Newbery: muerte temprana pudo frustrar al país
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El viernes pasado, se cumplieron 90 años de la muerte del ingeniero Jorge Newbery, un pionero no sólo de la aviación. Tenía 39 años, y su muerte temprana frustró posibilidades que, en un ensayo de imaginacion, pudieron darle al país otro rumbo.
Jorge Newbery se desvelaba por traer industrias, fábricas, energía, comunicaciones, ciencia y transportes modernos. Aviones y automóviles fueron sus objetivos puntuales en la época que le tocó vivir. Les costaba entender a los maestros de las disciplinas sociales que ese progreso nos generaría mejores libertades públicas y desarrollo. Algo que están muy lejos aún de comprender los eternos paladines del populismo. Tuvo otras inquietudes, siempre profundas, destinadas a superar la mera condición de país bucólico y aislado en que arriesgaba caer la Argentina de entonces. Nuestros profesionales -menos aún, los políticos- no se interesaron por las grandes concepciones innovadoras.
Gracias a Jorge Newbery, nos estábamos acercando a aquel primer mundo de los comienzos del siglo XX.
Frecuentaba en Europa a Lars Magnum Ericsson, el ingeniero Saulnier y su socio Lyon Morane, Werner Von Siemens, Gustave Eiffel, Louis Bleriot, Henri Farman, Roland Garros, Louis Breguet, Edouard Audemars, Edmond Perreyon, Santos Dumont, etcétera.
Por todo esto, nos lamentamos cuando decimos que Newbery debió haber vivido otros cuarenta años para intentar modificar el decadente destino de la Argentina en el siglo XX. Si nos hubiera acompañado hasta sus ochenta años, si hubiese vivido hasta la mitad del siglo, imaginemos las fábricas, el avance tecnológico, el progreso y el desarrollo magistral que este coloso habría podido desplegar en esos cuarenta años, con sus iniciativas y creaciones. Era un predestinado, y lo perdimos en un accidente absurdo.




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