Pichot: "Argentinos debemos hablar menos y ser más solidarios"

Opiniones

«Podríamos estar hablando horas de política y economía, pero la verdad es que no me siento capacitado para salir públicamente a criticar a un presidente o a un ministro de economía... De todos modos, si tuviera que comentar algo respecto de la actualidad del país, me inclinaría por decir que hace falta hablar menos y hacer mucho más por los que menos tienen: la Argentina atraviesa enormes problemas sociales y me parece que deberíamos ser todos mucho más solidarios...».

La voz que trae el teléfono es la de Agustín Pichot, pero se entremezcla con las de sus hijas; a poco de haber regresado del entrenamiento en su club Stade Français, el medio scrum de Los Pumas desde 1995 (que cumplirá 33 años en agosto) debe dividirse entre su charla con Ambito Financiero y el reclamo de su familia. Afuera, cuenta, hace frío y está nublado, como es de esperar en el enero de París.

Pichot acepta el diálogo sabiendo que el tema no sólo será el rugby. Del otro lado, el periodista escucha que la conversación estará sembrada de referencias a su padre Enrique (que fuera directivo de su club, el CASI) siempre cariñosas y admirativas. «Terminé la facultad en Londres porque se lo había prometido al viejo; di las últimas dos materias poco después de su muerte; en algún momento pensé en largar pero di esas materias porque, repito, se lo había prometido a él».

Pichot es un rugbier atípico, que reclama «el fin del elitismo: que los clubes se abran para todos los chicos que quieran jugar al rubgy», que a pesar de los deseos de su padre fue uno de los primeros en emigrar a Europa como un jugador abiertamente profesional, y a quien no le asusta hablar del retiro.

Periodista: ¿Por qué los deportistas son reacios a hablar de política? Que sean figuras públicas no parece ser excusa: los artistas (sobre todo los de centroizquierda) parecen tener una opinión para cada cosa...

Agustín Pichot: (risas) Y, será porque nos cuesta salir del molde, del casete... No es mi caso. O sea, no voy a opinar si Cavallo, Lavagna o Miceli tienen razón en sus posturas económicas, o si están bien los métodos que aplica el gobierno para controlar la inflación, porque no me siento capacitado para criticar a un presidente (como De la Rúa, si pudo hacer las cosas mejor o distinto) o a un ministro (a pesar de haber estudiado economía). Los argentinos siempre hablamos de todo, y creo que debemos ser más humildes al abordar algunos temas de los que no todos pueden opinar con conocimiento. Quizás yo hablo de que me parecen mal las restricciones a la exportación de carne, y no va a faltar quien diga '¿y éste qué opina?', sin saber si a lo mejor tengo campos, vacas, y sé de qué hablo.

P.: ¿Qué le preocupa del país?

A.P.: Me preocupa muchísimo el tema social. En la Argentina hay tanto para hacer, tanta gente a la que ayudar. Creo que antes de hablar de política, de candidaturas, de alianzas, hay que ser solidarios. Eso nos está faltando a los argentinos.

P.: ¿Qué hará cuando se retire: regresa a la Argentina?

A.P.: Creo que pego la vuelta... La Argentina es un país único, brillante. Fíjese cómo estuvimos en 1989, 2001, las crisis que atravesamos... ¡y dejo afuera el efecto Tequila, la devaluación del real y otras cosas que nos pasaron! Si logramos salir de esas situaciones, es que somos un país único. Cualquier otro, como pasó en muchos casos en América Central, en Africa, en Asia, queda en default para toda la vida, con la sociedad quebrada, la crisis social eternizada y quién sabe qué más. De todos modos, el tema social en la Argentina-sigue siendo muy delicado y -repito- hay que ayudar más...

P.: ¿Hay vida después del rugby? Hay ex jugadores -como, por caso, Lisandro Arbizu- que no tienen problemas en reacomodarse (montan empresas, ejercen su profesión) y otros -como Patricio Noriega, por citar uno- que no parecen encontrar otra vida que no sea el rugby. ¿En cuál de las dos categorías se imagina?

A.P.: (se ríe) Y, siempre estás pensando en el retiro... Yo dije hace cinco años que me iba, pero no estaba preparado. Y me puse a estudiar porque mi viejo me dijo «o estudiás o te volvés». Así fue que me recibí de licenciado en Administración de Empresas en la Brunell University de Londres. Las últimas dos materias las di porque se lo había prometido a mi viejo, que había muerto poco antes... Pero, a pesar de tener el título, igual te preguntás qué vas a hacer después, cómo vas a seguir con tu vida, no sabés dónde te deja parado el rugby...

P.: ... pero tradicionalmente el club fue una especie de «bolsa de trabajo»: se empieza a trabajar con el padre, o con el padre de un compañero de equipo...

A.P.: Es absolutamente cierto, pero igual cuando te retirás pensás: «Me vuelvo a la Argentina, armo un CV y ¿qué pongo? ¿Medio scrum del CASI, del Bristol, del Stade Français, de Los Pumas? ¿2.500 pasees, 500 knockons? Está el caso de «Lisa», que creo armó algo de exportación de carne y le va fenómeno, y el del «Pato», que quiere seguir vinculado al rugby como profesión y también lo veo muy bien.

P.: ¿Usted ve al rugby como su medio de vida posretiro?

A.P.: No...

P.:
... pero no ve mal que haya coaches rentados, algo impensable hace algunos años...

A.P.: No, para nada: si alguien quierehacerlo, es algo que hace falta. De hecho en mi club (el CASI) ya hay quien asumió esa responsabilidad, y todos contentos. Creo que es otro paso hacia la ruptura del elitismo: si sabés del juego y querés dedicarte a eso como forma de vida, podés hacerlo. O sea: no tiene que ser un requisito haber sido el apertura de la primera para dirigir el plantel superior. No es garantía de nada.

P.: Hace justo una década el dinero empezó a ser verdaderamente importante en el rugby. ¿Se gana mucho? ¿Es comparable lo que gana una estrella con un futbolista de élite?

A.P.: (se ríe) ¡No, nada que ver! Los valores son muy diferentes...

P.: Sin embargo, se decía que el neocelandés Jonah Lomu llegó a cobrar tres millones de dólares anuales. Y en las potencias del Hemisferio Sur el rugby es mucho más popular que el fútbol.

A.P.: En realidad nunca se supo bien cuánto cobraba Lomu, pero es verdad que en países como Nueva Zelanda, Australia o Sudáfrica se gana muy bien y además se hace un «pozo común» para que todos cobren igual. En Inglaterra, en cambio, los sueldos están regulados por la oferta y la demanda: el mercado lo hacen los clubes. Yo en Los Pumas siempre insistí en adoptar el modelo neocelandés: todos cobramos lo mismo.

P.: ¿Qué pasa con los sponsors: los rugbiers tienen tanta demanda como los futbolistas?

A.P.: Y, demanda hay para las grandes figuras, pero los valores son otros. Igual que en el fútbol, yo no puedo aparecer con una marca de ropa diferente a la del club, pero sí se me permite usar los botines de otra. Yo estoy contratado por Nike, pero de nuevo, estoy limitado a la región América del Sur, donde los valores son inferiores a los que recibe un jugador europeo.

P.: ¿Cuál es, entonces, la principal fuente de ingresos de un jugador: el sueldo del club o lo que recibe de los sponsors?

A.P.: El sueldo, sin ninguna duda.

P.:
Usted dijo muchas veces que el rugby es elitista. ¿Por qué?

A.P.: ¡Es que es elitista! Es injusto, está mal: el que quiera jugar debe poder hacerlo. Pero a primera llegaba el que podía, y yo lo hice porque mi viejo me bancaba. ¿Por qué no pueden jugar todos y tener las mismas oportunidades? El gran igualador es el profesionalismo. ¿Cuántas veces escuchamos la frase «tuve que dejar porque tenía que laburar», dicha por chicos de grandes condiciones?

P.: ¿Usted ve al rugby como su medio de vida posretiro?

A.P.: No...

P.:
... pero no ve mal que haya coaches rentados, algo impensable hace algunos años...

A.P.: No, para nada: si alguien quierehacerlo, es algo que hace falta. De hecho en mi club (el CASI) ya hay quien asumió esa responsabilidad, y todos contentos. Creo que es otro paso hacia la ruptura del elitismo: si sabés del juego y querés dedicarte a eso como forma de vida, podés hacerlo. O sea: no tiene que ser un requisito haber sido el apertura de la primera para dirigir el plantel superior. No es garantía de nada.

P.: Hace justo una década el dinero empezó a ser verdaderamente importante en el rugby. ¿Se gana mucho? ¿Es comparable lo que gana una estrella con un futbolista de élite?

A.P.: (se ríe) ¡No, nada que ver! Los valores son muy diferentes...

P.: Sin embargo, se decía que el neocelandés Jonah Lomu llegó a cobrar tres millones de dólares anuales. Y en las potencias del Hemisferio Sur el rugby es mucho más popular que el fútbol.

A.P.: En realidad nunca se supo bien cuánto cobraba Lomu, pero es verdad que en países como Nueva Zelanda, Australia o Sudáfrica se gana muy bien y además se hace un «pozo común» para que todos cobren igual. En Inglaterra, en cambio, los sueldos están regulados por la oferta y la demanda: el mercado lo hacen los clubes. Yo en Los Pumas siempre insistí en adoptar el modelo neocelandés: todos cobramos lo mismo.

P.: ¿Qué pasa con los sponsors: los rugbiers tienen tanta demanda como los futbolistas?

A.P.: Y, demanda hay para las grandes figuras, pero los valores son otros. Igual que en el fútbol, yo no puedo aparecer con una marca de ropa diferente a la del club, pero sí se me permite usar los botines de otra. Yo estoy contratado por Nike, pero de nuevo, estoy limitado a la región América del Sur, donde los valores son inferiores a los que recibe un jugador europeo.

P.: ¿Cuál es, entonces, la principal fuente de ingresos de un jugador: el sueldo del club o lo que recibe de los sponsors?

A.P.: El sueldo, sin ninguna duda.

P.:
Usted dijo muchas veces que el rugby es elitista. ¿Por qué?

A.P.: ¡Es que es elitista! Es injusto, está mal: el que quiera jugar debe poder hacerlo. Pero a primera llegaba el que podía, y yo lo hice porque mi viejo me bancaba. ¿Por qué no pueden jugar todos y tener las mismas oportunidades? El gran igualador es el profesionalismo. ¿Cuántas veces escuchamos la frase «tuve que dejar porque tenía que laburar», dicha por chicos de grandes condiciones?Conozco por lo menos a treinta así... Hoy, nuchos en lugar de eso, se van a Europa...

P.: ...pero muchos se van a jugar a la segunda de Italia... Por cada Pichot hay diez que se vuelven después de seis meses...

A.P.: Es verdad, por eso prefiero una competencia en la Argentina que sea profesional (digamos, con 150 jugadores) y que el tipo pueda elegir si se va o se queda a jugar acá, y no tiene que dejar la familia, el país, para después darse cuenta de que el rugby no era lo suyo...

P.: ¿Cómo se hace para romper ese elitismo? En la Argentina, como en Inglaterra, el rugby es un deporte de clase media alta/alta, pero en Francia se nutre de los estratos más bajos de la sociedad...

A.P.: Es cierto, pero la diferencia es que en Inglaterra los jugadores salen de los colegios privados, y acá de clubes que deberían tener las puertas abiertas para todos los chicos que quieran jugar. Afortunadamente, en la Argentina ya no es un deporte manejado por tres clubes ingleses. ¿Por qué nos buscan a los argentinos, si no somos los más fuertes, los mejores atletas? Por la actitud, y eso se aprende y se mama en el club. Siempre fue el medio scrum más chico, pero los argentinos aportamos la actitud y la pasión que viene de jugar roto, lastimado, dolorido para no abandonar a tus amigos... Una vez podés sacarle el cuerpo a un choque, pero la segunda ya hay otros catorce tipos que se dan cuenta y no te lo perdonan...

P.: ¿En qué momento de su vida el rugby dejó de ser «el club y los amigos» y se lo imaginó como un medio de vida?

A.P.: Fue medio raro... yo jugaba al rugby desde los cuatro años, y no existía el paradigma del rugbier profesional en el país. Una vez me invitaron a jugar en Barbarians (una especie de «resto del mundo») y yo era como el último amateur del profesionalismo... Así fue que a los 17, 18 años, tras un año en primera, empezaron a ofrecerme jugar en Inglaterra. Al principio mi viejo les cortaba el teléfono...

P.: Seguramente su padre pensaba como muchos que, al ser un deporte de contacto y violento, el cobrar por practicarlo lo haría mucho más violento y descontrolado...

A.P.: Era así; se decía que el profesionalismo generaría emociones descontroladas, más lesiones... Sin embargo, en los dos años que jugué en primera acá, tres veces salí de la cancha con conmoción cerebral, tomografías, no se sabía si podría seguir jugando... O sea: si te tiene que pasar algo, te pasa igual, seas amateur o profesional.

P.: ¿Y cómo le «torció el brazo» a su padre?

A.P.: Tomé la decisión de venir a Europa no por la plata sino porque quería ser el mejor, progresar como jugador. Después de giras y test-matches me dije «Acá es donde se juega de verdad», y lo hablé largamente con mi viejo. Le expliqué que para ser el mejor estaba dispuesto a sacrificar el club, los amigos...

P.: Hoy muchos chicos encaran la «carrera» de rugbier con la vista puesta más en emigrar que en hacer amigos y divertirse...

A.P.: No lo sé; creo que cuando empezás a jugar lo hacés con el mismo espíritu que hace 50 años. A los 17, 18 años no sabés si podés llegar a jugar en este nivel. Sin embargo esto con el tiempo puede llegar a cambiar... Pero el club y los amigos son lo más lindo, y eso la Argentina tiene que mantenerlo, y los que quieran ser profesionales, que lo intenten.

P.: Los Pumas hace diez años que compiten al máximo nivel, pero nunca pudieron ganarle a Nueva Zelanda o a Sudáfrica; a Australia le cuesta y con Europa está más parejo. ¿Por qué?

A.P.: Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica nos llevan 40 años de ventaja en estructura. Durante años Los Pumas estuvieron entre los diez mejores del mundo; entre el 87 (el primer mundial) y el 91 hubo un «amateurismo marrón» ( profesionalismo encubierto), y los jugadores en esos países eran «trabajadores part-time»: iban un rato al «lugar de trabajo», no hacían nada y se iban a entrenar. En la Argentina, en 1989/90 tuvimos una crisis tremenda, y todos trabajaban full time; nadie podía darse el lujo de arriesgar su puesto por el rugby... Ahí perdimos terreno, que se empezó a recuperar la década pasada.

P.: Hace pocos meses Los Pumas y la UAR se pelearon «a muerte», con renuncias masivas al seleccionado y la desvinculaciónde la empresa Sport Five como representante comercial. ¿Cómo está la situación hoy?

A.P.: Lo de Sport Five creo que está por resolverse. De lo otro, el rugby vivió una crisis porque se pusieron sobre la mesa cosas que se hacían y no se conocían, como el sueldo que recibían los Pumas que estaban en la Argentina, más un premio mínimo a todos. Pedimos que eso se blanqueara, lo que generó una disputa «ideológica» sobre qué es profesionalismo. Logramos lo que queríamos: que todos cobremos lo mismo, acá o allá: no está bien que yo cobre diez y Martín Schusterman, que recién empieza (por mencionar uno) cobre dos. El acuerdo entre jugadores y la UAR está, pero no sé si el ambiente del rugby lo acepta. Sé que, seguro, mi viejo no lo entendería...

Entrevista de Sergio Dattilo

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