Suele decirse que si ladra, es un perro, pero a veces es importante considerar las explicaciones que se reciben cuando se trata de explicar que aquello que ladra no lo es. Durante un reciente acto de presentación de un acuerdo entre el gobierno y la Cámara Argentina de Turismo para mantener estables los precios del sector en lo que queda del año, el presidente Kirchner negó que su administración auspiciara el «control de precios». A continuación aclaró con mayor detalle: «Es una nueva forma de producir y de generar este tipo de respuestas, que es muy importante, y que no es ni congelamiento ni control, sino racionalidad. La palabra racionalidad en el manejo de la inversión, racionalidad en la perspectiva, en la proyección, esto es lo que queremos lograr».
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La definición es sustanciosa, cargada de conceptos que vale la pena analizar. En primer lugar destacamos que se asume que los «precios de mercado», aquellos que se establecen por medio de las transacciones voluntarias entre las partes no serían « racionales». ¿En qué sentido? Pues los precios no son ni racionales ni irracionales, sino aquellos que permiten las transacciones que todos desean. Esto es, el vendedor quiere vender al mayor precio posible, sin duda, y el comprador quiere comprar al menor precio posible. Los dos están actuando «racionalmente» al tener esa conducta, y si el precio máximo que el comprador está dispuesto a pagar es mayor que el precio mínimo que el vendedor está dispuesto a vender, entonces existe un margen en el que podrán ponerse de acuerdo para mutuo beneficio.
Podríamos interpretar la referencia a la « racionalidad» como vinculada al contenido de información que los precios transmiten. Esta es una función clave del mercado. La señaló por primera vez F. A. von Hayek en un famoso artículo llamado «El uso del conocimiento en la sociedad», de 1945, continuación de uno anterior de 1937, «Economía y conocimiento». En ellos señalaba que la información no se encuentra concentrada en un solo lugar y una o algunas personas, sino que se encuentra dispersa entre cientos de miles. Una de las grandes ventajas del mercado es que actúa como un gran mecanismo de transmisión de información que resume en un simple número toda la información disponible entre los participantes del mercado. Por supuesto, no es una información «perfecta», ya que la perfección no existe.
El mercado no solamente transmite información (p. ej, si no llueve en Ucrania el precio del trigo refleja en forma inmediata esa información sin que los productores locales sepan otra cosa de ese país que los partidos que vean en el Mundial), sino que, además, permite a la persona «en el lugar» tomar decisiones sobre el uso de los recursos. Es esa persona (el agricultor argentino, en el ejemplo anterior) la que mejor conoce el recurso a su disposición y la que está mejor posicionada y motivada para decidir. El mercado, entonces, permite «coordinar» las decisiones de los productores con las de los consumidores, sin que ninguno en particular tenga el total de la información. Esa información, por supuesto, no está concentrada en ningún lugar y mucho menos en ningún gobierno. El fracaso de la planificación económica es una muestra de que la racionalidad tampoco lo está. Los mencionados artículos de Hayek provenían en verdad del llamado «debate sobre el cálculo económico en el socialismo». En 1922, Ludwig von Mises había escrito un libro advirtiendo que la planificación socialista era imposible porque al no haber propiedad privada e intercambios voluntarios, precisamente, no había precios. Llamaba allí la atención a que el funcionario planificador no iba a poder invertir recursos escasos en forma «racional» si es que llamamos a esto hacerlo teniendo en cuenta las necesidades de los consumidores. La «racionalidad» del funcionario planificador puede tener otros objetivos, que tal vez considere superiores, pero el problema es que mañana tendremos otro funcionario con otros objetivos a su vez.
Cada uso de esa racionalidad limitada del funcionario es una distorsión respecto de las conductas limitadamente racionales de los productores y consumidores. Estos empiezan a recibir señales cambiadas, mensajes distorsionados y actúan en consecuencia, hasta que las consecuencias se acumulan y explotan las ollas a presión o se caen los muros.
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