Un adelantado filósofo, inusual para políticos
Triple sentido de la nota que sigue: fue redactada por un periodista (varios años jefe de «Clarín»), un político desarrollista que luego fue embajador y canciller, y sobre todo un íntimo amigo de Frigerio y de Arturo Frondizi. Túmulo literario y homenaje entonces de quien compartió momentos e historia.
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Todo esto era difícil de comprender para el nacionalismo vernáculo, el peronismo y la izquierda que no podía perdonar a Frigerio lo que el sector consideraba una traición a sus orígenes. Porque sin duda Frigerio provenía de la izquierda marxista. Conocía el pensamiento de Marx como un solo político argentino -Federico Pinedo- podía equiparar. Claro que, en términos prácticos, lo que importaba para Frigerio era el Marx economista clásico, el continuador de David Ricardo.
Suele definirse a Frigerio como un economista. Desde luego que lo era, sólo que ante todo era un político que conocía profundamente el juego de las leyes económicas. Y esto en virtud de su formación clásica. Frigerio creía bastante poco en los economistas del siglo XX, incluido si no particularmente, Keynes.
Para él había que bucear en Adam Smith, en Ricardo, en Jean Baptiste Say, en Malthus. En el pensamiento de esos grandes estaban todas las formulaciones del sistema capitalista. Obviamente, Frigerio era un profundo admirador del capitalismo en general y de la experiencia económica norteamericana en particular, lo que no consideraba incompatible con su admiración por la Nueva Política Económica de Lenin y en buena medida por Stalin como constructor de nacionalidades. Pero esto era sólo académico. En términos prácticos, la Argentina no tenía opción fuera del capitalismo y la economía de mercado. Respecto de esta última, no era un ortodoxo: por supuesto creía en la estabilidad monetaria y era acérrimo enemigo de la inflación. Pero si era necesario subsidiar una actividad, no vacilaba. Para Frigerio, era malo el subsidio que mantenía el statu quo y era bueno el que cambiaba las cosas. Por eso, por ejemplo, estimaba que eran una rémora para el progreso del país empresas del Estado ineficientes como las del área de comunicaciones.
«No tiene sentido el nacionalismo en materia de comunicaciones: en pocos años nos pondrán un satélite encima de nuestras cabezas que nos mandará los programas de televisión a nuestra casa.» Esto me lo dijo en 1961 y lo que explicaba era un razonamiento de carácter más general: Frigerio, como Frondizi, tenían en claro la idea de la globalización y la nueva división internacional del trabajo que traería aparejada. Por eso su urgencia por la industrialización argentina y una de las más importantes ideas de su esquema: el ritmo en el desarrollo económico como condición. No era posible dejar pasar la oportunidad: los países, como los hombres, tienen etapas para hacer las cosas. Si no se hacen a tiempo, la oportunidad pasa y luego será tarde.
Fue campeón de causas que hoy parece mentira que hayan debido pelearse tan duramente: las universidades privadas, la reconciliación con el peronismo. Un sector de la sociedad argentina no le perdonó jamás el acuerdo con Perón, con quien mantuvo siempre una relación cordial. Por otro lado, su seguridad intelectual, la completa convicción de estar en lo cierto hacían extremadamente difícil la convivencia política con él. Frigerio había patentado la marca de las dos ideas políticas más importantes en la construcción de una nación de nuestro tiempo: el desarrollo y la integración. Sin embargo, su modo de conducción hizo imposible la construcción de un gran partido en torno de esas ideas, cuya falta de concreción es la explicación y la síntesis de las frustraciones argentinas.
Rogelio era un gustador de la vida, gran gourmet, gran admirador de la belleza, de toda belleza. Amaba la pintura y la poesía y entre la poesía, las letras de los tangos, una larga muestra de las cuales publicó en un libro con nombre ficticio y sus mismas iniciales. Curiosamente, tenía una dimensión religiosa profunda que a veces afloraba a borbotones cuando aparecía una figura como Juan XXIII. Todo ello lo volcaba a un grupo selecto de amigos y compañeros de viejas luchas: Narciso Machinandiarena, Ramón Prieto, Juan José Real, Isidro Odena, Marcos Merchensky, Eduardo Aragón, todos ellos personajes inolvidables para quienes tuvieron el privilegio de conocerlos. Deja un enorme vacío. Y esto, realmente, no es un lugar común.




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