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19 de diciembre 2022 - 13:58

El campeón de un mundo ideal

El arribo de este plantel nacional a lo máximo tiene costados muy vinculados con la argentinidad.

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Acaso no haya otra expresión popular tan genuina como la que genera el fútbol. Nada en este mundo, tan propenso a escuchar mensajes equivocados, tan sensible a noticias falsas o a que la verdad no importe, se compara con el mensaje universal de la pelota y de aquellos que entregan su arte y su talento en pos de un espectáculo que, es cierto, mueve millones de personas y obscenas cantidades de dinero, pero que tiene un costado lúdico que es el que nos tiene hoy y aquí absolutamente conmovidos porque la Selección Argentina ganó la Copa del Mundo de Qatar.

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El arribo de este plantel nacional a lo máximo tiene costados muy vinculados con la argentinidad, aunque solo uno de ellos --Armani-- pertenezca a un equipo argentino. La Selección está formada por pibes que viven en lugares del planeta muy lejanos al nuestro --y al de ellos, claro está-- y, sin embargo, encuentran en la Selección un lugar para mitigar el desarraigo, un sitio en donde Leo Messi vuelve a La Bajada o De Paul está todo el tiempo en Sarandí. Fue lo primero que consiguieron.

Transportarse a sus orígenes, ser quien realmente son o quieren volver a ser en cada convocatoria, tratar en todo momento de retomar costumbres que tenían en sus años “argentinos”, escaparse de sonidos extraños, de idiomas que no son los que los criaron y volver a esas palabras que se usaban en la plaza del barrio o en la cancha de baby futbol.

Los jugadores Campeones del Mundo se abrazaron a su identidad casi como a un tesoro. Ellos conviven en un lugar en el que sus “otras” identidades no entran, en el que Dibu Martinez abandona su perfecto inglés británico y puede hablar como cuando el invierno marplatense arreciaba e iba bien abrigado al Colegio Sagrada Familia o puede caminar y sentirse como en las tardes de Domínico en las que lo peloteaba Pepé Santoro y tirar esas manos enormes hacia una pelota descascarada, sobre una cancha más descascarada aún. Y es justamente eso lo que lo hace feliz, lo que genera un vinculo irrompible con la Selección, amén de las herencias sobre el amor por la camiseta celeste y blanca que vienen desde tiempos de Passarella, Kempes, Maradona y Ruggeri.

No es que las anteriores generaciones no hayan sido “argentinas”. No se trata de eso. Lo que pasa con estos jugadores en particular es que buscan esa argentinidad, se apoyaron en ella para ir por la gloria. Tampoco se habla acá de la Bandera, el Escudo o la Escarapela. Es otra cosa. Es el origen, el barrio, mamá y papá, los hermanos. la novia, la noche que conocieron a sus grandes amores, la tarde que perdieron algún partido importante o hicieron un gol decisivo cuando el sol caía. Los chistes, la música, la actitud, los abrazos, todo todo es bien argentino. Y eso es para ellos la Argentina y fue la Argentina en cada momento. Es algo que nace desde la conducción misma.

Tampoco es casual que Leonel Scaloni llore como un chico cuando ve imágenes de Pujato que le recuerdan a sus inicios en el fútbol y las llamadas a casa con el prefijo 03464, aunque sean de un minuto, para escuchar la voz de la vieja o del viejo. Y porque también Scaloni vive este regreso a sus cosas mas queridas. Seguramente, en Mallorca, a donde lleva una vida llana y bastante cercana a lo ideal, con clima perfecto y con su bicicleta ya definitivamente reemplazando al auto, encontró su felicidad y sus hábitos, pero la Selección, como a todos, le permitió volver a ser aquel, regresar un tiempo a Pujato y a las cosas de su argentinidad.

Y Leo Messi, ni hablar. Es el que más disfruta esos mates de la mañana porque es el que menos se fue de Rosario, es el que todavía habla con la tonada con la que hablaba con su amigo Luli o desafiaba a la categoría 86, en la que jugaba su también amigo Laucha Formica. Leo encuentra en ese grupo y entre esas paredes los mismos tiempos en los que esperaba que papá Jorge llegara de trabajar para darle un beso o en los que iba corriendo a los brazos de la abuela Celia. ¿Y Julián Alvarez? Siempre está en Calchín.

Como a Messi, su tonada lo delata. No hay Guardiola que se la saque, no hay Haaland que impida que su pueblo esté siempre en la memoria y en el corazón. En ese predio enorme de la Universidad de Qatar, apenas una estación de Metro antes que el ahora legendario e inolvidable Estadio Lusail, vivió un grupo que se aferró a su gen argentino, a sus cosas de siempre, recurrió a sus más queridas sonrisas, a los más cálidos abrazos, a los más sagrados sentimientos de pertenencia.

Es probable que haya mil explicaciones más de por qué Argentina es Campeón del Mundo. Seguro que hay mil y más también. Sobre todo, explicaciones vinculadas con el juego, con el entrenador, con la relación DT - futbolistas, con lo bien que mezclaron Scaloni y Messi, con lo genial que se llevan De Paul, Messi, el Papu Gomez y Paredes, con lo sano que es que Lautaro Martinez abrace emocionado a Julián Alvarez después de su consagratoria noche contra Croacia, siendo que Julian se quedó con su puesto o que el propio pibe de Calchín encabece la corrida hacia Lautaro cuando el delantero del Inter metió el penal decisivo contra Países Bajos. Todo eso está muy bien, como está fantástico destacar que Scaloni tiene la enorme virtud de hacer lecturas previas acertadas antes de partidos de alta presión, como los que Argentina jugó en Doha.

Pero hay otra parte, acaso menos tangible, menos visible, que es el sentido de pertenencia. Todos vuelven a sus raíces, todos encuentran en sus reuniones motivos para tomar un mate y ponerse al día, para hacer bromas y reírse como nenes, armar feroces campeonatos de truco o bien, contarse sus cosas y tratar de acompañarse si alguno necesita una caricia o, simplemente, una palabra.

El Campeón del Mundo es el campeón de un mundo ideal, diferente al que imaginamos, en el que las calles, las ilusiones, los sueños y las vidas son las que ellos quieren o donde ellos quieren. Y lo grandioso, es que lo que sueñan y lo que quieren es que esas vidas y ese mundo ideal tengan un único lugar de realización: la Argentina. Por eso, la gente, esa que llenó cada rincón del país y nosotros vemos en pantallas desde Qatar, está feliz, lo siente como ellos. Caminan las calles que ellos caminan, sueñan lo que ellos sueñan, viven lo que ellos viven.

Acaso este sea, junto con esa Copa que brilla en las manos de Leo Messi, el mayor logro de Argentina Campeón del Mundo 2022.

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