6 de octubre 2019 - 00:01

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé

Hay que analizar, sentar prioridades, ser inteligentes para defender la riqueza de nuestro país, y actuar en consecuencia. Es la única manera de enfrentar un mundo cada vez más complejo y competitivo.

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Foto: South China Morning Post

Así lo decía Discépolo hace casi un siglo. Aunque no sería tan tajante, porque siempre ha habido luces y sombras, si debemos entender que el escenario internacional se complementa indefectiblemente con las políticas domésticas. La posición que toma nuestro país, sus decisiones económicas y sus directrices institucionales, siempre han conjugado, en menor o mayor manera a lo largo de la historia, con lo que ocurre a nivel internacional.

En este aspecto, no podemos entender el desarrollo del modelo agroexportador argentino, sin la necesidad británica de abastecerse de materias primas para sostener su ingente proceso industrial. Tampoco la urgencia de nuestro país de iniciar el proceso de industrialización para sustituir importaciones, sin el crack de 1929 ni las guerras mundiales. Ni que hablar el proceso de desregulación de la cuenta de capitales potenciado por el último gobierno militar, derivado principalmente del desarrollo de la globalización financiera iniciado la década previa desde los Estados Unidos. Y así podríamos seguir con los ejemplos.

Dicho este escenario de invariable dependencia, desde los principales Organismos Económicos Internacionales se habla de una situación económica adversa para el mundo en los años venideros. De un 3,8% de crecimiento del PBI en 2017, se pasó a un 3,6% en 2018, para descender hasta alrededor del 3% el corriente año y unas décimas menos para 2020.

En este sentido, creo que es importante diferenciar entre lo que sería una recesión, y una verdadera crisis sistémica. En cuanto a lo primero, el capitalismo no solo es cíclico, con alzas y bajas, sino que además la dinámica económica y financiera global no impacta homogéneamente; ya sea porque un rubro económico se encuentra mejor/peor preparado, una locación geográfica tiene mayores o menores desventajas naturales, o la dinámica institucional doméstica es más o menos solida, entre otros.

Un claro ejemplo es Asia, que viene creciendo en torno al 6% anual, muy por arriba del promedio global. El traccionamiento de China, los concatenamientos productivos regionales, una mano de obra disciplinada, laboriosa y crecientemente educada, y un ingente crecimiento de la producción tecnológica, son algunas de las variables que les han permitido alcanzar estos resultados y morigerar las caídas. Como contraparte, en Latinoamérica los números no son para nada alentadores: además de las fragilidades que representan Argentina y Venezuela, las dos principales potencias económicas, Brasil (con una mala performance macroeconómica durante el corriente 2019 dado el estancamiento en el avance sobre las reformas estructurales, como es el caso de las jubilaciones) y México (donde la inversión y el consumo privado se han desacelerado dado el incremento del endeudamiento y la falta de definiciones políticas), no se encuentran en condiciones de apuntalar al resto de una región que tiene expectativas de crecimiento que no llegan al 2% para este año, manteniendo la tendencia en torno al 1,5% del último quinquenio.

Pero por otro lado, también han existido momentos de crisis que generaron puntos de inflexión en la historia económica moderna. Cabe destacar, sin embargo, que a diferencia del socialismo, el sistema capitalista ha aprendido de las crisis, tomado nota, y salido medianamente indemne - por lo menos para mantener el statu-quo en base a la coerción y la acumulación -, de estos momentos de verdadera zozobra.

En tanto a las grandes crisis de tinte financiero (las más peligrosas por su imprevisibilidad y creación de daño exponencial sin producir ni un bien o servicio), podemos decir que de la implosión bursátil de Wall Street de 1929 se resurgió con un keynesianismo potenciado por la tracción que significó la novedosa industria tecnológica aplicada a la Segunda Guerra Mundial. Por otro lado, de la crisis financiera provocada por la globalización neoliberal de los años 1990’, los países más afectados se recuperaron con un mix inestable de prudencia fiscal y progresismo. En tanto a la debacle del sistema financiero/bancario del 2008, la clave fueron los ‘rescates’ promovidos por los bancos centrales (Reserva Federal, BCE), a lo que se le adicionó posteriormente un mayor control de los flujos financieros a nivel internacional.

La economía real tiene otros ribetes, en general con soluciones geopolíticas que permiten acortar y suavizar los impactos. De la crisis petrolera de 1973. El mundo occidental se recuperó a través de alianzas con diversos países de la OPEP – sobre todo con el incondicional gran socio estratégico de los Estados Unidos en las últimas décadas, Arabia Saudita -. En adición, dados los dilemas religiosos/militares en Medio Oriente, sumado el poder energético ruso y el otrora aliado Venezuela, Estados Unidos encontró en la producción de Shale la paz y estabilidad que le brinda la posibilidad de mantener bajo control precios y cantidades. El resto de los grandes cambios en términos productivos devinieron mayoritariamente de las necesidades generadas por las crisis financieras; cuyos antídotos más frecuentes tomados por los diversos gobiernos fueron las tercerizaciones, los ajustes estatales, y la atracción inversiones o préstamos internacionales.

Hoy en día, el gran temor que esbozan la mayoría de los analistas es la guerra comercial entre los Estados Unidos y China, cuyo eje tiene claros ribetes geopolíticos, ya que más allá de los aranceles a los bienes y servicios ‘comunes’, hay un claro foco en los sectores de tecnología sensible (de ahí el tema Huawei y su consecuente aceleración hacia la tecnología 5-G como represalia, por ejemplo) que afectan a la seguridad nacional y al dominio global. Esta disputa, con vaivenes diplomáticos/discursivos permanentes, tiene un impacto económico que se centra en ambas potencias, pero a su vez conlleva derivaciones indirectas a terceros Estados y a nivel global. Un ejemplo es Alemania, conocida por su gran capacidad exportadora - especialmente de maquinarias y vehículos - que resultó afectada en su crecimiento por una caída de sus ventas, especialmente las dirigidas a China. Otro ejemplo más generalizado indica que las continuas alzas arancelarias impiden pactar los precios a futuro, lo que alimenta la especulación financiera y las consecuentes ganancias de los Fondos Trasnacionales.

Sin embargo, los daños colaterales que generan menor inversión y demanda de consumo para con el resto del mundo se terminarán matizando con la búsqueda de otros mercados, con el desarrollo de nuevos productos, o triangulando nuevas alianzas. Algo no muy diferente a lo que ocurre con el Brexit y el dilema geopolítico petrolero, pero a diferente escala. Podemos hablar de un escenario de menor crecimiento, pero nada que sea disruptivo ni se pueda solucionar en el mediano plazo. Es más, a pesar de que la IED global no tiene las tasas de crecimiento interanual de principios de este Siglo XXI - en torno al 8% hasta el 2007 -, se ha observado un crecimiento marginal en esta década, con un estancamiento en alrededor de los 1,5 billones de dólares anuales para el próximo bienio. En este sentido, por ejemplo, gran parte de los flujos de capital que se retiran de los diversos mercados globales se dirigen hacia los Estados Unidos, dadas las reformas tributarias para atraer capitales dictaminadas por la actual administración de Donald Trump en el año 2017. Pero ello de ningún modo quiere decir que desaparecerán o disminuirán abruptamente a nivel global.

Lo que si existe es un temor remanente del escenario descripto, derivado principalmente de la reversión de la curva de rendimiento de los bonos del Tesoro nacional estadounidense; una señal de inminente recesión para muchos analistas. Ello deviene de una rentabilidad corporativa ‘excesiva’ en los últimos años, la gran volatilidad financiera a consecuencia de un ingente endeudamiento privado y un creciente déficit fiscal, y un paulatino debilitamiento del dólar como moneda de referencia; lo que para muchos es un probable camino a la estanflación estadounidense con importantes derivaciones en una ya golpeada economía global. Efectos adversos y contracción global con menos herramientas de estímulo fiscal y monetario, muy probable; sin embargo, la experiencia de lo ocurrido, el pragmatismo en términos de los mecanismos de prevención realizados y las capacidades de actuación, y un contexto sistémico multipolar – con un rol activo de China, Rusia, Alemania y otras potencias medias – nos permite dilucidar que estamos más próximos a una pendiente negativa que a un punto de inflexión dramático.

Dicho lo expuesto, y con una lógica sapiencia acumulativa de lo que ha ocurrido en la historia económica global, los argentinos no deberíamos tener temor para enfrentar los avatares globales que se avizoran. El inconveniente es que el comprender lo que ocurre en el mundo, no es suficiente si no estamos preparados a nivel endógeno. Para capear un escenario internacional adverso, necesitamos una tasa de interés razonable, una inflación de un digito, un tipo de cambio estable, una economía ordenada con instituciones que permitan crecer lo lógico dentro de nuestro potencial previsto y, más aún, una distribución de la riqueza un poco más justa cada día.

Porque algunos podrán esbozar que el cuco se encuentra afuera. Pero sin despreciar a lo ajeno, cual lejano que pueda parecer, el verdadero enemigo está adentro. Somos nosotros los que fallamos. Por incapacidad, inoperancia, o mero interés. El miedo al FMI y a los Fondos Buitres, el enojo con los inversionistas que hacen que los segundos semestres se transformen en años, o el odio hacia al imperio estadounidense por una irracional culpabilidad unilateral – que, para ser sinceros, murió con la guerra fría -, son realidades autoprovocadas. Hay que analizar, sentar prioridades, ser inteligentes para defender la riqueza de nuestro país, y actuar en consecuencia. Es la única manera de enfrentar un mundo cada vez más complejo y competitivo. Y, por sobre todo, no salir siempre perdedor.

(*) Economista y Doctor en Relaciones Internacionales. Autor del Libro “La Sociedad Anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana.”

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