En las antiguas monarquías, la jefatura de la nación era hereditaria. Entonces, la pertenencia a la familia real aseguraba el acceso a los más diversos cargos y honores. Las democracias -que las sucedieron en Occidente como forma de gobierno- nacieron como reacción contra ese poder concentrado en pocas cabezas. Con ellas, se llegaría al poder por mérito; no más por parentesco. Por eso nada es más extraño a la democracia que las dinastías que, bajo su apariencia formal, se adueñan del poder y se turnan para ejercerlo. En «El orden conservador», Natalio Botana estudió la sobredosis de gobernadores y legisladores que algunas familias proveían a distintas provincias argentinas, entre los años 1860 y 1916. Al menos desde la restauración institucional de 1983, está pasando algo muy parecido. Duhalde, Rodríguez Saá, Saadi, Sapag, Romero Feris, Juárez, Bussi son apellidos que se reiteran en gobernaciones y en el Congreso.
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En cuanto al orden presidencial, Juan Perón, que en los cincuenta no pudo -o no quiso-llevar a Evita en su fórmula, tuvo a «Isabel» como vice, veinte años después. En los noventa, la línea sucesoriade Menem pasó por su hermano Eduardo, presidente provisorio del Senado, al renunciar Duhalde. Ahora, es el apellido Kirchner el que reclama continuidad. Tal vez, a fin de año, la transmisión de banda y bastón tenga escala conyugal. Las «dinastías democráticas» no son sólo una excentricidad nacional. En Estados Unidos no hubo mejor reemplazo para Clinton que el hijo de su antecesor. Sólo ocho años mediaron entre un Bush y el otro. Y ahora, para suceder a Bush hijo se piensa, con poca originalidad, en la esposa de Clinton.
Es posible la vocación política en más de un integrante de una familia. Y no sería justo negar posibilidades al uno en función del cargo del otro. Pero la reiteración de apellidos habla de nepotismo. Un razonable régimen de incompatibilidades debería idearse para ponerle límite.
Decía Lasalle que «los factores reales de poder» subyacen en la Constitución aunque ella no los mencione. Y tienen fuerza suficiente para imponer su voluntad. Entre ellos, juega un rol preponderante la burocracia oligárquica que son hoy los partidos políticos. Donde una familia o un grupo termina «reinando».
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