4 de julio 2007 - 00:00

Moisés se hace el loco

El intelectual y ex funcionario Moisés Ikonicoff se prestó a un jugoso diálogo por radio en el cual simuló, como los rockeros, la locura para decir lo que se le pasa por la cabeza, algo que parece vedado a los individuos comunes. Recordó algo de su pasado y contó su despedida de la política y del mundo académico. Fue en el programa de Sebastián Basalo por «Radio 10». Aquí un fragmento.

Moisés Ikonicoff
Moisés Ikonicoff
MOISES IKONICOFF: Estoy completamente loco. Hay varias explicaciones, una que estoy completamente loco. La segunda es que en el Renacimiento se creó un tipo de ser humano, Tomás Moro, Erasmo, Castiglione decía eso, que el hombre tenía que ser todo: militar, deportista, poeta, político, pintor, todo. Ninguna actividad humana debía escapar al hombre. Y yo debo ser un hombre del Renacimiento. O estoy loco, o soy un hombre del Renacimiento (se ríe).

Periodista: Puede ser un poco de las dos también... Ya cuando le tocó ser funcionario, también rompió el molde.

M.I.: Sí, yo vivía de escándalo en escándalo. Es mi manera de ser. No soy un tipo presentable. Pero la mayor parte de mi vida, trabajé, buen... no trabajé, digamos que robé con la economía.

P.: ¿En dónde más?

M.I.: (Se ríe) De la economía a la historia, a la filosofía, al psicoanálisis... me encanta hablar de las boludeces del prójimo.

P.: ¿Por ejemplo?

M.I.:
Siempre he sido un combatiente feroz del psicoanálisis. Lo he odiado. Y ésta es una sociedad que está llena de psicoanalistas. La Argentina es, junto con Francia, el único lugar donde todavía existe el psicoanálisis. En los demás países ha perdido vigencia, y es reemplazado por algo mucho más eficaz, que es lo que se llama conductismo.

P.: ¿En qué consiste?

M.I.:
Los psicoanalistas te dicen, «el síntoma no importa, hay que ver el fondo». Los conductistas dicen, «el fondo no existe, hay que ver el síntoma». Entonces, vos curaste el síntoma, y curaste la enfermedad. En cambio, los psicoanalistas hablan de una hipótesis a la que toman como si fuera una verdad, que es el inconsciente.

P.: ¿Y qué?

M.I.:
Han mandado a la ruina a todos aquellos que han querido, a los que han ido en serio al psicoanálisis, con una angustia, por ejemplo.

P.: En la Argentina además todos somos ministros de Economía, técnicos de la Selección...

M.I.: Yo viví treinta años en Francia, en Europa, y es un país donde no se habla. Pero decime, ¿vale la pena tener una vida en serio? Acá son chantas, pero divertidos. Para mí la mayor alegría, y le doy gracias a Dios aunque soy ateo, es haber podido volver a la Argentina, después de treinta años de vivir en Europa.

P.: ¿Por qué?

M.I.:
Para poder sentarme y mojar mi media luna en el té con leche. Y eso es extraordinario, quienes han vivido en el exilio saben bien lo que es la carencia de esas cosas...

P.: ¿Usted se fue exiliado?

M.I.: Fui un exiliado precoz. En esa época era revolucionario, creía en la revolución, todas esas boludeces. Caía cada dos por tres en cana, era presidente de FUBA y me la tenían jurada.

P.: ¿Cuándo fue?

M.I.:
En la época del plan Conintes, con Frondizi. El comisario me llevaba en cana, me largaba y decía: «La próxima vez, cuando tengamos las manos libres, vas a ver».

P.: ¿Por qué?

M.I.:
Les hacía chistes cuando me interrogaban. Eran unos pelotudos burócratas que tenían que escribir todo lo que yo les decía.

P.: ¿Qué les decía?

M.I.: Me preguntaban por el «Fondo secreto del Partido Comunista» y respondía: «No puedo contestarle porque no soy comunista, soy socialista». «Bueno -me decían- hable del fondo secreto del Partido Socialista». Respondía: «Ah, eso no lo puedo decir porque es un secreto.

P.: ¿Qué hacían?

M.I.:
Y el boludo anotaba. Pero la noche que cayó Frondizi, yo dije: «Creo que éstos ahora deben tener las manos libres». Y me rajé de casa. Me fueron a buscar, estuve tres meses rajando y después me fui a Europa.

P.: Ahí llega a La Sorbona...

M.I.: ...con una mano adelante y otra atrás. Bueno, con una bequita. Hice el doctorado. Me presenté a la carrera docente, pasé los concursos, me salió bien y seguí adelante... De verdad que no me puedo quejar, a mí me ha tratado bien el exilio, pero me faltaba todo. Soy un tipo que viene muy de barrio.

P.: Con ideas...

M.I.:
Antes tenía ciertas convicciones ideológicas, ahora no creo en nada. Ni en mí mismo (se ríe). Me he decepcionado de todo, pero he sobrevivido bien. Hay tipos que se decepcionan de una fe, de una convicción, y se pegan un tiro. Lenin decía, cuando la teoría no coincide con la realidad, bueno, peor para la teoría.

P.: ¿Está de acuerdo?

M.I.:
Sigo a Lenin en ese sentido, y digo: «Bueno, si la realidad no coincide con la teoría, este, verifiquemos qué es la realidad», y el mundo es tan complejo, tan maravilloso, tan multiforme, tan sorprendente, que uno siempre tiene cosas para descubrir.

P.: Usted tuvo trato con Perón.

M.I.: Cuando estaba en París me hicieron un contacto con él, que vivía en Puerta de Hierro. A él le había gustado un artículo que yo había sacado en la revista «Nouvelle Observateur» sobre la ecología. Perón se interesaba en esa época por la ecología y yo hablaba muy mal de la ecología. Decía que la peor contaminación es el trabajo, así que todo lo que se pudiera hacer para no trabajar era bueno (se ríe).

P.: ¿Se lo dijo a Perón?

M.I.:
Empezamos a hablar, yo iba a visitarlo a Puerta de Hierro, y a Torre Molinos, al Hotel Presidente, donde pasaba las vacaciones.

P.: Pero cuando regresa al país, viene también usted.

M.I.:
Me mandó un telegrama y me pidió si quería venir al país. Dejé la cama sin hacer. Perón me pidió que creara un instituto como el que yo dirigía en París, que era un instituto de desarrollo económico y social. Y cree el Instituto Nacionalde la Administración Publica, INAP. Fui el primer director del INAP. Hasta que Perón murió.

P.: ¿Qué pasó después?

M.I.:
A los tres días me echaron. Y a los dos meses ya había amenazas de la Triple A, «Rajate en tres días o te hacemos la boleta». En esa época era difícil saber si era un vecino que quería joderte o si era verdad. Así que me tuve que rajar.

P.: Y después Menem...

M.I.:
Cuando era candidatosí. Lo vi, y por supuesto no hablamos de nada, porque con Menem no podés hablar, hablás en chiste, cosas así. Menem es un tipo onírico, sueña. Es un atorrante como yo. Me dijo: «Venite», y nada más que eso. Y yo le dije de nuevo a mi mujer: «Me acaba de llamar a la Argentina el presidente». Y dejé de nuevo la cama sin hacer y me vine.

P.: Estuvo en ANSSAL, ente de las obras sociales...

M.I.:
Sí, exactamente dieciocho días. Me mandaron a mí porque yo era amigo de los sindicalistas. Había que distribuir plata sin ninguna justificación. Pero yo soy un judío problematizado con el dinero, soy muy avaro, a mí no me gusta dar dinero, ni mío ni del Estado.

P.: ¿Qué hizo?

M.I.:
Yo veía a los tipos que decían: «Firmame un cheque por tres millones». ¿Qué voy a firmar esto por tres millones, están locos? Paré las obras sociales durante quince días porque no quería firmar nada.

P.: ¿Fue su última experiencia en a función pública?

M.I.: Sí, fue la última. Cuando Menem me echó dije: «Gracias Carlos».

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