Viena - Hasta en los más recónditos rincones del edificio del Centro Internacional de Convenciones de Naciones Unidas, localizado en esta ciudad, resuenan los ecos de lo que está aconteciendo en Europa a partir de los incidentes ocurridos en París, que comenzaran hace tres semanas y que afectaron a más de 300 ciudades y villas francesas, con coletazos en Bélgica y amenazas de extensión a otros países del continente. A pesar de que las reuniones de expertos en este Centro se concentran en los temas técnicos vinculados a la insolvencia trasfronteriza, la armonización de normas en materia de Justicia penal internacional, instrumentos para el desarrollo en el mundo y decenas de otros temas específicos, la «cuestión francesa» y sus proyecciones son comentarios obligados de discusión en cada intervalo, en los almuerzos y en los encuentros informales. Para algunos analistas internacionales estamos en presencia de cierto clima prerrevolucionario comparable a los incidentes de las protestas callejeras de 1995, el shock de la elección presidencial de 2002 y la revuelta que generó el reciente llamado a referendo sobre la Constitución europea, donde triunfara ampliamente el No.
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La mayoría de los comentaristas coincide, junto con uno de los más agudos historiadores y economistas franceses contemporáneos, en la existencia de dos grandes y principales causas generadoras de este conflicto. Por una parte, una juventud prisionera de la falta de lugar digno donde vivir, privada de capacitación y puestos de trabajo, con sus esperanzas e ilusiones absolutamente rotas, volcada a una violencia nihilística que excluye toda forma de representación y de expresión política y, por la otra parte, la ausencia absoluta de liderazgo de las autoridades, incapaces de buscar soluciones adecuadas para estos problemas, quienes sólo recurren a recetas remanidas como las utilizadas en 1995, referidas a la declaración de un estado de emergencia, el cual se intenta prolongar por largo tiempo, como único medio de poder poner cierto orden, ante la falta de ideas concretas respecto de cómo enfrentar el problema de fondo.
Cuando el año pasado visitamos París, a la que encontramos remodelada y resplandeciente como nunca, algunos intelectuales, académicos y profesionales con quienes compartimos actividades nos advirtieron que, más allá de la belleza exterior que se percibía en las calles, edificios y monumentos, en el ambiente flotaba un halo de misterio vinculado a un descontento que se estaba gestando en la más profunda capa de la escala social que algún día buscaría -por inercia- salir a la superficie, como modo de expresión de un grito desesperado. Fue difícil para nosotros entender el concepto en aquel momento, pero hoy finalmente lo hemos comprendido.
• Razones
Los especialistas adjudican el origen de la actual revuelta a cuatro razones principales: 1) una conducta ambivalente del gobierno francés respecto de tolerar tácitamente la inmigración ilegal para luego confinar a sus protagonistas a zonas marginales y a una vida indigna en vecindarios que constituyen una suerte de guetos virtuales que suman más de 750 ya en toda Francia; 2) el desempleo que afecta a 10% de la población activa pero que, en términos de inmigrantes, castiga a más de 38% de los jóvenes de origen extranjero; 3) la desintegración del modelo francés, de fuerte protección a los trabajadores activos en desmedro de la creación de nuevos empleos y sin políticas urbanas que mitiguen el rechazo social al extranjero, lo que agudiza la desintegración; y 4) la disfunción de la economía y la sociedad maltusianas creadas por un poder político que aparece hoy más que nunca débil y aislado del resto de la sociedad.
Lo curioso de la cuestión es que estos incidentes se registran en un momento en que en Europa están perdiendo poder los líderes principales. Chirac no es hoy un presidente más fuerte ni más prestigioso de lo que fue De la Rúa en sus últimos días; Blair no puede doblegar a la Cámara de los Comunes en la búsqueda de la extensión de sus poderes para cometidos específicos, y está fuertemente jaqueado por Gordon Brown, perdiendo popularidad día a día; Schröder ha sido desplazado por Merkel, en Alemania, quien apenas puede debutar esbozando un gobierno de coalición de una debilidad extrema que sólo ha podido establecer nuevos impuestos y bajo la sombra de otros dos competidores en la búsqueda del poder.
Frente a este panorama la pregunta es obvia. Aprovechando esta circunstancia ¿qué posibilidad cierta hay de extensión de este sentimiento de disconformidad respecto de la forma en que algunas naciones europeas, y especialmente Francia, están encarando el proceso de integración social y racial frente a las dificultades internas, que pueden llevar a una violencia generalizada que afecte también las economías individuales y la competitividad los países dentro de la Unión, debilitando los respectivos poderes políticos?
La «cuestión francesa», como se ha dado en llamar a esta revuelta, ¿se trata, como sostienen algunos, de una verdadera guerra de razas, generaciones y castas, o es sólo un grito de desesperanza de un apreciable sector de la población postergado que exige una respuesta razonable por parte de las autoridades, la que hasta el día de hoy no ha llegado?
Quizás no se trate de ninguna de las dos cosas, sino de algo aun más profundo respecto de lo cual tendrán que reflexionar las autoridades de los países de la Unión Europea. Cuando se producen procesos de integración tan fuertes, no se trata solamente de conformar e implementar cambios estructurales, legislativos y acuerdos políticos y económicos entre los gobiernos de los países. Se configura, de este modo, también un nuevo escenario que requiere de una verdadera «revolución cultural» para permitir la armónica integración de los pueblos que conforman esa Unión, por una parte; pero, por otra parte, también debe producirse una segunda « revolución cultural», cual es la relativa a entender y buscar mecanismos y políticas de incorporación y asimilación de todos aquellos extranjeros que ven en esta nueva tierra, una tierra de oportunidades y de promisión a la cual se arrojan desesperados para intentar emerger de su aislamiento, pobreza y postergación; y compartir un futuro mejor del cual también desean ser parte.
Si el grito no se oye a tiempo, y no se reacciona adecuadamente, las respuestas pueden llegar tarde. Y éste es el desafío de la Europa de hoy: llegar a tiempo.
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