Estados Unidos a prestar más
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Fuera de programa, hubo también un convidado de piedra. El festival de compras y adquisiciones de compañías les dejó a los bancos -dentro y fuera de los EE.UU.- una formidable exposición bajo las formas de financiamiento puente y préstamos apalancados (o, simplemente, compromisos asumidos) que quedaron en los libros cuando se precipitó la crisis, ya que los mercados que debían absorberlos se secaron por completo. En un menú indigesto, es un renglón de notable pesadez. Así, las entidades que participan del financiamiento de la compra de TXU (una operación récord que involucra 45 mil millones de dólares) están dispuestos a pagar de su bolsillo la penalidad por desistir de la transacción -1.000 millones de dólares- y, de esa manera, evitar tener que montar la ingeniería por el total. Son los compradores -liderados por KKR- quienes se resisten a su presión. En otras ocasiones, pasó con la cesión de una unidad de Home Depot, son los vendedores los que se allanan a una rebaja de precios (1.800 millones de dólares en tal caso).
En este marco, el crédito bancario en los EE.UU. aumentó en agosto a una tasa equivalente anual de 26,7%. Un salto notable con respecto a 8,8% en julio y a 5,7% en junio cuando reinaba la calma. La tenencia de títulos del Tesoro y de Agencia, en cambio, cayó. Es una conclusión obvia: la contracción del crédito habría resultado monumental si los bancos no hubiesen amortiguado el viraje del apetito de riesgo de los mercados de capitales.
Pero, desde ya, esta solución provee un equilibrio de corto plazo. En el tiempo, los bancos deberán traspasar estos riesgos fuera de su órbita. Es en este contexto que la expresión «cash is king» («el efectivo es rey») cobra pleno sentido. Surgió ya un mercado de préstamos apalancados, sobre una base caso por caso, donde éstos se pueden descargar con descuentos en torno a los cinco/diez centavos por dólar. Otro tanto, desde muchoantes, rige para las hipotecas. Le llevó 36 días a Indymac -un banco hipotecario- desagotar una cartera de 590 millones de hipotecas Jumbo AAA, cuyo único pecado era su gran tamaño (toda aquella hipoteca que exceda los 417 mil dólares no puede ser adquirida por una agencia patrocinada por el Estado y, como tal, hoy en día, carece de liquidez). Este proceso de digestión -que todavía necesita atravesar un período breve, pero intenso de vencimientos de commercial papers- se completa con las inversiones estratégicas de jugadores que toman riesgos a los nuevos precios a cambio de aportes de capital. Bank of America comprando 2 mil millones de dólares en bonos convertibles de Countrywide (lo que en caso de ser transformados en acciones, le darían control sobre 16% de la sociedad) o Joseph Lewis, el multimillonario inglés que tomó una participación directa de 7% en Bear Stearns, son buenos ejemplos.
El tiempo es una variable clave. La otra es el nivel de las tasas de interés. La reticencia de los bancos centrales a cambiar el curso de sus políticas monetarias no hace sino aumentar el valor de las tenencias de cash y dilatar los tiempos de las negociaciones, pero no modifica, en esencia, una dinámica poscrisis con copiosos antecedentes (1998 y 2001/2002). Quizá la única ruptura relevante con el pasado reciente estribe en la aparición de problemas en los vehículos especiales de inversión (SIV) patrocinados por los bancos. Aunque es imposible olvidarse de Enron, que ya los había usado copiosamente para disfrazar su posición financiera antes de sucumbir en 2002.
Obsesionados con el fantasma de los hedge funds, los SIV (y sus variantes: SPIV, SIV lite, AB conduits, etc.) pasaron inadvertidos para todos. El decurso de la crisis los ha sacado a la luz.
Rhineland Funding, un «conduit» domiciliado en Irlanda, pero controlado por el banco regional alemán IKB, arrimó el primer caso ruinoso y encendió la señal de alerta. Las dificultades en el citado vehículo de inversión -que hasta entonces era una mera nota al pie del balance que devengaba una sólida corriente de comisiones-obligaron, no bien difundidas, a motorizar el rescate de IKB.
Así, los SIV ganaron un merecido primer plano. En rigor, no son más que el fruto de un mero arbitraje regulatorio. Fuera de la órbita contable de los bancos, pero patrocinados por ellos (lo que supone la propiedad parcial, en los EE.UU.), permiten replicar una plataforma de financiamiento, libre de restricciones operativas y de supervisión y sin afectar las exigencias de capital. Quienes pidan más regulación después de la crisis -y ya son una legión rugiente-no deberían pasar este capítulo por alto. Los SIV (y sus activos) están amenazando con volver como un búmeran a los balances de los bancos. Y ya no es sólo liquidez lo que demandarían.
Si no un correspondiente aumento de capital. Cuán prolongada será la contracción del crédito (mientras su calidad se mantenga) depende de cómo se maneje esta situación. De cómo los bancos logren convencer a los mercados de capitales para que cortejen a estos vehículos de nuevo y así lograr mantenerlos lo más lejos posible de sus balances.




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