Ego, política y liderazgo

Opiniones

¿Qué tienen en común políticos y artistas? ¿Por qué no es lo mismo que un líder sea fuerte a que lo sea su liderazgo? ¿Cuál es el fenómeno que genera que no siempre los mejores puedan llegar al poder?

Por Mauricio Vázquez

Todo aquel que alguna vez se haya tomado en serio la tarea de analizar la política, más allá de las coyunturas puntuales, habrá observado que los políticos tienden a parecerse. Figuras de poder que difícilmente compartan los mismos orígenes o latitudes, suelen tener ciertos rasgos característicos que son fáciles de notar para quien ejerce su tarea cercano a ellas.

Desde ya, la palabra “político” dice poco. No todos aquellos que se encuentran dentro de la esfera del poder público ejercen la misma función y, por tanto, si bien para el gran público todos son “políticos”, a los efectos de esta nota me centraré en aquellos que se encuentran determinados, como bien supo señalar Max Weber, por una vocación clara de disputar, conquistar y ejercer poder o, en los términos del polémico Carl Schmitt, de aquellos que aspiran a que sea su voluntad la que prime en los momentos de excepción.

Estas personas, por lo general, tienen ciertas características que bien podrían encontrarse también en los artistas con quienes comparten cierto necesario afán de protagonismo y la voluntad de manifestar o representar lo increado, entre otras. Esto último es fácil notarlo en el hecho de que cada político que se aprecie de tal, cuando se le pregunta por qué eligió esa profesión, habrá de contestar algo muy similar a “porque quiero cambiar la realidad”. En personas así, el ego es una herramienta tan fundamental como el liderazgo y, en gran medida ambos conceptos se interrelacionan irremediablemente, aunque, como en cualquier alquimia, sus proporciones determinan cuán curativa o tóxica resulta la fórmula.

Un político con un ego subdesarrollado rara vez llegará a su meta puesto que, en el inevitable fragor de las batallas por el poder, será fácilmente superado por aquellos otros cuya cuota de conciencia de sí mismos sea notablemente mayor. Por ende, en estos casos, la capacidad de liderar seguidores se verá sumamente disminuida y la disputa de poder se volverá imposible. Del mismo modo, un ego superdesarrollado se transformará en liderazgos negativos con la consecuencia inmediata de establecer graves fenómenos de selección adversa al momento de elegir y señorear a su equipo y entorno inmediato.

Usualmente, cuando en mis charlas sobre el tema menciono estas cosas, suele surgir de forma espontánea la pregunta de si pueden existir grupos de poder sin “líderes fuertes”, entendiendo por tales a aquellos políticos con un ego con franca tendencia a la desmesura. Como bien supo comprender el gran Guillermo O´Donnell, esta visión tan arraigada en nuestra América Latina de cómo debe ser un líder, ha traído consecuencias inmediatas en el modo en que se han conformado nuestras democracias y en la forma en que nuestras constituciones, a pesar de estar inspiradas en modelos anglosajones, se han ido deformando hacia cesarismos que no pocas veces terminan lisa y llanamente en autoritarismos confesos.

Es por eso que cuando esto sucede, intento explicar que no es lo mismo un líder sea fuerte a que lo sea su liderazgo. Como ha explicado la Doctora en Ciencia Política argentina, Matilde Ollier, “el liderazgo resulta una actividad que supone una relación que se activa para resolver determinado problema, o para promover un resultado decisional deseado, y que se desarrolla en un contexto y en un tiempo”. Nótese que esta definición invita a quitar el personalismo de por medio y comprender que el liderazgo ya no depende de determinado hombre o mujer, sino de relaciones legítimas que pueden, y a mi entender deben, institucionalizarse.

Institucionalizar el liderazgo en política no es otra cosa que fortalecer los partidos políticos, sus cartas orgánicas y los concomitantes procesos de participación de afiliados y selección de candidatos, y alejarse del movimientismo personalista que tanto mal le ha hecho a nuestro país. Todo esto, en última instancia, no es otra cosa que establecer un cause por el cual puedan fluir los egos tan necesarios que mencionaba en un principio sin que estos terminen desbordándose.

Al mismo tiempo, estos mecanismos evitan (o cuando menos menguan) los fenómenos de selección adversa que mencionaba anteriormente. Y esto porque cuando la selección de candidatos y equipos de poder recae únicamente en egos henchidos, solo aquellos que son capaces de complacer al líder de turno, evitando ser señalados como peligros fácticos a su permanencia en el poder, son quienes terminan ungidos con la posibilidad real de acceder a las listas que luego legitima el pueblo. A su vez, este último, va perdiendo lentamente su carácter de soberano al solo poder acceder a un menú de candidatos que difícilmente comprendan que su lealtad no es para con ese líder que los bendice sino para con ese pueblo que deben representar. Esto último, de hecho, pudo evidenciarse hace pocos días atrás en el Congreso de la Nación y varias legislaturas subnacionales, cuando más de un legislador prestó su juramento aludiendo a sus jefes políticos y no a la Patria o la Constitución.

Cabe señalar también que este fenómeno de selección adversa se traduce necesariamente en una dirigencia política carente de convicciones personales y de formación profesional; características que son favorecidas por la propia dinámica de un sistema que facilita el imperio de líderes negativos solo interesados en su permanencia y no en la construcción de equipos de gobierno que estén a su altura o que incluso los puedan trascender.

Por último, es importante advertir que, si bien esta reflexión estuvo inspirada en el mundo público, lo mismo suele observarse en el sector privado cuando la gestión de los recursos humanos no se lleva adelante por profesionales advertidos de estas dinámicas negativas que no son propias únicamente del mundo político sino de la mera convivencia de humanos en su entorno social.

Director & Fundador del Mentor Público, https://mentorpublico.com

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