¿Se viene el equilibrio?
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El caso más notorio es China. El incremento de su estructura educativa (incluyendo Internet censurada), el peso creciente del sector privado y capitalista de su economía, la integración a la Organización Mundial del Comercio y los millones de chinos que han comenzado a hacer turismo garantizan que -aun con partido único- los chinos exigirán cuotas crecientes de participación decisoria.
¿Quién puede creer que después de Castro no se democratizará Cuba o que finalmente los jóvenes reformistas iraníes desplazarán la opresiva teocracia de los ayatolás?
Al equilibrio se llega muchas veces después de estresantes crisis, violencias irracionales y pavorosos miedos.
La historia nunca ha sido lineal, pero el progreso es inevitable. Los hombres cada día tenemos una expectativa mayor de vida, las mujeres son más iguales, las enfermedades son menos terminales y la paz se va consolidando con las crecientes democracias.
No hay antecedentes de guerras entre democracias.
En América latina, tierra próspera para los autoritarismos y populismos de izquierda o de derecha, la realidad muestra la consolidación del sentido común y la progresiva desaparición del «folclorismo». Nadie en su sano juicio piensa que el subcomandante Marcos será presidente de México, Tirofijo de Colombia, Marcola de Brasil ni Bucaram u Oviedo volverán a ejercer el poder en Ecuador o Paraguay.
Ni siquiera los habitantes de Aracataca ( pequeño pueblo natal de García Márquez, en Colombia) han querido cambiarse el nombre por «Macondo» (pueblo ficticio descripto en la novela «Cien años de soledad») porque prefieren el «realismo conducente» del negocio turístico antes que la asociación con el «realismo mágico» de las dictaduras excéntricas y violentamente pintorescas.
Muy buenos vientos suenan en la región. Algún día nos tocará también a nosotros, los pingüinos de nuestro continente.
Quizás estemos pagando el precio de tantos años de sentirnos los mejores. Tendríamos que ser muy necios como para insistir con ese argumento.




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