Las nuevas tecnologías y nuestros derechos, ¿se puede legislar a un cyborg?

Uno de los aspectos tecnológicos más promisorios de la historia de la humanidad son las interfaces entre un cerebro humano y una computadora. Si bien llevan muchos años de investigación, no dejan de ser tecnologías emergentes y por ende bastante inmaduras en diferentes aspectos.

La nueva revolución tecnológica y hasta humana exige cuanto antes comenzar a trabajar en marcos regulatorios abarcativos de los principales riesgos.
La nueva revolución tecnológica y hasta humana exige cuanto antes comenzar a trabajar en marcos regulatorios abarcativos de los principales riesgos.

Las tecnologías como Orb y Neuralink, de las más difundidas en esta especialidad aunque no las únicas, logran estas interfaces “cerebro-computadora” con una evolución inusitada y con sofisticaciones crecientes.

Todas las tecnologías nos dan y nos quitan. El “GPS” nos guía por cualquier lugar del mundo y, mientras tanto, relaja nuestra memoria y habilidad de ubicación espacial. El “ChatGPT” nos ahorra horas de escritura y nos resta creatividad y capacidad investigativa. Estas nuevas herramientas podrán darnos un abanico de increíbles soluciones para la salud, y sepamoslo: nos quitarán mucho también. Lo más importante en este intercambio es que, dentro de un supuesto marco de legalidad, estemos de acuerdo con la ecuación o relación costo beneficio. Pero para entender de qué va este “trade-off” debemos utilizar algo del poder de nuestra imaginación.

Comencemos con esta sencilla pregunta: ¿Qué nos pueden dar estas herramientas? Sin lugar a duda serán revolucionarias en materia de salud, diversión, investigación, comunicación y aprendizaje. Para solo citar ejemplos, en materia de salud podría contribuir a diagnosticar y tratar enfermedades neurológicas como la epilepsia, el Parkinson, y la depresión; también restaurar la función motora en personas con parálisis y hasta animar prótesis controladas por el cerebro. En otras palabras, esto será crear “cyborgs”, es decir, humanos con dispositivos cibernéticos con el objetivo de mejorar capacidades de la parte orgánica mediante el uso de tecnología. Estos ya existían en la ciencia ficción, y como tantas otras veces, se han vuelto parte de nuestra realidad. En definitiva, la realidad volverá a superar a la ficción.

Entonces si bien estas tecnologías, como observamos, tienen el potencial de revolucionar la forma en que interactuamos con el mundo, también generan importantes preguntas sobre cómo éstas podrían afectar dramáticamente nuestros derechos.

Según como sean implementadas, y la legislación del país del cual se trate, podrían afectar la privacidad, al permitir la extracción de información personal y sensible directamente de nuestros cerebros sin preguntarnos, mediante la firma de un consentimiento en el acto de la implantación. Aquí será importante explorar cómo se dará este necesario consentimiento que dará el usuario.

Otro punto que puede resultar preocupante es la autonomía. Sabemos que controlar un dispositivo por medio de una computadora es hoy posible. Entonces, ¿un brazo postizo podría ser hackeado y en lugar de ser controlado por el cerebro autorizado, que sea administrado por otra máquina? ¿y por otro cerebro humano? Volvemos al consentimiento e irremediablemente a la ciberseguridad.

Adicionalmente, la tecnología en cuestión en un inicio será para personas de elevado o elevadísimo poder adquisitivo ¿Qué opinarán las sociedades en el mundo respecto del dilema “igualdad versus necesidad”? ¿Cómo se garantiza el acceso igualitario a esta tecnología en temas tan importantes como los de salud? ¿Las aseguradoras están ya pensando en brindar cobertura ante la pérdida de algún miembro del cuerpo a causa de un accidente?

Existe un punto crítico que comienza a desafiar nuestras creencias sobre el cuerpo, la mente y la identidad. Basta con que nos preguntemos lo siguiente: si perdiéramos un dedo y pudiéramos controlar otro robotizado con nuestra mente, o un brazo, o ambos, y sumamos las piernas … ¿Cuál es el límite mediante el cual nuestro cerebro podrá controlar un cuerpo totalmente robotizado? ¿Podrá ser un cyborg, en lugar de un humano con partes cibernéticas, ser un humanoide con algunas pocas partes humanas? ¿y si quisiera controlar otros dispositivos a distancia? ¿Podremos almacenar nuestra conciencia, tal como lo proponía el historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari?

Tal vez éstas preguntas nos colocan en una nueva dimensión de la mencionada ciencia ficción. Solo bastará esperar 20, 30 o 40 años para volver a asombrarnos. Será suficiente ver cómo a la humanidad causará más asombro y resultarán atractivos los juegos paraolímpicos que comenzarán a producir nuevos récords de una manera nunca vista. Donde las personas con discapacidad mostrarán más capacidad, súper capacidades. Donde viejas series como “El Hombre Nuclear” o “La Mujer Biónica” (años ´70) volverán a ser ejemplo de que la ficción se vuelve realidad.

Y así como la Inteligencia Artificial viene asombrándonos día a día, estamos claramente frente a una nueva revolución tecnológica y hasta humana que exige cuanto antes comenzar a trabajar en marcos regulatorios abarcativos de los principales riesgos arriba comentados. Asimismo, respecto de la amenaza a nuestros derechos de privacidad, de igualdad, de ser controlados como consecuencia de ciberataques y, fundamentalmente, de pérdida de identidad y peor aún, el riesgo más grande que jamás haya experimentado el ser humano en toda su historia: la pérdida de humanidad.

Socio de Consultoría y GRC, BDO en Argentina.

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