La nueva Constitución europea, con dificultades pero necesaria
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La política exterior requiere la plena unanimidad, lo que erosiona la maniobrabilidad del ministro; el nombre del futuro presidente ya suscita candidaturas encontradas (el aún no concluso episodio de Buttiglione puede repetirse ampliado), y el techo puesto al Parlamento ha de chocar con las expectativas de los nuevos países. Qué es, entonces, lo que se debe celebrar? En primer término, la visión de una Europa más unida y gobernable. Vinculan a los países «los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona, de la democracia, de la igualdad, de la libertad y del estado de derecho» (cita del Preámbulo). El art.I-1 declara que tales valores son comunes a los Estados miembro «en una sociedad fundada sobre el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la paridad entre mujeres y hombres».
Luego, la opción por «el desarrollo sostenible de Europa, basado sobre un crecimiento económico equilibrado, la estabilidad de precios, una economía de mercado fuertemente competitiva que mira a la plena ocupación y al progreso social y sobre un elevado nivel de tutela y de mejoramiento de la calidad del ambiente» (Art.I-3-3).
Y sin agotar su programática, el art.I.1-4, que enfatiza «la contribución a la paz, la seguridad y el desarrollo sustentable de la Tierra, a la solidaridad y al respeto recíproco entre los pueblos, al comercio libre y equitativo, a la eliminación de la pobreza y a la tutela de los derechos humanos».
Cuando le preguntaron a Heinrich Heine si creía cierta la leyenda según la cual Saint Denis -cuya estatua, con la cabeza en sus manos, luce en uno de los pórticos de Notre Damehabía marchado decapitado tras su martirio en Montmartre hasta allí, contestó: «En casos así, lo difícil son los primeros pasos...». Porque, sin el primer paso -y éste lo es, muy significativo-, no se pudo iniciar el camino que llevaba a Roma.



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