28 de octubre 2004 - 00:00

La nueva Constitución europea, con dificultades pero necesaria

Mañana se cerrará Roma. Veintinueve jefes de Estado y de Gobierno se reunirán en la sala de los Horacios y Curiáceos del Campidoglio -donde hace 48 años se firmara el Tratado de Roma, piedra milliar de la Comunidad- para suscribir la Constitución de Europa. Con un costo de diez millones de euros, la ceremonia -televisada por Franco Zeffirelli- tendrá el marco de más de 500 diplomáticos y miles de asistentes y será culminación espectacular de un proceso arduo, aún no concluido. El compromiso de junio en Bruselas, bajo el auspicio de la ampliación de la Unión, pero bajo los traumas del 11/9 (Manhattan) y del 11/3 (Atocha), exhibió voluntad política para superar disensos sobre lo esencial, pero a costa de concesiones, indefiniciones y postergaciones.

En primer lugar, la ratificación del Tratado requiere la unanimidad de los Estados miembro. Estos emplearán ya la vía del referéndum (Francia, España, Gran Bretaña entre once de ellos), ya la parlamentaria ( Italia, Alemania y otros cuatro). Los ocho restantes no se han definido. Si no se logra el consenso, nada hay previsto.

• Complicaciones

El derecho de veto pende sobre temas fiscales, judiciales y de política exterior. La mayoría calificada, tanto en el Consejo de Ministros como en el Consejo Europeo, requiere doble estándar: 55% de países que representen por lo menos 65% de la población de la Unión. Y para impedir la «minoría de bloqueo», las previsiones no descartan complicaciones.

El arribo de Bulgaria y Rumania -socios inminentes- y la negociada adhesión de Turquía -cuya población es considerable no han de contribuir precisamente a solventar estos problemas.

Al lado de esta lista de pérdidas, el saldo de nuevas instituciones, que se declara positivo, no es compensatorio. Una nueva figura, el canciller -que será también vicepresidente de la Comisión-, un presidente electo por mayoría calificada por 30 meses, en sustitución de la presidencia semestral rotativa; un Parlamento congelado en 750 bancas, más que logros estelares vaticinan dificultades.

La política exterior requiere la plena unanimidad, lo que erosiona la maniobrabilidad del ministro; el nombre del futuro presidente ya suscita candidaturas encontradas (el aún no concluso episodio de Buttiglione puede repetirse ampliado), y el techo puesto al Parlamento ha de chocar con las expectativas de los nuevos países. Qué es, entonces, lo que se debe celebrar? En primer término, la visión de una Europa más unida y gobernable. Vinculan a los países «los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona, de la democracia, de la igualdad, de la libertad y del estado de derecho» (cita del Preámbulo). El art.I-1 declara que tales valores son comunes a los Estados miembro
«en una sociedad fundada sobre el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la paridad entre mujeres y hombres».

Luego, la opción por «el desarrollo sostenible de Europa, basado sobre un crecimiento económico equilibrado, la estabilidad de precios, una economía de mercado fuertemente competitiva que mira a la plena ocupación y al progreso social y sobre un elevado nivel de tutela y de mejoramiento de la calidad del ambiente» (Art.I-3-3).

Y sin agotar su programática, el art.I.1-4, que enfatiza
«la contribución a la paz, la seguridad y el desarrollo sustentable de la Tierra, a la solidaridad y al respeto recíproco entre los pueblos, al comercio libre y equitativo, a la eliminación de la pobreza y a la tutela de los derechos humanos».

Cuando le preguntaron a Heinrich Heine si creía cierta la leyenda según la cual Saint Denis -cuya estatua, con la cabeza en sus manos, luce en uno de los pórticos de Notre Damehabía marchado decapitado tras su martirio en Montmartre hasta allí, contestó: «En casos así, lo difícil son los primeros pasos...». Porque, sin el primer paso -y éste lo es, muy significativo-, no se pudo iniciar el camino que llevaba a Roma.

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