30 de junio 2004 - 00:00

Los dueños del viento

Si observamos con detenimiento la historia de la humanidad veremos cómo la evolución del hombre y la sociedad se basa en la forma de superar los desafíos que se le fueron presentando en cada etapa: el frío, el hambre, la guerra, las catástrofes y plagas, el crimen, el sexo y, en forma más sofisticada, la familia, el Estado, la nación, el planeta.

Este mismo listado sigue presente e irresuelto después de 10 mil años para la mitad de la población mundial.

La Argentina es un país privilegiado. Con la excepción de su Guerra por la Independencia, la peste de fiebre amarilla en 1870 y el terremoto de San Juan en 1944, no ha tenido que superar ninguna de las tragedias climáticas, étnicas, sanitarias, bélicas, económicas y sociales que azotan a la inmensa mayoría de los países.

Se presenta así la paradoja de una nación que debiera ser exuberantemente feliz y que, por el contrario, se ha caracterizado durante los últimos 50 años por su retroceso económico-social, su tendencia a la expulsión externa y exclusión interna de un porcentaje significativo de su población, y una evidente degradación de su nivel dirigencial (alcanza con recordar, al solo efecto ejemplificativo, que Rosas, Urquiza, Sarmiento, Roca, Alem, Alberdi o Avellaneda conducían esta comunidad y sus conflictos hace más de 100 años).

Por supuesto que la nostalgia histórica y el diagnóstico (por más preciso que sea) sirve para poco cuando ninguno de los protagonistas individuales o sectoriales presentes puede considerarse excluido de la responsabilidad activa en la producción de semejante desastre.

El actual gobierno es un perfecto ejemplo de cómo aún se puede agravar esta situación y persistir en el rumbo descripto.

Volver a plantear el conflicto interior-Bs. As. ya superado hace décadas; reabrir las profundas heridas de la década de los '70 cicatrizadas, después de un largo proceso de reconciliación que nos llevara 25 años; deteriorar los pilares de una sociedad democrática como son los partidos políticos, el monopolio de la fuerza en el Estado y la obscena exhibición de un poder unipersonal y arbitrario.

Y todo este absurdo se funda en la circunstancial y temporaria bonanza de una coyuntura (gracias a Dios) favorable que se imagina no sólo permanente y creciente sino también conducida, creada y dirigida desde la Casa Rosa-da.

Claro que este delirio no es original. Perón con la posguerra, Frondizi con la expansión de los '60 y Menem con el fin de la Unión Soviética pudieron soñar y cosechar parte de un crecimiento global que los tocó con su varita mágica.

Otros, en cambio, tuvieron menos suerte: Onganía, que llegó al poder en la antesala del mayo francés y la derrota de Vietnam; Videla, que quiso congraciarse con la superpotencia aniquilando guerrilleros justo cuando Carter lanzaba la nueva política de derechos humanos, o Galtieri, que confundió el valor para la CIA de su asistencia a Somoza en Nicaragua con la solidez de la Alianza Atlántica entre EE.UU. e Inglaterra durante la Guerra de Malvinas.

Un país periférico como la Argentina tiene que entender que es sólo propietario de la tabla de windsurf y que no es dueño ni generador de los vientos que navega.

Ahorrar en la bonanza, consolidar las instituciones y la Unión Nacional, asociarse sólidamente con los vecinos para hacer más atractiva y confiable la región, y demostrar continuidad y previsibilidad en las conductas sociales y los gestos individuales, son una simple pero efectiva política de Estado que nos permitirá transitar los buenos y los malos momentos tal como lo vienen ejecutando con éxito Chile y Brasil.

Los delirios espasmódicos y los golpes de suerte, confundidos con la genialidad mesiánica o la estrategia preclara, sólo terminaran en el previsible y no querido desastre.

El gobierno es joven, tiene tiempo y apoyo popular suficiente para reflexionar, rectificar rumbos y aprovechar la experiencia histórica para no repetir ni inventar nuevos errores.

A 200 años de nuestra existencia como Nación, nos merecemos un destino mejor.


(*) Ex Embajador en los Estados Unidos

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