27 de junio 2026 - 00:00

Ocupado por una hora: la trampa estadística que maquilla el empleo en la era Milei

Marco Aurelio escribió en sus Meditaciones una idea que vale para cualquier comunicado oficial: “Todo lo que oímos es una opinión, no un hecho”.

La estadística oficial considera ocupada a una persona que trabajó al menos una hora en la semana de referencia.

La estadística oficial considera ocupada a una persona que trabajó al menos una hora en la semana de referencia.

Radio Fueguina

La distancia entre lo que se dice y lo que efectivamente es atravesó dieciocho siglos sin perder vigencia. El INDEC publicó esta semana el informe de empleo del primer trimestre de 2026, y esa distancia, entre la opinión que se construye con un comunicado y el hecho que esconden los propios cuadros estadísticos, nunca fue tan ancha.

Los titulares, en limpio: tasa de actividad 48,6%, tasa de empleo 44,8%, tasa de desocupación 7,8%. El organismo agrega que las tres tasas “no registraron cambios significativos” respecto al mismo trimestre de 2025. Traducido a la política, el mensaje es simple: el mercado de trabajo argentino está estable, el ajuste no generó una sangría de empleo, todo bajo control. El problema, visto desde mi escritorio de abogado laboralista que liquida sueldos y litiga despidos todos los días, es que ese 7,8% se sostiene sobre una definición que ningún funcionario explica en la conferencia de prensa.

La letra chica está en el informe metodológico de la propia Encuesta Permanente de Hogares: “Población ocupada: conjunto de personas que tienen por lo menos una ocupación, es decir que en la semana de referencia han trabajado como mínimo una hora”. Una hora. El umbral que separa a un “desocupado” de un “ocupado”, en la estadística oficial, es menor al tiempo que un trabajador tarda en hacer una cola en el banco.

Hagamos la cuenta con los propios números del INDEC. Sobre 13,5 millones de ocupados en el primer trimestre, solo el 53,3% son ocupados plenos: unos 7,2 millones de personas con jornada razonable y sin buscar otro empleo. El 26,6%, cerca de 3,6 millones, son subocupados, trabajan menos de 35 horas semanales y quieren trabajar más sin conseguirlo. El 12,1%, 1,63 millones, son sobreocupados, con más de 45 horas, muchas veces porque un solo sueldo no alcanza para vivir. Y el 8,1% restante, aproximadamente 1,1 millón de “ocupados”, no trabajó ni una hora en la semana de referencia: tienen una ocupación en el papel, pero esa semana, ninguna tarea real.

A esos números hay que sumarles los que crecen, no los que se mantienen estables. La tasa de informalidad llegó al 44,2%, 2,2 puntos porcentuales más que un año atrás: significa que casi uno de cada dos asalariados argentinos trabaja sin aportes, sin obra social y sin la protección que promete el artículo 14 bis de la Constitución Nacional. La tasa de subocupación trepó al 11,1%, 1,1 punto más, también con suba estadísticamente significativa según el propio organismo. En definitiva, la desocupación no sube, pero la precariedad, sí. Esa es la fotografía completa, no la que cabe en un comunicado de tres líneas.

Para el derecho del trabajo esto no es una curiosidad estadística, es un problema de fondo. El artículo 245 de la Ley de Contrato de Trabajo indemniza el despido incausado sobre la “mejor remuneración mensual, normal y habitual”. Si el trabajo real de millones de personas son changas de pocas horas o contratos part-time que disfrazan una jornada completa, la base de cálculo de cualquier indemnización futura se derrumba junto con la categoría de “ocupado pleno”. Un mercado de trabajo que estadísticamente no se destruye, pero que se precariza por debajo, también litiga menos: hay menos recibo de sueldo, menos categoría convencional, menos prueba documental.

Tampoco es un invento de esta gestión. El criterio de la hora viene de la Organización Internacional del Trabajo y se usa, con matices, en la mayoría de los países, justamente para que las estadísticas sean comparables entre sí. El propio INDEC lo reconoce sin eufemismos: ese umbral permite captar las múltiples ocupaciones informales o de baja intensidad del mercado argentino. Dicho de otro modo, el indicador fue diseñado para hacer visible la informalidad, no para esconderla. El problema no es la definición técnica; es el uso político que se hace del número final, separado de su letra chica.

Y acá no hay grieta posible, gobiernos de todos los colores repitieron el mismo comunicado tranquilizador cada vez que la desocupación se mantuvo en un dígito. La diferencia, en 2026, es que la estabilidad de esa tasa se convirtió en el activo central del relato económico oficial, mientras la informalidad sube 2,2 puntos y la subocupación 1,1 punto en el mismo informe que anuncia que no hay cambios significativos. Dato estable arriba, deterioro de calidad por debajo: esa coexistencia es matemáticamente posible y políticamente muy cómoda.

En la consultora que dirijo junto a mi esposa liquidamos sueldos reales de empresas reales, todos los meses. Ahí no hay informe metodológico que valga, hay un monotributista forzado porque ningún empleador lo quiere blanquear, un contrato part-time de 25 horas que tapa una changa de jornada completa, un trabajador que cobra en blanco la mitad y en negro el resto. Ninguno de ellos figura como desempleado en la EPH. Ninguno de ellos, tampoco, tiene el trabajo digno que promete la Constitución.

Marco Aurelio también sostenía que reconocer un error ajeno, cuando alguien te lo muestra con claridad, no te hace menos libre, te hace más honesto. El INDEC no necesita cambiar su metodología, es un estándar internacional, y discutirlo en abstracto no mejora una sola changa real. Lo que sí puede cambiar, gobierne quien gobierne, es la honestidad con la que se comunica el dato. Llamar “pleno empleo” a una hora de trabajo por semana no es una opinión técnica. Es, directamente, un hecho mal contado.

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