Un artículo reciente de un analista político repasaba las hipótesis que circulan sobre la conformación del futuro gabinete de la posible presidencia de Cristina Fernández. Lo más llamativo es que había todo tipo de menciones, excepto de quién va a conducir la cartera económica. Al margen de la danza de nombres, lo relevante es que no son las personas, sino el entorno institucional para la gestión el que cuenta a la hora de definir un posible programa de gobierno. ¿Podrá Cristina ser el puente hacia una mejor calidad institucional para la política, el estado, la sociedad y la economía? Esa es casi la única pregunta relevante. Porque la Argentina tiene hoy numerosas oportunidades, pero también desafíos y problemas que sólo van a poder abordarse -no digo solucionarse- en el marco de una sociedad donde se compartan creencias comunes respecto de un cúmulo mínimo de reglas de juego. Esas creencias son las que cimentan las instituciones, sean éstas explícitas o implícitas.
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En materia económica, los países que funcionan bien tienen una tecnología institucional que se resume en la imagen de que las acciones de gobierno se coordinan bajo la orientación de un programa concebido políticamente, pero apoyado en la mejor tecnocracia de que el país dispone. Los mejores talentos están al servicio de ese programa, así como los mejores jugadores están en la Selección. Sea como fuere, el programa es en todos estos casos el cerebro de la acción económica. Y ésta, por definición, se maneja a partir de una política más o menos explícita.
La Argentina de la democracia moderna trató de ponerse al tono en esta búsqueda,al menos ésas fueron las intenciones más honestas. Pero después de la crisis de 2002, el país quedó bastante debilitado en el sentido de carecer de un programa y políticas anunciadas con anticipación. Puede haber habido una lógica para esto, en el sentido de que la Argentina perdió con la crisis capacidad para hacer anuncios y tomar compromisos creíbles en muchas dimensiones. Adicionalmente, la fuerte crisis social no sólo debilitó al extremo a los intermediarios del sistema que son los partidos, sino que instauró un comprensible e indiscreto desencanto de los argentinos con las reformas y los mercados. Pero en los últimos dos años, y a pesar de todas las razones para empezar a converger hacia algo más ordenado y previsible, puede decirse que la acción de gobierno en materia de política económica quedó prácticamente descerebrada, sin un programa y sin una conducción técnica a la altura de las circunstancias.
Problemas críticos
¿Por qué ahora vuelve a ser relevante contar con esta orientación? Simplemente, porque la Argentina tiene problemas críticos y acuciantes en materia de control inflacionario y de infraestructura y energía que requieren que se diga cómo se van a resolver, con qué estrategias y con qué decisiones. Tengo el temor de que durante y luego de la elección general exista una brecha disonante y patética entre la abundancia de discursos y la carencia de un programa. Sabemos que la Argentina es la tierra de las actitudes confesionales. Pero hoy ya estamos entrando en terreno bélico en dos frentes muy complicados. Más vale que vayamos tomando actitudes de acción antes que de confesión. El mencionado analista político pudo tener razón al soslayar la persona que va a ir al Ministerio de Economía. Pero me temo que tener un programa económico va camino a ser algo insoslayable.
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