También es la pundonorosa lucha de Néstor Kirchner y Daniel Scioli. Por no hablar de otros personajes. Pero, debajo de ellos, el pleito de intereses por la noble causa involucra a dos empresas: Boldt y Casino, una de la familia Tabanelli (forjadores del éxito con la anuencia de Eduardo Duhalde), la otra de Cristóbal López, de meteórico ascenso con el asentimiento kirchnerista. Ambas litigan por la supremacía territorial del juego -hoy concentrada en la provincia de Buenos Aires-, especialmente por las áreas de Vicente López y San Isidro, entre las dos habilitaciones de las diez que piensa entregar el gobierno bonaerense. Se habla, claro, de montos siderales a expulgar en una sociedad ingenua, tentada por la cercanía de esos centros lúdicos. Como vivir en Las Vegas. O en la Capital Federal, ya que el casino de Palermo es una megaciudad subterránea, por no hablar de los dos barcos instalados en Puerto Madero.
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Para multiplicar esas aberraciones en centros urbanos (pegadas a colegios, iglesias o nudos comerciales), de ganancias formidables y poco imaginables, pugnan bajo el paraguas oficial los Tabanelli y López. Unos, antes privilegiados; otros, hoy bendecidos. No tanto el chubutense López (tierra que dotó a Santa Cruz de distintos aportes), a quien ha castigado sin decirlo el obispo de San Isidro, monseñor Jorge Casaretto. Lo hizo a través de una carta a un matutino («La Nación») que reprodujo este diario y luego recicló otro matutino con sensacionalismo en la tapa («Clarín»). Curioso el mensaje obispal: no se recuerda que haya fijado posición tan firme contra el juego cuando se instaló en el Tigre, su jurisdicción -que va más allá de Campana-, en el cual la empresa Boldt tiene intereses. Más cuando un pariente del cura, en una administración municipal anterior, ocupó un cargo de primera línea en el gobierno. Lejos de imaginar una sospecha sobre Casaretto, quien bien podría haber sido confesor de Cristina de Kirchner, pero esos datos se recuerdan pícaramente en las trincheras de López. Tanto que no entienden la rareza de que la Iglesia Católica bajo el mando de Jorge Bergoglio no haya apoyado la carta de Casaretto, tampoco su posición.
Del mismo modo que en tierras de Boldt se escuchan diatribas contra los funcionarios de Scioli, amparados por Kirchner, quienes digitarían a favor de López (o testaferros obvios) la concesión de dos de los bingos para zona norte. Y entonces suministran listas interminables sobre las historias personales de Norberto Pelusso o su segundo Carlos Gallo, éste especialmente, al que le atribuyen favores gigantes para López: por ejemplo, la extensión de los terrenos en Palermo, unos 35 mil metros cuadrados, sin los permisos ni habilitaciones correspondientes. Sobre este detalle pocos hablan, ni siquiera un responsable Mauricio Macri que ha hecho culto de la discreción en este negocio particular. Casi un cómplice. Negocio del cual, como zar del momento, maneja el empresario del Sur que además incorporó a sus pocos hobbies la hípica y hoy tiene más caballos de carrera que Jorge Antonio en sus buenos tiempos del general Perón - cuando regía los destinos de Mercedes-Benz en el país-y, como es un devoto de la excelencia, hasta se importó para él un jockey brasileño (Ricardo) con un currículum demoledor: ganó más de diez mil carreras.
Conexiones
Claro que, según estos ofendidos, Boldt tiene lo suyo: buena relación con la Embajada de los Estados Unidos (es la empresa que generosamente contrató al sanlorencista embajador James Cheek para que los asista en los negocios, sin conocérsele ninguna habilidad al respecto), lugar de donde provienen -dicen-algunos dardos contra López, y con el duhaldismo, favorito en otros tiempos para obtener licencias especiales y, tal vez, no aparecer en el control on line de la gobernación cuando éste inicialmente se aplicó. Versiones maliciosas: también se afirma que López gozó de esa ventaja apenas se inició en Palermo, quizás un premio por lanzarse a esa actividad, finalmente es un «hombre bueno» como lo afirma el decreto de Kirchner que le extendió casi sine die la explotación en el hipódromo.
También Boldt tuvo tropiezos con la Justicia (allanaron la compañía por el tema de las empresas truchas) y, según cuentan, es voluminoso el rosario de faltas que ha cometido ante los reglamentos bonaerenses. Casi para la prisión, aunque habría que esperar la prometida lista con anomalías y desórdenes para comprobarlo. Nadie está a salvo, en apariencia, en las empresas. Tampoco alguna gente de la política. Menos la sociedad condenada a esta exacción que parece voluntaria y que, como gustan promover quienes se forran con las maquinitas (no los jugadores, naturalmente), «el juego devuelve sus ganancias en salud a la sociedad».
Mensaje discutible, por cierto. Como debieran ser también las ganancias, al menos en la jerga presidencial: ¿nunca se les aumentan las retenciones a los tiburones de esta actividad? ¿O acaso se supone que ellos ganan menos dinero que los tamberos, los sojeros o los ganaderos? Para no hablar de los pobres, claro.
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