3 de noviembre 2004 - 00:00

La verdadera riqueza del deudor

En una mansión del barrio Memorial, de la opulenta ciudad de Houston (Texas), invitado a cenar por un importante empresario del lugar, le escuché esta interesante acotación: «Observe usted cuán rico soy, tan sólo personalmente, yo debo la suma de ochocientos millones de dólares».

Si la Argentina es deudora de doscientos mil millones, siendo ésa la pauta más trascendental de su actual quebranto y pobreza ¿dónde está la diferencia con el empresario texano cuya fortuna no vacila en ostentarla a través de su inmenso pasivo?, lo cual lo enorgullece y hace feliz, doy fe. No faltará el necio que supondrá al empresario un expoliador de trabajadores o un maniobrador de finanzas buitre. También doy fe de que se trataba de un creador nato de riquezas y dador de trabajo en todas partes del mundo a través de sus fábricas de válvulas con marca consagrada. Y que su vida transitó por el trabajo y el esfuerzo durante cuarenta y cinco años de labor creativa e incansable.

El ex embajador Castro -de los Estados Unidos- dejó registrada una pintoresca apreciación sobre nuestro pueblo. «En la Argentina viven treinta y seis millones de ministros de economía». Es bastante común hablar con cualquier habitante del país y escucharlos dar su preocupada versión sobre la «deuda externa». Ignorando muchas veces que se ha transformado en una deuda más «pública» que «externa» por el enorme contingente de personas e instituciones de este país que figuran en las listas de acreedores del Estado.

Ahora bien, es difícil aclararles a nuestros millones de potenciales ministros una serie de realidades que se resistirían a aceptar. Contraer deudas pagando intereses con el objetivo de trabajar, emprender sólidos negocios, hacer buenas inversiones, crecer, etc., no es malo en sí.

El problema se presenta cuando la aplicación de los montos que se perciben se pierden en otros destinos no productivos ni previstos. Le ocurrió a Bernardino Rivadavia que contrajo el famoso empréstito con la casa Baring para obras de servicios y desarrollo -que tanta falta hacían en aquel país nuevo de 1824- y los avatares políticos le carcomieron los fondos por la inoportuna y estúpida guerra con Brasil. ¿Qué guerra no es todo eso? Desde aquel acontecimiento -deliberadamente mal comentado por los fundamentalistas del chauvinismo- penetró una psicosis contraria a los endeudamientos públicos sin separar la paja del trigo. Vivimos los argentinos asustados ante cualquier posibilidad de financiamiento genuino de nuestro desarrollo.

Registra la historia que Perón retrató la conciencia colectiva con una frase que le costó muchos sinsabores: «Antes de constituir un empréstito me corto un brazo». Adquirió los empréstitos -no fue necio- y sus brazos duraron intactos por el resto de su vida. Es que últimamente las deudas se habían contraído para financiar armamentos por un absurdo conflicto con Chile o para mantener la elefantiásica carga pública y los efectos de la hiperinflación que estalló en 1989.

EL MECANISMO DE LAS DEUDAS INTERNACIONALES

El peor de los remedios para un país en default es mantener durante largo tiempo esa situación anómala. Ya vamos a alcanzar los tres años en estado de quiebra y eso es letal. Normalizada la Nación se podría comenzar el ciclo de relaciones virtuosas que lleven a la prosperidad y el desarrollo. Nuestras fuentes de trabajo, las empresas, las inversiones, necesitan del financiamiento externo. No es un secreto que pagando tan sólo los intereses se genera un ciclo productivo y creciente. Basta demostrar una auténtica voluntad de pagar. Ello permite solucionar los problemas financieros del pasado, el presente y el futuro.

Todos los países que hicieron la experiencia han llegado a un grado de desarrollo considerable. La Argentina con su actitud continúa retrocediendo y «ajustándose» cada vez más. No cumplir los compromisos externos es conducirnos hacia las peores formas de ese «ajuste» que algunos declaman aborrecer. Si sabemos y somos conscientes que gracias a la doctrina Drago no nos van a ejecutar jamás por las deudas del Estado soberano, tenemos que saber también que el peor camino es permanecer tozudamente como deudores irresponsables. Nada más absurdo e irracional entonces que el «vivir con lo nuestro». El aislamiento lo abandonó el ser humano desde que dejó las cavernas.

En la Argentina de hoy «lo nuestro» está constituido por impuestos, deudas y miseria. Las deudas no se quieren pagar -lo cual es fatal- los tributos son asfixiantes cuando no distorsivos, la miseria es una realidad dolorosa, injusta y difícil de distribuir. Sin perjuicio de reconocer que a algunos no les viene mal esa «distribución». La dirigencia política con vocación de gobernar cuando rechaza la asistencia financiera internacional -y las inversiones- padece de un vicio contra natura. Demuestra carecer de talento e imaginación para obtener los medios que lleven su país hacia la prosperidad y el desarrollo. Todo el que recibe plata prestada debe administrarla con normalidad, utilizando esos valores que le confían con el sólo fin de generar más riqueza. El que no sabe administrar ni generar riqueza no es apto para gobernar. Es natural observar ciertos personajes verborrágicos utilizando su destreza retórica para ocultar el pánico que le provocan los endeudamientos productivos. No son emprendedores. Rehuyen de los grandes desafíos y nunca manifiestan coherencia o entusiasmo alguno en planes o estrategias para el crecimiento.

LA VISION DE LUIS MARIA DRAGO


Luis María Drago, canciller del presidente Roca, logró consagrar ante el mundo una norma internacional mediante la cual se prohíbe atacar un país por razones de endeudamiento. Una nación no es lo mismo que un particular. La persona que hipoteca su casa para garantizar un préstamo y abandona el pago de su deuda, otorga al acreedor el derecho a entablar un juicio, poner en remate la vivienda y cobrarse de ahí. Antes de la doctrina Drago los países débiles no gozaban de defensa alguna. Por ese fenómeno de respeto a la soberanía de los pueblos el ministro argentino logró un juego más justo de las relaciones internacionales. Abrió la puerta grande de la prosperidad para las naciones emergentes. Los estados soberanos gozan de esa ventaja, no sufren los riesgos opresivos de la ejecución. Es una simple cuestión de administrarse bien y crecer. Con crecimiento ninguna deuda es pesada. ¿Tan difícil es administrarse bien? Para los que se acostumbraron a vivir protegidos, al amparo del gasto público, sin esfuerzos, «promovidos» o con «lo nuestro» desde luego que cualquier deuda a la corta o a la larga es pesada e insufrible. La puerta que abrió el argentino Drago la aprovecharon muy bien Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Irlanda, Grecia, Portugal, otros más y -para nuestro sonrojo- los cercanos Chile y España. Mientras tanto estos buenos criollos del extremo sur seguimos con las mañas y el triste destino del Viejo Vizcacha.

(*) Historiador y profesor de Derecho Internacional Público.

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