7 de octubre 2020 - 09:31

Microdevaluaciones sorpresivas

Las rebajas de las retenciones 2015-2019 hicieron que unas pocas empresas y personas humanas tengan más dinero fuera del país, sometiendo a todo el pueblo a financiar el aumento de su riqueza mediante el endeudamiento del Estado.

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A partir de 2008 nos hicimos expertos en sobrellevar cotidianamente un “periodismo de guerra” (Julio Blank) con sus campañas de desánimo, escondidas en una falacia: “la libertad de prensa”. La libertad de prensa que no le sirvió a la señora que no quería ser como “Valenzuela”. Repreguntada sobre si se refería a Venezuela recalcó: ¡No señor, no queremos ser Valenzuela!

-¿De qué le sirve la libertad de prensa a un ciudadano indocumentado?- Cuatro años perdidos cerrando escuelas, quitando notebook, criticando la creación de universidades en la Provincia de Buenos Aires. -¿Quiénes quieren ignorantes? -¿No eran los peronistas?

La extravagancia informativa adquiere hoy dimensiones paranoides. La ciudadanía que viene padeciendo el negocio de “la grieta” hace doce años está normalizando mensajes abiertamente contradictorios como: “Al final, con cuarentena y todo murió un montón de gente”, al mismo tiempo que “el Gobierno no atacó el problema con la anticipación debida”.

Falsedades que se olvidan al otro día ante la próxima ficción y, prácticamente nadie se entera del otro lado de la calle. Los manifestantes anticuarentena hace un mes se tomaban videos en el Obelisco quemando barbijos. Personajes violentos que siguen asistiendo a cara descubierta a ejecutar ostentación de analfabetismo con la bandera, algunos xenófobos expertos en conspiraciones sionistas, otros hablan de libertad y nos niegan la nuestra. -¿Ejercen su libertad ciudadana de contagiar e infectarnos a los que nos cuidamos, o hacen uso y abuso de egoísmo e indisciplina?

La muerte por coronavirus ocurre a diario, pero la mayoría de los comunicadores le dan enfoque económico y tratamiento estadístico, como a la caída del consumo o las ventas en supermercados. Algunos periodistas valientes se contagiaron. Un líder de las marchas anticuarentena sucumbió. Lo ayudaron a suicidarse los estímulos. No todos los que desafían al virus tienen las posibilidades de asistencia de Boris Johnson, Jair Bolsonaro y Donald Trump, verdaderos privilegiados entre miles de millones de habitantes.

El periodismo intrépido y los economistas insolentes convencieron a una buena parte de la clase media para que pague la pandemia defendiendo al 0.02% de los ciudadanos que más pueden contribuir. Muchas fortunas de las que eventualmente serian afectadas-si sale la Ley- han sido ganadas de manera diversa.

Prevalece la grosería

A esta altura es obvio que una de las causas de la pobreza es la falta de educación y, no tiene nada que ver con tener un MBA o ser licenciado, ingeniero o doctor. Los hay, desmesuradamente torpes. Las “universidades gueto” popularizan latiguillos en el segmento de la ciudadanía mas distraída e indisciplinada en términos de solidaridad. Adiestran alumnos a tomar posiciones ideológicas y políticas engañándolos. Ellos de buena fe suponen que están aprendiendo economía cuantitativa, que es equivalente a la física nuclear. Es más, ocho de cada diez macroeconomistas y nueve de cada diez alumnos expresan no tener ideología ni posición política. Identifican ideología con comunismo, socialismo y populismo, ignorando que hay populismo de derecha y que no es una ideología, sino una metodología. Hablan mal de la política. -¿Cuál sería la opción? ¿Monarquía, dictadura? Obviamente no se dan cuenta que son de derecha antidemocrática. Tal vez se dan cuenta y se sienten avergonzados.

A este grado de confusión y degradación conducen los programas de estudios y los profesores que promueven recortes del gasto público (inclusive sin decirle a los alumnos y, a veces sin pensarlo ellos mismos, que el gasto publico incluye alcohol, algodón, tizas, pizarrones, nafta para patrulleros, chalecos anti balas y sueldos de policías), en lugar de instruirlos sobre déficit fiscal (que eso es economía). El gasto y los impuestos son decisiones políticas donde la opinión de un economista es irrelevante en términos de decisión. Mucho menos se dan ejemplos empíricos objetivos, cómo el déficit gemelo record de los últimos treinta años (2017), dado que hicieron campaña indirecta y silencio ficticio. Fisgonamente son los que alentaron aquella esperanza.

Dicen que el equipo de Alberto Fernández no es el mejor

No nos hagan recordar al mejor equipo de los últimos cincuenta años. El equipo del presidente Fernandez podría describirse como un grupo de gestión honesto, con académicos no tan condicionados por los intereses, como fue el caso anterior. Ahora mismo están redefiniendo y reconstruyendo la función del Estado y la economía, una vez más. Eso solo ya es algo.

Nuestros mejores teóricos liberales en economía no viven en la Argentina. Ellos han identificado que los mercados y los modelos fallan y, dicen que hay que tener swing para cambiar cuando eso pasa. El problema con los economistas vernáculos es que no reconocen ni siquiera que fueron parte del Gobierno que fracasó. Atrevidamente dan consejos. Otros economistas que votaron por Cambiemos no están exentos de su responsabilidad ciudadana. Así lo asume públicamente uno de ellos devenido en político, que seguramente votó el esperpento que gobernó desde 2015. Por lo menos se hace cargo. Otros se pintan el techo y tienden la epidermis fingiendo ser recién llegados, simples comentaristas.

Dale con la economía de mercado

Los mercados son medios para obtener fines. No son fines en sí mismos, supuestamente asignan mejor los recursos -aunque en realidad si así fuera no habría tanta desigualdad-. En la Argentina los libre mercadistas han demostrado que sus políticas no aseguran estabilidad y profundizan la pobreza en seguida que gobiernan. Sacrifican el nivel de empleo en aras de detener la inflación y al final, eso nunca ocurre. La vida de un país no puede pensarse en términos de rentabilidad empresarial solamente, es un poco más compleja la cosa. Tenemos que contextualizar el debate economico y político en términos de desigualdad, pobreza, valores y ciudadanía.

Retenciones y devaluaciones, antecedentes

Si existiese el acoso devaluatorio, tendrían que ser arrestados. Acabamos de asistir a la redefinición de las retenciones y las minidevaluaciones por sorpresa. Las rebajas de las retenciones 2015-2019 hicieron que unas pocas empresas y personas humanas tengan más dinero fuera del país, sometiendo a todo el pueblo a financiar el aumento de su riqueza mediante el endeudamiento del Estado. Extraordinaria transferencia de recursos, todos hicimos “una vaquita” para ayudar a las empresas exportadoras, las compañías energéticas y sus propietarios. La cuestión fiscal no está descolgada. La continuación de las decisiones tiene consecuencias éticas y morales. En el periodo anterior, los cambios en las retenciones se concentraron en favorecer a los que tenían capacidad contributiva, quienes vienen aumentando su renta hace cuarenta años, y no representan ni al 1% de la población. Los que financian la acumulación de capital son todos los ciudadanos. Entre la clase media y los pobres vamos a pagar con impuestos futuros la deuda presente contraída. Para bajar retenciones hay que desfinanciar en forma proporcional al Estado y aumentar el ritmo de las microdevaluaciones compensatorias, que impactarán en los precios.

La pelusa igualitaria

Como explica Kliksberg deberíamos preocuparnos por los pobres porque es una obligación moral reconocida por todas las religiones. Hasta en la Declaración de la Independencia de los EEUU fue primordial expresarlo (país en quien nos habíamos inspirado para escribir nuestra Constitución Nacional). “Sostenemos como evidentes estas verdades, que todos los hombres somos creados iguales; dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…” Hablaba de un compromiso de igualdad que ya no se cumple ni aquí, ni allá. Es escandaloso que siempre nos muestren al país más rico del mundo, la pasioncilla de nuestra clase media aspiracional, aunque hace unos meses apilaba cadáveres en los pasillos de los hospitales y luego los arrojaba en fosas comunes. Es increíble que hayan convencido a cierta parte de la ciudadanía a no perder de vista EEUU mientras teníamos que ser como Chile, donde el coronavirus fue epidemia milagro que recobró la gobernabilidad del sistema, a punto de estallar. Lo dicho, el auditorio ya se olvidó. Ahora el modelo es Uruguay, un país con la misma población que la Capital Federal. -¿No es sorprendente el potencial para apretar gobiernos, marear adolescentes, entristecer inocentes y agitar residentes de Babia?

(*) Profesor de Postgrado y Maestrías en UBA y UADE. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. Investigador del Doctorado.

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