¿Tiene Horacio Rodríguez Larreta un plan económico?

Opiniones

Los microclimas que atentan contra la segunda oportunidad.

El electorado no-peronista y una parte clave del independiente se disponen a darle una segunda oportunidad al PRO. Y esa segunda oportunidad, para ser entendida, requiere de contexto y de perspectiva: el PRO sigue siendo una novedad en nuestra política. Una novedad tan significativa en Argentina como la desaparición del partido militar.

Es cierto que el final de la primera oportunidad del PRO podría haber terminado aún peor si Estados Unidos no hubiese decidido salvarlo con 44.000 millones de dólares. Pero ese salvataje existió y el resto es historia contrafáctica.

Hay otra fortaleza en esta experiencia política que todavía nos falta para entenderla: el cambio de mando de Mauricio Macri a Horacio Rodríguez Larreta fue tan rápido y feroz que sorprendió a analistas y a la misma clase política. Parecía una decisión de una asamblea de accionistas con un CEO al que no le fue bien: “Junte sus pertenencias y abandone el edificio”. Dicho sea de paso, el despedido había fundado la empresa.

Si el PRO sostiene esta característica de recambio rápido, tiene una ventaja sobre un radicalismo que nunca pudo superar a un Raúl Alfonsín que en vida taponaba -y en muerte lo sigue haciendo- y sobre un peronismo en donde los votos apuntan en una sola dirección: Cristina Kirchner.

Nuevo líder

El apellido Rodríguez Larreta se hunde junto a las raíces del país. Lo podemos encontrar en abril de 1890 como una de las firmas del acta de fundación de la Unión Cívica o en junio de 1943 cuando señoras de la alta sociedad visitaban a la esposa del nuevo dictador Pedro Ramírez. Crucialmente, también lo encontraremos como un dirigente del desarrollismo en los años setenta.

El actual Jefe de Gobierno es economista de la UBA con posgrado en Harvard y tiene amplia experiencia en la administración pública. Conoce de primera mano las dos grandes cajas del Estado Nacional: ANSES y PAMI. En elecciones le ha tocado perder, ser desplazado como candidato y vivir políticamente a la sombra de Mauricio Macri. Según todas las fuentes es adicto al trabajo. En resumen, un currículum destacado para un candidato a Presidente.

Pero si consideramos al sillón de Rivadavia como la silla eléctrica que en realidad es, cualquier aspirante a la presidencia debe llegar con equipo y con plan. El Jefe de Gobierno es tan dueño de sus silencios como la Vicepresidenta de la Nación. Es por eso que todavía no conocemos la opinión de Horacio Rodríguez Larreta sobre lo que salió mal en el gobierno de Mauricio Macri. Su ministro de Economía sería el último del expresidente, Hernán Lacunza, quien fue forzado por la derrota de 2019 a ser el que defaulteó deuda en pesos y también a ser quien reinstaló el cepo. Hasta ahora, Esteban Rafele en Letra P y Andrés Fidanza en Diario.Ar han reconstruido un bosquejo de programa económico del PRO. De la nota de Rafele sabemos que el equipo de Larreta rechaza la dolarización y que Larreta se autodefine como “desarrollista”. La estrategia de definirse como “desarrollista” la tomaremos meramente como otro slogan de campaña ya que fue usada en ese sentido durante décadas y el expresidente Macri abusó de la etiqueta.

El rechazo a la dolarización, en cambio, si tiene importancia porque la inflación va en ascenso desde 2004, con breves caídas. La tendencia es clara: hacia arriba. Acá entra un pronóstico atribuido a Hernán Lacunza: el actual gobierno no podrá evitar la megadevaluación y tal vez tampoco el default. O sea, el peronismo viviría su propio 2001. Según esta línea de razonamiento, el PRO recibiría el gasto estatal ya licuado y una sociedad resignada a aceptar la cirugía sin anestesia.

Detengámonos en este punto. Es clave recordar que son más los gobiernos que logran traspasarle la gran crisis al próximo que los que les explota en las manos. El Rodrigazo de junio de 1975 es el único ejemplo de gobierno peronista al que le estalló la bomba durante su mandato. Esa situación estuvo relacionada con que se intentó sostener lo insostenible por lo menos hasta la muerte de Juan Perón y que la gran crisis no quede en su haber histórico, sino en el de su sucesora. No hubo intentos de desactivar de a poco ni el mayor déficit fiscal del que se tenga memoria ni acomodar los precios relativos, porque el verdadero final del mandato era el fallecimiento del líder. Podemos decir que ese gobierno también logró traspasar la bomba.

No es serio entonces partir de una situación en la que el PJ se va escupiendo sangre. Es un razonamiento microclimático. Y ese microclima -que también llega a plantear que “el PJ hará fraude en noviembre” o que “el peronismo está muriendo”- es inofensivo en panelistas de LN+ pero no lo es para un potencial presidente y menos aún para un ministro de economía en las sombras. Lo más probable es que la próxima gestión reciba una macroeconomía aún más desordenada y una sociedad aún más enojada, no más dócil.

La relación con el gran empresariado es otro elemento fundamental. En la anterior gestión PRO terminó mal con la causa Cuadernos. O sea, tratando de matar dos pájaros de un tiro: al kirchnerismo y al empresariado chupaprebendas. Hay un dato estructural allí. El sociólogo Gabriel Vommaro, autor de dos libros sobre el PRO, afirma que este es “un partido de centroderecha que tiene dificultades para incorporar al gran empresariado a sus filas”. No olvidemos que la metáfora para referirse a esos intereses, “el Círculo Rojo”, la acuñó Mauricio Macri. Durante su administración, los disgustos con los dueños de la Argentina se fueron acumulando a raíz de que, por ejemplo, aún cuando esos hombres de negocios entraron masivamente al blanqueo de capitales más grande del planeta en 2016 (110.000 millones de dólares) no repatriaron prácticamente nada de esos fondos.

Esa oligarquía diversificada, a la que no le sirve adherir a ningún espacio político, fue descripta ya por Jorge Federico Sábato. Premonitoriamente, después de que Sábato publicase en 1979 La clase dominante en la Argentina moderna, ese sector obtuvo sus mayores triunfos: las Fuerzas Armadas estatizaron su deuda en 1981-82 (la de la clase media fue, por el contrario, indexada con la Circular 1050), la UCR legitimó y pagó esa deuda en los años 80, el PJ les vendió baratas las empresas del Estado que después ellos vendieron caras al capital extranjero, obtuvieron también del PJ la pesificación asimétrica en 2002 (traspaso de ingresos de pequeños y medianos ahorristas a corporaciones endeudadas).

El contexto común de estos hechos fue el desorden político y económico del momento, en el primer caso incluso con una guerra. En síntesis, río revuelto. Y como todos podemos apreciar, el río, una vez más, se está revolviendo. Entonces, el diagnóstico de lo que quiere ese empresariado debe ser riguroso: quiere apropiarse de activos del Estado (acciones de ANSES por ejemplo), quiere trasladarle sus pasivos al Estado (indemnizaciones de empleados con mucha antigüedad es una de varias posibilidades) y quiere eliminar regulaciones a sus posiciones dominantes (por ejemplo, telecomunicaciones como servicio público).

Además, el empresariado concentrado rechaza la dolarización total o parcial no por los argumentos sensatos de país serio, sino justamente por lo contrario: esa medida eliminaría la flexibilidad y una parte de la inestabilidad que necesita para seguir manejándose como pez en el agua.

Ir a una guerra contra ellos es inútil. El mejor camino es el que transitó Roberto Lavagna en 2002 al negarse amable pero rotundamente a un seguro de cambio para la deuda externa privada: “No, no y no”. La ingenuidad en este punto se pagará cara. La pagaron cara las Fuerzas Armadas que fueron exprimidas como un limón, la pagó cara Raúl Alfonsín cuando -por el seguro de cambio- se la pasó cancelando deuda de Amalita y de Franco Macri y la pagó cara Carlos Menem con el Plan Bunge y Born de julio de 1989 hecho a medida de la patria contratista y que terminó en una segunda hiperinflación en febrero de 1990.

Pero el punto central del Plan Larreta ya fue verbalizado: un acuerdo de superestructuras, un pacto de dos tercios de la dirigencia. Así se podría avanzar con la desindexación de las jubilaciones o con cortar el inaceptable déficit de Aerolíneas Argentinas.

No es tan simple, porque, como afirma el sociólogo Juan Carlos Torre, la sociedad argentina no sólo “no tiene paciencia” sino que, a diferencia de otras sociedades latinoamericanas, “tiene poder de veto”. ¿Cómo ejerce ese poder de veto? Rompiendo todo como en el Cordobazo de 1969 o simplemente votando en contra, como lo suele hacer desde 1983.

Los límites del acuerdo superestructural son evidentes. Entonces, el camino para lograr la transformación económica es aún más laberínticamente argentino.

Analista político

Dejá tu comentario